Cruzar

     Desaparecieron. Nadie sabe nada. Pregunté hasta el último de mis conocidos. Se encogían de hombros y movían sus cabezas para tratar de esconder su complicidad. Debió  de ser durante la noche. Cuando la ciudad duerme, porque está cansada de tanto ajetreo. Ese fue el momento elegido. Seguro. En las calles solo coches. Siempre hay coches, incluso en la madrugada. Gente que viene y va, constantemente. Sin parar. Antes me preguntaba sobre sus orígenes y sus destinos. Después de algunos meses de mi mudanza, lo descubrí. Trabajan. Sin parar. Nada se para nunca. Todo lo que produce algo lo hace las veinticuatro horas. Por turnos, para no parar. Por eso siempre hay coches. Van de sus casas al trabajo. Por las cuatro avenidas, mi manzana está abrazada por un anillo ruidoso. Monótono. Siempre a los mismos decibelios.

        Ya casi ni lo notamos. Te acostumbrarás, me dijeron cuando llegué. Y fue verdad. De la tortura se pasa a la tolerancia en cuestión de poco. Ahora, sólo en el momento en que abro las ventanas de mi apartamento, lo percibo. Por eso puse aire acondicionado. Como todo el mundo. Para no abrirlas. Así, solo al llegar a la calle me daría cuenta del impertinente rumor. Pero unos pocos segundos después de abrir la puerta y ya el constante zumbido deja de molestarte. Eso también es verdad. Que una vez puestos, ya ni te enteras. Dicen los del Ayuntamiento que, como todo en la vida, es cuestión de habituarse. Como me decían todos. Y que gracias a los coches podíamos mantener la producción y, de paso, nuestro buen nivel de vida. El mismo que nos permitía tener aire acondicionado para poder acercarnos a algo parecido al silencio. En definitiva, nos vendían el silencio. Y tenías que empaquetarlo entre cuatro paredes. Al precio que fuera. Al que pusieran ellos.

    Como les decía, desaparecieron. No sabemos cómo, pero una mañana ya no estaban. Desconozco cual fue la razón para eliminarlos. Supongo que habría muchas quejas por las retenciones de tráfico. Había que ir a trabajar. Y ser puntuales en los cambios de turno. La ciudad no se podía permitir retrasos. Estaba en juego nuestro nivel de vida. A nadie le apetecía perderlo. Y menos por cruzar una calle.

     Quitaron los pasos de peatones[1]. Desaparecieron. De la noche a la mañana de hace tres miércoles. Hubo alguna versión extraoficial que llegó a convencerme. Aunque no del todo. Pero tenía bastante verosimilitud. Los centros de producción necesitaban vías rápidas. Mercancías y trabajadores tenían que moverse con celeridad. Sin tropiezos. Probablemente esa era la razón. Aunque eso ya poco importa.

     Desde hace tres semanas vivo en el más completo aislamiento. No puedo cruzar ni una sola de las avenidas que rodean a mi manzana. Mis horizontes los conforman ríos de coches. Que no paran nunca. Más allá sigue existiendo el mundo, pero yo no puedo siquiera olerlo. Llevo veinticuatro días encarcelado. Recluido en una pequeña isla. Sin mar pero con todas las comodidades. La intriga inicial pasó rápidamente a desesperación y está entrando, violentamente, en la tercera fase: la angustia.

    Pero lo peor de todo es que a nadie parece importarle. Como si hubieran desprogramado de sus cerebros la felicidad de cruzar una calle, de abrir una puerta o de hablar otro idioma. La vida sigue exactamente igual. Nos saludamos. Nos interesamos por nuestras vidas. Nos criticamos. Dormimos. Despertamos. Trabajamos. Todo igual. Nadie echa de menos a los pasos de peatones. Es más, en algunos hasta parece que se hayan quitado un peso de encima. No falta de nada en el mercado ni en ningún otro comercio. No hay escasez. Nos siguen suministrando, aunque aún no he averiguado cómo.

     ¿Qué le vamos a hacer?, me decían los primeros días. Ahora casi ni pregunto, ni muestro mi indignación. Alguna razón importante deben de tener, me contestaban cuándo insistía. Así, cortando la conversación con una evocación a lo desconocido. Ni Sara, la que se convirtió pronto en mi mejor amiga en esta manzana, me permitió profundizar con ella en este asunto. Que le quitara importancia. Que todo iba a seguir igual. Que ese tema no afectaría a nuestro nivel de vida. Otra vez el nivel que nos devuelve al silencio. Al apartamento con ventanas aislantes y aire acondicionado. Justo donde estoy desde hace cuatro días. Sin salir. Refugiado. O doblemente aprisionado. No lo sé.

Mis relaciones están seriamente tocadas. Estoy estrechando el círculo y ya casi no me queda con quien conversar. Rehuyo de quienes, con su ceguera, justifican el cerco. Siempre me molestó el adiestramiento colectivo y estoy viviendo en el interior de su máxima expresión. O seré yo quien está construyendo un problema. Dudas. Siempre me acompañan. Sé que cuando insisten son la puerta de la angustia. Y esa puerta se está abriendo.

     Camino con la cabeza gacha. Mirando siempre al suelo, esquivando las miradas. Me siento extraño. Como una especie de rebelde loco al que todos señalan. Mis saludos son cada vez más certeros, más escuetos. Sin humanidad. A veces ya ni me apetece cruzarme con conocidos. Me siento como uno de esos huraños urbanitas. Insociable. Esquivo. Arisco. Por eso compré provisiones para varios días y me preparé para el aislamiento.

     Así estoy ahora. En un apartamento bastante descuidado. Bueno, mejor dicho, lleno de mierda. Sin eufemismos. Mi cerebro no está para lindas arquitecturas verbales. Y, la verdad, poco me importa el aspecto o el olor de mi apartamento. Estoy atrapado. El otro día intente cruzar la avenida norte. Es una forma rápida de suicidio. Me paso horas viendo televisión. En espera de alguna noticia que devuelva las cosas a su sitio. ¿Habrá pasado en otras manzanas? Al menos una explicación. Nada. Aquel hecho no existe. No se menciona en los informativos. No existe. La ciudad continúa con su frenética vida. Nadie repara en nuestro impuesto retiro. Después de los informativos, telenovelas, concursos y reality shows. Los veo todos. En busca de una pista, de un güiño que me devuelva la esperanza.

     Necesito ayuda. Hay que salir de aquí. O me volveré loco. No me falta de nada, pero la sola idea de vivir enclaustrado en esta manzana no para de atormentarme. A veces me viene, sin reclamarlo, el olor del bosque o el sabor de la brisa ensalitrada, cerquita del mar. Los siento como si estuviera allí. El recuerdo se vuelve casi realidad. Cierro los ojos. Intento atraparlos y, de repente, como un rayo fulminante, aparecen miles de automóviles, con sus ruidos y sus gases, advirtiéndome que deje de soñar. Pero no quiero. Me niego. Aunque me coloquen al borde del abismo. De un oscuro agujero al que me atormenta caer. Viene la asfixia, el ahogo, y trato de respirar y de encajar las razones en mi cabeza. A veces tengo sensaciones extrañas. Como que me salgo del cuerpo. Entonces tengo mucho miedo. No quiero desquiciarme en esta manzana que parece condenada a una muerte en soledad. Y yo con ella. No puedo salir de aquí. Creo que no me dejarán. Sería como romper la norma. Como despertar las preguntas. Algo impensable en la sociedad de la sonrisa teatral y el agradecimiento ramplón. No iban a permitir una grieta en tan sólidos comportamientos. Pero era la huída la que me mantenía cabal y esperanzado. La que me salvaba, por ahora, de mis temidas crisis.

     A estas alturas ya me dejé de preguntar sobre las razones, las causas. Ahora ya mi mente sólo se ocupa de encontrar una salida. Cualquiera. Por inverosímil que fuera. Nada deshecho. Toda opción la analizo hasta el detalle. Tengo planos de la ciudad. Los estudio para tratar de encontrar una debilidad. Seguro que la tiene. Tengo que aprovechar los ratos de lucidez para poder concentrarme. También hago estudios del tráfico, por las cuatro avenidas. Trato de establecer una secuencia de horarios y densidades. Por si hay alguna posibilidad de cruzar esa barrera. Además, traté de conseguir planos de la red de alcantarillas. Pero no tuve suerte. En una ocasión, incluso, me los negaron a voz en grito. Ya sabían quien era. El que ponía en peligro el nivel de vida.

     ¿Qué hay más allá que no quieren que veamos? ¿Quizás sus amplias residencias y sus peligrosos perros? No querrán que les molestemos. Si todos estamos atrapados en nuestras manzanas todo será más fácil. Nadie se cuestionará nada. Todo controlado. Provisiones, bienestar y separación.  Incomunicación es la solución. Los coches circulan sin poder parar. No paran nunca y pensar en ello me tensiona los músculos y mi corazón se echa a correr. Respiro hondo. Una, dos, tres veces. No funciona. Me levanto y camino. Me acerco a la ventana. Coches y gente aparentemente felices. La ansiedad se acelera. Vuelvo a respirar. Una, dos, tres veces. Ahora sí. Parece que me calmo. Bebo agua fresca. Mucha. Siento que el cuerpo se limpia por dentro. Vuelvo a pensar en una salida. Eso también me calma.

     Fumo. No se porqué lo hago. Hace años que me aparté del vicio. Caí de nuevo cuando Sara, ante mis inquietantes preguntas, me ofreció uno para intentar apaciguarme. Para zafarse del interrogatorio, más bien. No la culpo. Al fin y al cabo fui yo quien aceptó el cigarro. Ahora no bajo de una caja al día. Mi consumo aumenta de manera proporcional a mi agitación. La casa huele a garito nocturno. Y no quiero abrir las ventanas. Volverían los malditos coches y me entrarían por todos los sentidos. La espiral comenzaría de nuevo y necesitaría respirar, una, dos, tres veces, beber, buscar una salida. Sí, buscarla. Mejor abro las ventanas. El enfrentamiento me ayudará a resistir. Y a pensar. ¿Por qué no bajo y provoco un accidente? Se pararían los coches. Eso es, sería una buena oportunidad para cruzar. Quizás la única. Podría tirar cualquier cosa a la calzada. Chocarían varios coches. Seguro. Pero, ¿y si hay accidentes? Otra vez las dudas. Y con ellas el remolino de pensamientos: coches, sangre, gritos, nervios, tensión. No es bueno. Para mí no es bueno. No hay salida. Estoy a punto de explotar. Abro la puerta y me voy. Rompo con mi encierro. Necesito saludar a alguien. No hablaré del tema.

     Veo a Sara. Vive a dos edificios del mío. Me intereso por su trabajo. Todo bien. Me invita a una cerveza. Acepto. La trago rápido y esquivo sus preguntas sobre mi aspecto. Nos tomamos otra. Bien fría. Está buena. Se tiene que ir a ver a sus hijos. Hoy están con su padre. Me quedo sólo, pero más relajado. Escribo una nota para Sara y se la dejo en el bar. Es lo que no me atreví a decirle. Tampoco me apetecía insistir en lo que podía intuirse como mi obsesión. Le conté que ya no podía más. Que estaba buscando una salida. Como fuera. Y que si podía ayudarme. Sin transmitir lástima. No quería compasión. Terminé con un te quiero, que me salió inesperado. Fue como un relámpago. Sincero. De adentro. Así lo sentí. Estuve a punto de romper aquella nota. Pero me mantuve firme. No más miedos.

     Hace frío estos días. Ya la gente anda más bien abrigada. Sara, con sus prisas, se dejó la gabardina. Era azul cielo. Curiosa. Con dos bolsillos laterales realmente enormes. Me cae bien. Me dijo que la había conseguido en la tienda de la esquina. Sara es grande. Por eso su gabardina me sirve. Me la eché por encima al salir del bar. Huele a ella. Es rico este olor. Fresco como el limón. No me había percatado nunca de su olor. Está claro lo que me está pasando. ¡Justo en medio de este vértigo que me arrastra! O es él mismo el que me abalanza hacía Sara. Hacía su belleza. Hacia su sonrisa. De nuevo, dudas absurdas. Por qué cuestionar los sentimientos. Ellos son una bomba química imposible de desactivar. Pues dejémoslos así. Que estallen sin medir las consecuencias. Me siento feliz con su gabardina.

     Vuelvo al apartamento. La puerta se abrió a mis ánimos. Se quedaron arrastrándose delante de mis pies. El escaso tiempo de tranquilidad que había conseguido junto a Sara se desvaneció. Súbito. Volvió la agitación. Me quito la gabardina y vuelvo a olerla. Es como una pequeña dosis de sedante. Sara vuelve a mis pensamientos y me entran ganas de verla. Irrefrenables. Ahora imposible, quizás mañana. Su evocación fija a mis pensamientos. Vuelvo a darle vueltas y busco una manera de fugarme. Aunque no sé si se trata realmente de eso. Nadie me ha declarado oficialmente en prisión. Quizás zafarse. Eso, zafarse de esta manzana a la que me han pegado. En mi silla giratoria le echo un vistazo de trescientos sesenta grados al apartamento. No sé lo que busco. Siempre lo hago cuando siento que la inspiración está cerca. Cuando la idea ya anda revoloteando por ahí y no hay más que mirar y esperar para cogerla. Lo hago despacio, para escanear cada objeto, cada rincón. Y esta vez lo encuentro. Un bote de pintura blanca. La usé en el último lavado de cara de las paredes de la habitación. Lleva tiempo en aquella esquina. Así soy de descuidado. Pero estuvo bien que permaneciera allí. Voy a intentarlo. Esta noche, quizás.

   El corazón se me acelera. Es la sacudida del riesgo. De la incertidumbre. De la confianza en que puede ser esta vez. Del miedo. ¿Cómo reaccionaran cuando se sepa? Qué me importa. ¿Me seguirá alguien?  ¿Se abrirán las puertecitas de sus mentes? Demasiadas preguntas. Malo para mi concentración. Será mejor respirar. Una, dos, tres veces. Hondo. No sé ni como hacerlo. Lo mejor será dejarme llevar. Improvisar. Todo irá saliendo, enganchándose.

     Enciendo la televisión y corro por los canales, buscando evasión. La encuentro. Una película de aventuras. Ahí me quedo. Tomo cervezas y mi cuerpo se va hundiendo en el sillón. Hace días que tengo mal dormir. Me despierto mucho y la vigilia se está convirtiendo en mi compañera nocturna. Por eso dejo que mis ojos caigan y vayan perdiendo el hilo del argumento. Qué placer no pensar. Me quedo definitivamente dormido.

   Ahora, despierto, ya mi cuerpo se siente descansado. Está oscureciendo. Son bonitos, aquí, los atardeceres. Sólo que tienes que subir a la azotea, si no quieres perderte los minutos más hermosos. Desde la calle no los ves. Los edificios tapan a la belleza última del día. El sol va alargando su languidez hasta el final de la ciudad. O hasta lo que yo creo que es el final. Me gusta imaginar que mucha gente los ve. En sus azoteas, como yo. Todos mirando al oeste. En silencio. Abstraídos incluso del retumbar de los coches.

     Abro la ventana. Vivo en un sexto. Tengo más tiempo para la belleza. Pero es muy tarde y sólo atrapo un poquito. Así que me quedo mirando para abajo. Veo la amplia acera y la avenida. Parece que hay menos coches. ¿O es un simple delirio de optimismo? No lo sé. Pero algo me dice que es ahora. Mi pecho se contrae. Mis emociones se atrincheran y me tenso como un arco. Miro atrás. Cojo abrigo. Un suéter negro, para no llamar la atención. Agarro el bote de pintura y una brocha. Quiero desandar mi prisión. Salir.

    Cuando abro el portal del edificio, mi agitación es difícilmente controlable. Antes de salir, respiro. Lo más profundo que soy capaz. Cruzo la acera. Marco una línea oblicua. Sospechosa. Nadie parece percatarse de mi presencia. A veces pienso que son medio autómatas. Entrenados para no preocuparse por nada. Todo es normal. Su bienestar está garantizado. Es lo importante. Me coloco en el pretil. Ahora ya ni mi respiración profunda me ayuda. Estoy temblando. Mis piernas parecen no sostenerme. Los coches pasan cerca. Quedan apenas unas decenas de centímetros entre ellos y yo. Tendré que aprovecharlos. Descabalgo mi pierna de la acera y empiezo a pintar la primera línea. Extremo mis cuidados. No levanto la cabeza y tengo terror. Cuando voy por la mitad siento que unas luces no corren a mi lado, sino que se quedan, quietas, frente a mí. Ese trocito de asfalto blanco lo hizo parar. Había una señal que obedecer. Aunque solo fuera un pedacito de señal. Obedecer, sin cuestionamientos. El automóvil paró porque delante de él floreció un pedazo de nube. Rectangular. Un trozo de calle agitadamente claro, luminoso. Ahora yo tengo la preferencia. Aquel pedazo de alquitrán solidificado me pertenece. Siento que la llave acaba de entrar en la cerradura. Continúo. Pinto como un poseso, sabedor ya de la solución al enigma. Ese era el camino. Había que construirlo. Llegué hasta la segunda línea y los coches siguieron obedeciendo. Paro. Hasta aquí mi objetivo. Respiro y, ahora sí, siento un enorme alivio. Me aligero de todas las tensiones acumuladas. La pesada carga desaparece casi al instante. Me levanto y los miro de frente. Sin desafíos. Sin rencor. Solo tratando de buscar una respuesta en los rostros de aquellos conductores. ¿Por qué no paran?, les pregunto mentalmente. ¿Por qué nos tienen sitiados? Pero no la encuentro. Ellos están atentos a mí. Esperan que cruce para poder continuar. Su mirada solo está interesada en seguir mis pasos. No entienden porqué estoy ahí parado. Ahora soy yo quien acaba obedeciendo. Mi deber es cruzar y no entorpecer el tráfico. Así lo hago. Cruzo, desandando mis líneas, en dirección al apartamento.

     Misión cumplida. Ahora saboreo el frescor de la noche recién estrenada. Estoy hinchado de autoestima. Disfruto de la calle. Saludo con ganas. Camino estirado. Hasta mi edificio me parece más bonito. Abro el portón y subo silbando al ascensor. Me preocupo en recoger la casa, en limpiarla. También yo me ducho. No es que me hiciera falta pues mi higiene aún no estaba afectada. Pero quiero disfrutar del agua cayendo por mi cuerpo. Quiero oler bien, abrigarme un poco y abrir las ventanas. Me asomo por una de ellas y enciendo un cigarro. Es el primero del que verdaderamente disfruto desde hace días. Ahora ya solo queda esperar.

     Observo a la gente. ¿Cómo reaccionarán ante mi hazaña? Los busco cuando doblan la esquina y no los suelto hasta que lo hacen en la siguiente. ¡No pasa nada! Asombroso. Siguen caminando al mismo ritmo. Tan sólo voltean un poco la cabeza, como cuando ves algo que no cuadra. Si acaso, se alejan un poco pensativos. Será por todo lo que tienen que hacer. ¿O será porque empiezan las preguntas? Lo cierto es que nadie se aproxima al bordillo. Nadie quiere verlo de cerca.

     Ya pasa una hora y no hay novedad destacable. Están empezando a desaparecer de las aceras. Me estoy quedando sin candidatos. Las esperanzas comienzan a desvanecerse. ¡Como siempre!, pienso, invocando a mi alter ego, pero en negativo. Nadie reacciona con la suficiente fuerza. Ahora alguien sale varios portales a mi izquierda. También sigo a esa persona. Es de las últimas que podré vigilar. La manzana tiene que dormir. Lleva un abrigo negro, como yo. No pasea a lo largo, sino a lo ancho. Mi comienzo de rebeldía parece atraerla. Llega al borde y se para. No sé qué va a hacer. ¿Borrará mis líneas? No. Porqué siempre tengo que prever lo peor. ¿A lo mejor será lo que andaba buscando? Los segundos son infinitos. El tiempo está detenido. La energía discurre a chorros entre ella y yo. En mi cabeza se hace la nada. Solo mis ojos procesan información. Espero, impaciente, y, al fin se mueve. Su cuerpo se inclina. Ligeramente. Da el primer paso. Al verla, los coches se detienen. Pasa a la siguiente línea. Mete su mano en el bolsillo. Saca un spray de pintura blanca. ¡Lo va a hacer! ¡Eso es!, le grito descontroladamente. No se levanta, pero sabe que estoy en la ventana. Observándola. Sigue con otra línea. Ahora es un no parar. Está disfrutando. Pinta con torpeza, sin demasiada precisión. Es un paso de peatones muy lindo.

     Esa persona cruzó la calle. Acaba de hacerlo. Se gira, ya en la otra orilla.  Me está buscando. Hago un esfuerzo para atraerla hacia mí y cuando nuestras miradas se cruzan, ella alzó en sus brazos un gran cartel: ¿Me devuelves la gabardina?


[1] Pasos de cebra.

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