Soledades

Foto: http://labrujulaocioycultura.com/

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        Hoy se marcharon todos los poetas. Me dejaron solo. Organizaron una excursión por la Isla y pasaron de mí. Anoche los vi trajinando en el salón. Se juntaron para preparar el viaje y cambiaban de conversación cuando yo entraba. Se llevaron la guitarra y los poemas de amor y las palabras que me implican en los sueños. Se llevaron mi viejo cuaderno de apuntes y se llevaron las caras y las manos y los ojos que dibujan mi existencia. Se llevaron a la mujer morena y sus muslos de arena negra y su piel de seda y sus caricias de jazmín. Se llevaron la tetera azul y las cinco palabras dulces que de mi amada quedaban y las canciones de la Trova. Se llevaron la ternura del silencio que, con paciencia, mi madre me enseñó.

       Cuando volvieron, dos días después, les impuse un severo castigo. A limpiar el cielo de palabras necias los mandé. Y les ordené que jamás salieran de casa y que no se bajaran de los anaqueles sin mi permiso y que siguieran, por siempre, compartiéndome con su entendimiento y con sus amantes. Así aprenderían a respetar mis soledades.

 

 

 

El vuelo de la Isla

Foto: laguiadegrancanaria.com

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     La Isla voló. Llevaba años acumulando certezas y ensacando las lágrimas de siglos. Reuniendo memorias desperdigadas, acompañando a las historias viejas, muriendo de cólera, de gripes para los pobres, de grilletes ferrujientos, de pelotones de fusilamientos, de sacos que se pudren en la mar. Llevaba tiempo con esa matraquilla. Volar hasta alcanzar las estrellas negadas. Desenterrando los huesos de sus hijos, embalsamando la esperanza, para que nos sobreviviera a todas, amarrando los galeones de la muerte y la codicia. Espantando el hambre dolorosa y el llanto que brota de la tierra saqueada.

     La Isla voló. Se encaramó a los riscos de Tigaiga y se lanzó al vacío liberador. Antes se armó con músicas que espantaban el olvido, con los abrazos que celebraron las victorias. Le puso  miles de nombres a sus deseos y untó su piel quebrantada con poemas anónimos, con corajes entumecidos por la larga ocupación de sus entrañas. No hubo vuelta atrás. Ya no había pasado engañoso ni memoria puteada. La Isla voló porque el largo silencio de los días se había roto, había destrozado los eslabones de la mentira y se sucedieron, una tras otra, las palabras nuevas.

     La Isla se elevó sobre los viejos cedros, surcó el cielo infinito y navegó con el alisio. Rompió con los mitos inventados y se sacudió las oraciones de la resignación. Acabó con el miedo cortante, agarrotador y renunció a sus fantasmas imaginados. La Isla voló. Libre.

Guad

Jorge Oramas

                                                                                                                                           Jorge Oramas

– ¡Agua, señor Fulgencio, ahí viene un chorro precioso

– Tenías que darla, cochina. Ni con sangre pudiste guardártela. Ahora te vaciarán las entrañas y ese será tu castigo.

GUAD. Alfonso García-Ramos.

 

 

            Nos traspasas a todos. Eres el hilo que va trenzando vidas y codicias. Sin agua no hay vida y sin vida no hay negocio. Esa ecuación maldita te elevó al altar inviolable de la propiedad privada, desde el mismo momento en que la Isla conoció el significado exacto de las palabras ocupación y saqueo.

            Antes estabas ahí. Simplemente. Alimentando a tus hijos. Con tus caprichos y con tus firmezas. Acumulándote en el estómago de la Isla, cepillando el fondo de los barrancos. No pertenecías a nadie, como ninguno de nosotros. Después llegaron los firmemente convencidos de que la tierra les pertenecía porque así lo imponía su fuerza. Encadenaron el agua a sus propiedades, redactaron reales órdenes y providencias, pusieron en papeles sus nombres y, a partir de ese instante el agua adquirió la respetable consideración de mercancía. Se podía vender. Quien la poseyera se enriquecería.

      Primero fueron, Isla, las que te brotaban, porque no las podías contener. Las encerraron, rápido, en títulos de propiedad. Pero tus torrentes de alegría acabaron convertidos en escasas lágrimas de dolor. Te secaron el llanto. Pero sabían que el agua descansaba en tu vientre y entonces, a cada agujero, a cada herida, le seguía un papel timbrado con firma notarial. Y en cada alumbramiento hicieron tu futuro más incierto, el de ellos más dorado y el nuestro más injusto.

Quisiera amarte

Foto: Ovidio García Pérez

Foto: Ovidio García Pérez

     Quisiera amarte sin palabras. Amarte de cuerpo entero. Desnudo. Con la piel abrigada con el calor de la tarde. Con la balada eterna de las olas y sentir tu respiración cerca, como el alisio que nos refresca. Recorrer tus barrancos en busca de tus bosques y lamer la sal de tus heridas.

     Quisiera amarte sin metáforas. Desvestirte lenta y bañarme en tus aguas. Amarte para alejar la sinrazón de tu memoria. Para mezclarme con tu infinita paciencia. Acariciar tu piel sedosa, como arena de playa, y cobijarme en tus entrañas de lava.

     Quisiera amarte sin prejuicios. Despojándote de lágrimas, besando tu alargado rostro. Amarte para cerciorarme que eres libre, que a la vida le perteneces. Amarte como lo hacen los poetas. Sin reparos. Sin obstáculos que entorpezcan el deseo. Abriéndose el pecho. Desparramándose sin censuras previas.

   Quisiera amarte sin nada a cambio. Solo la certeza de que me sobrevivirás, que seguirás sosteniendo la frágil bóveda de nuestra memoria, que me reproducirás en otros cuerpos. Que alimentarás a los dragos y cuidarás a tus amantes.

    Quisiera amarte y penetrarte y engendrar nuevas islas. Sin manos encallecidas. Sin espaldas dobladas.

Tea

Foto: senderismoyastrocultura.blogspot.com

Foto: senderismoyastrocultura.blogspot.com

            Te miro. Te huelo. Te toco. Vetas remarcadas que disfrutaron del tiempo lento de la memoria. La Isla alimentó tu savia eterna, densa y pegajosa, que se pega a mi piel para recordarme que sigues viva. El olor ancestral, curado por el alisio, imposible de reproducir, imposible de olvidar. Hueles a pino alto y poderoso, protegido por la nube perenne. En su vientre creciste y, como el basalto que te sostiene, como la lava fría, te endureciste, para que nadie te penetrara. Para desafiar a la irrefrenable voracidad de la muerte, a la infinita espiral de la existencia. Te veneramos, porque solo tú fuiste capaz de unir cielo y tierra. Tus venas resinosas se desbordan y lloran sin descanso.

            Te cortamos, te despojamos de tu manto ignífugo y te utilizamos para protegernos de ese cielo que un día acariciaste y para aislarnos de la tierra que te crió. Te metiste en nuestro devenir y pasaste de casa en casa, acompañándonos en nuestros amores y en nuestras luchas.

         Tu rostro acaramelado es, ahora, la caja fuerte de nuestra memoria. Como nosotros, eres Isla. Como nosotras, eres resistencia. Como nosotros, eres hija del alisio. Somos memoria que crecemos juntas, que morimos para seguir viviendo.

            No eres mercancía intercambiable. Que no te pongan en venta. Eres la canal que recorre la historia, el largo cordón umbilical que alimenta cada uno de nuestros nacimientos. Eres sabiduría y, por eso, te pregunto: ¿cuándo llegará el tiempo de soltar amarras, de hinchar las velas, de levantar vuelo, de abandonar el olvido?

            Sé que eres sabia. Que tienes la respuesta. Aquí me quedo. Esperándola.

El año del cólera

Foto: Saúl Arellano

Foto: Saúl Arellano

     Eustaquio Santana no conoció a sus padres. Lo abandonaron porque antes que él ya había once bocas que alimentar en la casa. Y el hambre llega hasta donde llega y si se traspasa el umbral se da de bruces con la muerte. Y a esa sí que le había olido el aliento en dos ocasiones. Y barruntaba que si apareciera ahora, ya no se iba a echar para atrás.

     Eustaquio pensaba esto cuando, por segundo día, acababa de abrigar a su hijo y secarle el sudor maldito, que más pareciesen las mismas babas de la muerte. Recordó la primera vez, cuando, en mil ochocientos cuarenta y cuatro, un zumbido ensordecedor se apoderó de la Isla. La langosta se lo comió todo. La gente se iba a chorros, sin importar qué puerto sería su destino. Huían, porque detrás del cigarrón venía la guadaña a alimentarse con lo único que quedaba: los hijos de la Isla.

     Él escapó, pero sus chinijos, los dos más débiles, no aguantaron la embestida. Los demás ahí siguieron, tan pobres como siempre, pero vivos.

     A Eustaquio casi no le dio tiempo de recuperarse. Estaba flaco y su figura reseca era la perfecta antítesis de la del señor dueño de las tierras que trabajaba. Tres años después, el cielo se abrió y parecía que las nubes se hubiesen fugado, con su agua sagrada. Durante meses el implacable blindaje del Sol apenas era atenuado por el polvo asfixiante que enviaba el desierto cercano. Nada crecía. Los santos y las vírgenes no respondían a las plegarias ni a las ofrendas y el alimento que iba quedando no daba para mucho.

     La tierra se encartonó y solo las primeras lluvias fueron capaces de aliviar el dolor de la Isla. Pero fue únicamente eso, un consuelo efímero, porque la Isla sabía que sus hijos estaban débiles, que caminaban como fantasmas y trabajaban sin fuerzas. Que las madres no tenían leche con que amamantar y que la próxima vez que la insaciable dama apareciera, el dolor le iba a resquebrajar el alma.

     Eustaquio le echó el último suspiro al fresco de la noche y cerró la puerta de la casa para ir a dormir junto a su mujer y sus hijos. Mañana era domingo y no pensaba levantarse antes del alba.

     Pero su deseo no se cumplió. De madrugada el interior de su cuerpo se tornó en volcán y se despertó, sobresaltado, al comprobar que la ira de Dios se había depositado en su enjuta figura. La diarrea empezó y sabía que ya no pararía, que esta vez no iba a sortear el tránsito hacia el sueño eterno. El cólera, que había llegado de la capital moribunda, la plaga que nadie podía atajar, como un rayo temido, había alcanzado a su cuerpo pobre. Igual que a su hijo que, esa misma mañana, con Eustaquio retorciéndose de dolor, ya había sucumbido a la agonía.

     Cincuenta y dos horas más vivió Eustaquio Santana. Cuando falleció, su cuerpo fue recogido por unos presidiarios que andaban arrastrando y enterrando cadáveres en una zanja que habían hecho en el improvisado cementerio. Tal y como nació, murió sin registro. Su nombre, que no figuraba en libro de nacimiento, tampoco fue anotado en libro de defunción. El presbítero encargado de hacerlo había sucumbido ante la enfermedad negra, a pesar de su celo para no rozarse con nadie ni con nada contagiado. El cólera morbo asiático convirtió a Eustaquio en un fantasma de la historia, en un espectro de la memoria. Uno más.

En 1851, el año del cólera, unas seis mil personas murieron en Gran Canaria, a consecuencia de ésta. La cruel e injusta miseria fue la aliada cómplice de las epidemias que asolaron Canarias a lo largo de su historia.

Sueños

Foto: Samuel Aranda

Foto: Samuel Aranda

     El siete de septiembre de dos mil siete, en la madrugada, la afilada embarcación encalló  en una suave roca, en forma de U invertida, que emergía del Océano oscuro. Entre sus ocupantes, la alegría modelaba sus rostros. Hacía tiempo que divisaban las luces de la Isla y se acercaron con sigilo para pedirle cobijo y para no ser descubiertos. La noche es su aliada. El viaje había sido largo, desde que salieron de sus pueblos, y la tensión se acumulaba en sus cuerpos. La huída constante, la clandestinidad, el miedo a la muerte posible, a que la mar te tragase, sin desearlo, le habían agarrotado sus cuerpos sobrevestidos para atajar el arrecio del frío nocturno. Sus ojos centelleaban como luciérnagas asustadas y todos miraron al patrón, esperando la orden para saltar, correr y esconderse. Vuelta a la huída, a la clandestinidad. “¡Llegamos, salten, corran, rápido!”, exclamó el hombre que dirigía la lancha, seguro de su arribada.

     Atropelladamente, cada uno cogió su pequeña bolsa y se tiraron por la borda. Cuarenta esperanzas saltaron, convencidas de haber alcanzado un sueño. El sueño.

     La barca no se varó en tierra firme. Lo hizo a veinte metros de la costa de Agüimes, con una profundidad de dos metros de agua bajo su casco.

     Las esperanzas  no pensaron que sus cuerpos estaban entumecidos, que muchos no sabían nadar y que el peso de sus ropas los hundirían irremediablemente. No lo hicieron porque en su horizonte más inmediato solo estaba el saltar de la patera y salir corriendo. La mitad de los sueños murieron ahogados. Anónimos. Solo sueños asesinados.

     La Isla abriga a los que pudieron sortear los veinte metros que dividieron a los sueños. Ocho fueron retenidos para recibir asistencia médica.

    Solo dos de esos sueños jovencitos lograron adentrarse en la Isla. Y siguieron soñando…y en la clandestinidad.

Entre 1994 y 2008 llegaron en pateras más de noventa y un mil emigrantes desde el Continente. Nadie sabe cuántos naufragios, cuántos muertos en el trayecto fueron arrojados al mar. Nadie sabe el número de los sueños asesinados.