La memoria que despierta

Después de años de trabajo y de ser galardonado con el Premio Alfonso Trujillo de investigación, convocado por el Ayuntamiento de La Orotava en 2018, por fin sale a la luz el estudio que realizamos sobre el nacimiento y la evolución del movimiento obrero organizado en el Valle de la Orotava, desde 1918 hasta el 18 de julio de 1936.

     Un movimiento obrero que significó para los hombres y mujeres que se incorporaron al mismo la adquisición de hábitos y valores democráticos, a través de las constantes asambleas y reuniones y, sobre todo, la oportunidad de adquirir una conciencia de clase que será determinante para el avance de las posiciones ideológicas y estratégicas de esas organizaciones, que marcarán, asimismo, la evolución de una parte del socialismo tinerfeño hacia las líneas defendidas por el Partido Comunista. Un movimiento con miles de afiliadas y militantes, que se convirtió en la principal referencia –por su capacidad organizativa– del socialismo en la Isla, con organizaciones que construyeron sus propios edificios, que contaron con sus propios órganos de prensa y sus propias escuelas, que pusieron en práctica estrategias de unidad sindical, que se enfrentaron, con determinación, al poder de las patronales agrarias y de las compañías extranjeras, que evolucionaron hacia posiciones cada vez más transformadoras, que aportaron significados líderes al movimiento obrero canario y a la política insular, que incorporaron a la mujer trabajadora a los sindicatos, a través de las agrupaciones femeninas, mientras que las mujeres desempleadas se involucraban en las luchas laborales, apoyando activamente las huelgas que se plantearon. La dedicación plena de los líderes obreros y políticos a la defensa de los intereses de las clases populares significó que, por primera vez, los trabajadores y trabajadoras se sintieran realmente representados en las instituciones públicas, donde desarrollaron políticas, o al menos lo intentaron, al servicio de las mayorías.

Militantes socialistas de Los Realejos. Foto: col. Severiano Díaz

Militantes socialistas de Los Realejos. Foto: col. Severiano Díaz

     Esta es la historia de un movimiento obrero y de sus hijos y/o aliados, los partidos de izquierdas, que obtuvieron amplísimos apoyos sociales que los llevaron a gobernar varios municipios del Valle y a tener un peso específico en la política insular. No es, ni nadie espere encontrar, una historia total del Valle en este periodo, ni mucho menos. Pero sí es buena parte de la historia de la inmensa mayoría de la población de la comarca, la que apenas tenía recursos para sobrevivir y la que, teniéndolos en pequeñas cantidades, creían en la justicia, en la igualdad, en la libertad y en un nuevo sistema que superase las desigualdades generadas por el capitalismo y el régimen económico semicolonial que dominaba al Archipiélago. Eran los jornaleros, los medianeros, los pequeños propietarios, los trabajadores y trabajadoras de los empaquetados, las sirvientas y sirvientes, los pequeños artesanos, los empleados de comercios y empresas, los obreros de la construcción, las miles de mujeres que se dedicaban al cuidado de sus familias, los cientos de niños y niñas que tuvieron acceso a la escuela durante la República y los que, con apenas diez o doce años se veían obligados a trabajar. Eran quienes lo sostenían todo: las enormes sorribas, el cultivo de la platanera, el empaquetado y el transporte de los frutos, la construcción de las viviendas… Ellos sostenían la riqueza concentrada en muy pocos propietarios y en las casas extranjeras, contra quienes lucharon sin descanso para poder arrancar unos pocos derechos, para tratar de vivir con dignidad. Después de siglos, se pusieron en pie, dispuestos a transitar, a elegir y a protagonizar su propio destino.

Militantes de La Orotava, hacia 1935. Foto: col. Domingo Hernández

Militantes de La Orotava, hacia 1935. Foto: col. Domingo Hernández

Madera rajada

Foto: laislaquemehabita

      Ahora no eres más que madera rajada. Tablones devorados por la traza de la miseria. El mar te vomitó y te lanzó contra los riscos negros. Quebraron tus cuadernas y te partiste, con toda la rabia, maldiciendo a los arrecifes invisibles de la codicia. Cabalgaste sobre espumas blancas de sueños inocentes. Cien ojos te guiaron en el miedo oscuro de la noche, con las manos ancladas a un futuro incierto, con las lágrimas de la muerte en cada horizonte olvidado.

   Surcaste silenciosa tu última travesía. Navegaste empujada por el calor de los sueños mientras la marejada desgastaba tus costados y abandonabas los colores africanos en este cachito de océano. Ya no eres roja y verde y amarilla y negra. Ya no te habitan los susurros de aliento ni las certezas del porvenir. Solo el recuerdo de abrazos temblorosos permanece entre tus costillas desnudas.

   El frío de la madrugada acabó por congelar tus esperanzas. Los ojos tiritan y equivocan el rumbo y se acaba el combustible y las luces de la riqueza se apagan para no verlos. Eres nadie en mitad del desprecio. No existes. Solo eres madera a la deriva, dispuesta a inmolarte en cualquier rompiente. Atrás dejaste gorros de lana y cuerpos agotados. Llantos de niñas en brazos desesperados. Muerte sin nombres, ojos cerrados, miradas ciegas. Dolor que perece en cada orilla, en cada muro, en cada valla asesina, en cada estadística del odio.

     Ahora no eres más que escultura de madera rajada. Astillas que se nos clavan en la conciencia, clavos ferrugientos, espejo roto de nuestra vergüenza.

Caleta

Foto: laislaquemehabita

Foto: laislaquemehabita

     Que no se acabe la tarde. Que no se alejen los pájaros que picotean los charcos. Que se quede el oro en la arena y que mi cuerpo no se enfríe. Que la espuma no se esconda en la barriga de las olas. Que la brisa se agache para imaginar tu rostro. Que Lobos no deje de escuchar mis versos liberados. Que paren los astros sus órbitas. Que las nubes detengan su andar perdido. Que la maresía se cristalice y que la Isla desencadene sus cancelas. Que se abra como los brazos de mi amor lejano y que me lo traiga hasta la orilla. Allí danzaremos dibujando la espiral infinita de la rebeldía. Hasta ser un solo cuerpo. Una sola isla de tardes inacabadas.

Maresía

Bruma volcánica. Foto: Antonio Hernández Santana

El tiempo de la mar /  no es conciencia de nadie, / es nada más que un siempre. / Tiempo no condenado /  a vivir de esperanzas, /  tiempo de creación / sin antes ni después. 

Pedro García Cabrera

 

     Aquí estoy, con mi cuerpo desnudo sobre este risco negro, despojado de la tiránica inmediatez y de las muertes que se empeñan en seguir viviendo. Me traje hasta el filo de la Isla, bien temprano, cuando el clarear es solo una puerta que se abre lenta a la utopía, para escuchar la voz de las olas, para aspirar el olor denso de la mar embravecida. Ellas son mis sanadoras, las que alivian el desinquieto corretear de los fantasmas que se empecinan en desgastarme las entrañas.

     La Isla que me habita lo sabe y por eso me empuja hasta la orilla. Conoce la fuerza del salitre que se esparce fino para alimentar a las siemprevivas. Me dejo llevar por su sabiduría de siglos, por tanto conocimiento amasado, por su memoria indestructible. Arropado por la frescura de una amanecida perezosa, espero paciente hasta que baje la marea y el viento despeine la melena azul del océano que nos abraza. A la Isla, a mí y a esa amada impalpable que se deshace y se rearma, infatigable, entre las frenéticas gotas de esa maresía que se aproxima dispuesta a envolverme con su velo blanco.

     Al son de un viejo fado, el rocío de la mar atraviesa las puertas que no se abren y acaricia el basalto que me sostiene. Revolotea serena sabiéndose invencible, poderosa, inyectando su óxido mortal en las cárceles de la memoria. Hoy sé que su único propósito es corroer las mordazas del silencio, abrir las cancelas de los gritos aprisionados y liberar las voces de los muertos de tristeza. Es el aire salado, el sudor de una Isla dispuesta a destruir los armazones de la miseria. Sabe que su tiempo húmedo, ensalitrado, es implacable, eterno. Es tiempo de mar batiente, de sostén de tarajales verdes, de aire blanco que consuela las angustias de la Isla. Tiempo ferrujiento que corroe las palabras necias y los oídos sordos, que silencia balas asesinas y espadas de conquista.

    Maresía que entra por mi pecho abierto a limpiar de mentiras mis desvelos. Aquí estoy, reclamando el polvo de mar que rebose mi sangre de esperanzas. Estaré contigo hasta vaciarme del futuro incierto, del presente que no llega. Maresía que desarma los nudos de los sueños, que entrega la palabra a las mariposas de mi infancia. Ahí te vas metiendo, como aroma de incienso salvaje, en busca de versos adormecidos. Espantando a los insomnios, te apoderas de mi piel manchada y me disuelves en el mar de tus lágrimas menudas.

    Ahora ya soy tuyo, ya no beberé de los pozos de la ausencia. Marcharemos juntas por los acantilados libres y encontraremos las playas negras de la Isla. Y allí, por fin, al borde del ocaso, reconstruiré la piel morena de esa amada traviesa y comenzará la infinita danza  de la alegre rebeldía.

Magua

Manolo Millares

Manolo Millares

 

     Hubo una noche en que la magua, como una fina niebla rastrera, vino a cubrir el cuerpo de la Isla. El velo gris, casi imperceptible, corrió por los barrancos, se extendió por las veredas serpenteantes y ascendió a los volcanes dormidos. Llegó arrastrando exilios, cruzando océanos de desconsuelos, buscando dónde esconder su indestructible memoria, sus soles de enero, dónde agarrar su amasijo de desánimos, a qué riscos aferrarse, como el musgo verde, y prepararse para afrontar la triste batalla del olvido.

     Nadie sabrá de esa guerra callada, porque la magua no tiene palabras. Viajó muda, en silencio, amasando penas en su roído zurrón hasta que, en el horizonte soñado, la piel oscura de la Isla madre decidió abandonar sus ropajes figurados, su disfraz de verdades ocultas, su mirada cautiva del alisio entrometido.

     La magua es su hija llorada, su hija robada. Se la llevaron las corrientes frías de la inmensidad salada, del abismo de tumbas y esperanzas, para alejarla de los pechos resecos de tanta codicia. El viento de siglos atropellados la empujó, negándole el regreso, hasta el otro lado de la miseria. Allí embarrancó su memoria intacta, encerró su tristeza y se recogió, se metió pa’ dentro, como las flores en invierno. La magua quedó oculta, escondida a los ojos de la Isla, lejana, clandestina. Y allí, en su forzado retiro, alimentó la pérdida, la angustiosa añoranza de los besos cálidos, del hablar pausado, de la larga melena de su Isla amada, de la fina línea que sostiene su mirada.

     Creció la magua hasta desbordar la fortaleza del dolor aguantado y con un latigazo certero, inevitable, rompió el cerco disimulado de la indiferencia. El coraje de la Isla madre se precipitó por los caminos de la desmemoria hasta que logró levantar a tanto salitre acumulado. Y la niebla surgió sigilosa para iniciar la singladura inversa. Así fue su regreso.

     Ahora ya está en casa, armándose para su discreta contienda. Nadie lo sabrá, porque la magua no habla, solo siente y se acurruca en el corazón de la Isla. Su triunfo es desvanecerse, desaparecer, o al menos cobijarse a la sombra de un saúco compasivo y permanecer invisible a los ojos vidriosos de la nostalgia. Ahí se quedará, solita, esperando una nueva partida, un nuevo acomodo de las maletas del exilio.

     Y así, de a poquito, en el irremediable viaje, la magua irá creciendo de nuevo, reclamando el oleaje sagrado, la húmeda serenidad de su Isla madre, de su Isla amada. Allí volverá a hacerse mayor, combatiendo al óxido de la historia, hasta completar, nuevamente, el reparador ciclo de los abrazos.

Los pies descalzos*

 Pero no amo tus pies

sino porque anduvieron

sobre la tierra y sobre

el viento y sobre el agua,

hasta que me encontraron.

 PABLO NERUDA.

Tus pies, en Los Versos del Capitán.

 

      Y desde entonces, los amo. Los pies descalzos que un día también soñaron. Nunca sabré con qué, nunca me revelarán en qué lejano horizonte se acurrucaban sus esperanzas. La tierra sequita, agradecida a cada gota que aliviaba su existencia, los empujó a lo alto, a la poderosa cima que sostiene el cielo de los majos. Amo a los pies duros, encallecidos, a los que anduvieron la Isla mujer, a los que huyeron y a los que forjaron todas las resistencias. Y amo sus sueños anónimos, enigmáticos. Sus sueños ocultos a las miradas ajenas. Sus sueños mágicos, amurallados, inexpugnables. Amo a esos pies de rocas que se empeñan en caminar sobre el alisio, hasta alcanzar las inaccesibles moradas de los dioses, allá por el oeste, encima de las nubes marinas. Andares y utopías que se quedaron incrustadas en las piedras sagradas, esperando el relevo, escondidas a los ojos de los extranjeros, en la silenciosa clandestinidad. Petrificados, dejando que el tiempo lento purificara sus sueños, que el viento, el alma de la Isla, esparciera su voz por la historia que ahora se enreda en el presente, como una espiral que viene a juntar todas las rebeldías.

   Porque hubo un día en que habló la montaña y los pies grandes, angulosos, platicaron con sus hermanos africanos. Pero sus palabras se ocultaron, se escondieron en el tiempo de los siglos. Callaron para abrirle la puerta al mito indescifrable y abalanzarse, atropelladamente, sobre nuestra memoria. Rompieron la ancestral cadena y nos complicaron la búsqueda del eslabón que nos ancla al origen. Ni nuestras mejores aliadas, las jóvenes brujas majoreras, las mujeres sabias de Fuerteventura, las que acunaban el ancestral letargo de los pies inmóviles, las protectoras de Tindaya, desvelaron sus secretos. Tan solo los cobijaron, los mantuvieron apartados, acumulando fortalezas, en la espera de volver a alzarse, arrastrando nuestros propios pies por los nuevos caminos que empezamos a trazar.

    Ahora los pies descalzos se encuentran con los que se esfuerzan en caminar seguros por el filito de nuestra identidad colectiva. Lo profundo no es el aire, no es el vacío, es la infinita secuencia de construcciones culturales que nos empoderan para afirmarnos, para anclar las raíces largas, robustas, de los dragos que sostienen nuestros sueños. Los nuestros. Los herederos de aquellos que anduvieron sobre la tierra, sobre el viento y sobre el agua.

    Los pies que se refugiaron en el volcán, que esperaron pacientes hasta que el viento, en su pertinaz empeño, despejara a la montaña de su cálido abrigo, que compartieron morada con la cuernúa y el acebuche, ahora ya se dibujan en las arenas de las playas y en las pizarras de los colegios. Y empezamos a amarlos, sin entenderlos del todo, pero seguros de su llamada a la acción, recibiendo su grito desesperado, su invitación para multiplicarlos por todas las veredas de la Isla alargada, mil veces lastimada, para erigirse en la mas sólida barricada desde la que enfrentar el disparate, el sueño ajeno que pretende seguir horadando nuestra memoria.

     No lo sabíamos, pero los pies desnudos anduvieron siempre con nosotros. Y por ese largo recorrido juntos, hasta encontrarnos, es porque los pinto en las nubes del otoño. Vienen a nuestro encuentro. A mostrarnos sus sueños. A que los protejamos y los hagamos inmortales. Para seguir caminando, siempre.

 

*Este texto fue publicado en el libro Tindaya: el monumento ya existe, en el que participaron numerosos investigadores, escritores y artistas con el objetivo de dar a conocer los valores que atesora la sagrada Montaña de Tindaya, en Fuerteventura y los gravísimos daños que se le infringirían a sus valores patrimoniales (fundamentalmente a las impresionantes estaciones de podomorfos realizadas por los antiguos majos) y a sus valores ecológicos, de llevarse a cabo la idea de Eduardo Chillida (hoy sus herederos) de vaciar un cubo de 50 metros de lado en el interior de la Montaña. Si se quiere profundizar en este tema, vale la pena leer los magníficos textos de este libro, cuidadosamente editado por la Coordinadora Montaña Tindaya, Zambra y Baladre.

salvartindaya.org

https://www.ecologistasenaccion.org/tienda/biodiversidad-conservacion-y-naturaleza/1826-libro-tindaya-el-monumento-ya-existe.html

Náufraga

Foto: laislaquemehabita

          ¿Adónde va la isla errante, despojada de sonrisas, sola con su memoria de cristal? Camina por veredas tortuosas, mirando atrás, en busca de puertos donde arribar, donde encontrar abrigos. Anda sin más, sin compañías, sin alforjas donde meter sus lágrimas por los amores perdidos. Anda sin sombra que la persiga, vacía y muda. Isla náufraga que se aferra a sus ojos de niña, a sus sueños de antes, deambulando por océanos transparentes, sin misterios, sin alquimias que transformen sus angustias. Isla sola. Isla en soledad. Isla que se aleja para encontrarse con sus muertos.

     Así vagamundea. Como nómada por la inabarcable estepa. Explorando la pena amarga del desarraigo, rastreando la magua del otoño, el tiempo de las caídas, de la modorra inquebrantable. Va y viene hacia su futuro incierto, zarandeada por un alisio joven, juguetón, inexperto. No es de mucha ayuda pero asegura barricadas de recuerdos contra el siroco que calcina el presente y la lanza, hinchando sus velas de seda, hacia ensenadas de aguas quietas. Allí limpia sus viejos fusiles cargados de metáforas y los alinea sobre cubierta para que la luna de sangre los alimente. Con ellos volverá a disparar, cuando la agonía se disuelva en la lava de los volcanes apasionados. En la bahía del silencio se van congregando los aprendizajes y por los angostos barrancos fluye un blues antiguo, que emerge de las entrañas de la isla cómplice. La isla canela, la isla bruja, la isla hechicera, la tentadora isla. Y ahora es que las manos muertas resucitan y empieza, de nuevo, la danza. Acariciando el aire, coqueteando con la noche seductora, despojándose de vestimentas invernales, columpiándose al compás, reventando las costuras de la siniestra resignación, desbordando las reglas preestablecidas, burlándose de los dioses y de la desmemoria, la isla naufragada acumula corajes, se despoja de lastres, de camisas de fuerza, entierra los ropajes del decoro y levanta amarras. Todo el mar por delante. Tiempos de volver a casa.

Villa Cisneros, 1937. La gran evasión de los antifascistas canarios.

Andaba la Isla recogiendo pedacitos de memoria para reconstruir el viaje de 152 canarios que en una madrugada de un catorce de marzo, como hoy, de hace ochenta y un años, se pusieron en pie y decidieron pelear por su libertad y contra el fascismo. Sus rostros y su ejemplo caminarán, ahora, con nosotras.

Madrugada del catorce de marzo de mil novecientos treinta y siete. Hace frío en Dajla, el asentamiento militar español de la Península de Río de Oro, en el Sáhara Occidental, rebautizada como Villa Cisneros. Cobijados por el silencio y la complicidad, algo más de un centenar de antifascistas canarios se levantan en armas y se apoderan del Fuerte en el que estaban confinados, unos como presos políticos y otros como soldados, como jóvenes de reemplazo obligados a incorporarse al ejército franquista. Unas horas después, la llegada con provisiones del vapor Viera y Clavijo desde Canarias, se convierte en la puerta de salida hacia la libertad. En una rápida acción, logran hacerse con el control del buque y la inmensa mayoría de la tripulación, además, se une a ellos. Marchan hacia el Sur, hasta llegar a la colonia francesa de Dakar, Senegal, desde donde se desplazan hasta Marsella y, desde allí a Barcelona, con el objetivo de incorporarse a la lucha antifascista en la Guerra Civil española. En ella combatieron, desde la retaguardia y desde las trincheras, con las armas o con la palabra. Al finalizar ésta, una gran parte de estos ciento cincuenta y dos hombres pasan al exilio en Francia, donde algunos se incorporan a la resistencia a la ocupación alemana, otros consiguen pasaportes para América en buques fletados por los organismos de ayuda a los refugiados españoles y algunos cruzan el Atlántico en destartaladas embarcaciones para dirigirse al exilio americano. Los que permanecen en territorio español son detenidos, ingresados en campos de concentración y trasladados a Canarias para ser juzgados en Consejos de Guerra, encarcelados y seis de ellos asesinados por fusilamiento.

Esta es, muy sintéticamente, la gesta protagonizada por este grupo de hombres, movidos por unas potentes convicciones políticas, que ha pasado a la historia de las Islas como la principal acción de guerra relacionada con nuestro Archipiélago. Esta fuga, el periplo vital de estos canarios y, particularmente, su recorrido de militancia y compromiso político y social, merecía un relato pormenorizado y un espacio claro en nuestra memoria colectiva. Las vidas de estos hombres son las mejores guías para acercarse al conocimiento de cómo llegaron a sentirse amenazadas las estructuras de poder de la clase dominante en Canarias y cómo reaccionaron, con dosis de violencia y terror inimaginables, para volver a solidificar su poder absoluto.

 

Soledades

Foto: http://labrujulaocioycultura.com/

Foto: labrujulaocioycultura.com/

        Hoy se marcharon todos los poetas. Me dejaron solo. Organizaron una excursión por la Isla y pasaron de mí. Anoche los vi trajinando en el salón. Se juntaron para preparar el viaje y cambiaban de conversación cuando yo entraba. Se llevaron la guitarra y los poemas de amor y las palabras que me implican en los sueños. Se llevaron mi viejo cuaderno de apuntes y se llevaron las caras y las manos y los ojos que dibujan mi existencia. Se llevaron a la mujer morena y sus muslos de arena negra y su piel de seda y sus caricias de jazmín. Se llevaron la tetera azul y las cinco palabras dulces que de mi amada quedaban y las canciones de la Trova. Se llevaron la ternura del silencio que, con paciencia, mi madre me enseñó.

       Cuando volvieron, dos días después, les impuse un severo castigo. A limpiar el cielo de palabras necias los mandé. Y les ordené que jamás salieran de casa y que no se bajaran de los anaqueles sin mi permiso y que siguieran, por siempre, compartiéndome con su entendimiento y con sus amantes. Así aprenderían a respetar mis soledades.

 

 

 

El vuelo de la Isla

Foto: laguiadegrancanaria.com

Foto: laguiadegrancanaria.com

     La Isla voló. Llevaba años acumulando certezas y ensacando las lágrimas de siglos. Reuniendo memorias desperdigadas, acompañando a las historias viejas, muriendo de cólera, de gripes para los pobres, de grilletes ferrujientos, de pelotones de fusilamientos, de sacos que se pudren en la mar. Llevaba tiempo con esa matraquilla. Volar hasta alcanzar las estrellas negadas. Desenterrando los huesos de sus hijos, embalsamando la esperanza, para que nos sobreviviera a todas, amarrando los galeones de la muerte y la codicia. Espantando el hambre dolorosa y el llanto que brota de la tierra saqueada.

     La Isla voló. Se encaramó a los riscos de Tigaiga y se lanzó al vacío liberador. Antes se armó con músicas que espantaban el olvido, con los abrazos que celebraron las victorias. Le puso  miles de nombres a sus deseos y untó su piel quebrantada con poemas anónimos, con corajes entumecidos por la larga ocupación de sus entrañas. No hubo vuelta atrás. Ya no había pasado engañoso ni memoria puteada. La Isla voló porque el largo silencio de los días se había roto, había destrozado los eslabones de la mentira y se sucedieron, una tras otra, las palabras nuevas.

     La Isla se elevó sobre los viejos cedros, surcó el cielo infinito y navegó con el alisio. Rompió con los mitos inventados y se sacudió las oraciones de la resignación. Acabó con el miedo cortante, agarrotador y renunció a sus fantasmas imaginados. La Isla voló. Libre.