Con los ojos abiertos

      Hacía casi un mes que la ciudad había perdido la alegría. Todo fue muy rápido y apenas dio tiempo a nada, más que a esconderse y callar. Tratar de pasar desapercibido y esperar a ver qué pasaba. Tan sólo eso. De casa al trabajo y estar con los niños, ocultando el miedo que se le había metido en el cuerpo, construyendo un pesado esfuerzo para que sus hijos no se asustaran, ni tan siquiera sospecharan de lo que estaba pasando y, sobre todo, de lo que podía pasar.

     Manuel Marrero Mendoza hacía panes. Era tan sólo un trabajador. Sin más poder que sus manos limpias, que amasaban a diario la blanca harina. Bueno, y su conciencia, aquella que lo llevó, de la mano de otros compañeros, hasta su más firme convicción: luchar para que las cosas fueran más justas. Luchar hasta darle un buen revolcón a la sociedad y, luego, volver a empezarla.

     Era el tesorero de la Confederación Nacional del Trabajo y eso, los falangistas y los militares, lo sabían. Aunque, más allá del barrio de El Perú no era demasiado conocido, sabían por donde se movía y donde trabajaba. Trincarlo y secuestrarlo en la Plaza de la Paz –ironías de la vida-, mientras leía el periódico, fue bastante fácil para aquellos cuatro camisas negras. Sacaron sus pistolas y se lo llevaron hasta el barranquillo de San Andrés, para torturarlo. Y tanto fue el horror que acabaron asesinando a Manuel Marrero Mendoza, pero no en el barranquillo sino en la Cárcel de San Miguel.

     Allí se lo dijeron a Antonia. Y lo confirmó en la Comandancia. Su marido había muerto la noche anterior. De una angina de pecho. Lo que sucedió antes de parársele el corazón, de agotar su última partícula de energía en la convencida lucha y en el amor por su amada y sus hijos, se lo imaginó Antonia, cuando, clandestinamente, pudo ver su cuerpo. Allí, delante de aquel rostro al que amaba, aún más después de muerto, pudo ver los golpes en los riñones, el sexo destrozado, las uñas penetradas hasta el dolor más cercano a la locura, los latigazos en aquella barriga que tanto había acariciado y aquellos ojitos abiertos, desesperados, reclamando justicia. Los mismos que acompañaron siempre a Antonia, la mujer del panadero.

* Este relato está basado en la narración que nos ofrece Antonia Álvarez, viuda de Manuel Marrero Mendoza, en “Crónica de vencidos. Canarias: resistentes de la Guerra Civil”, de Ricardo García Luis. Miles de ojitos nos andan acompañando, reclamando justicia, desde 1936, a la sociedad canaria. Aunque no queramos verlos.

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4 pensamientos en “Con los ojos abiertos

  1. Leo este relato, breve, pero con la fuerza suficiente como para concentrarme y hacer saltar el fuego líquido de mis ojos fruto de la rabia, de eso que nos mueve como las olas, sin descanso, y que nos impulsa hacia ese puerto de esperanza, de llegada pero también de salida en un viaje que sigue hacia el encuentro con la justicia y la libertad.
    ¡A seguir en la brega, compa!

    • Gracias hermano. Los dos sabemos que el presente puede convertirse en un sinsentido si no tiene un anclaje firme en el pasado. Que nadie nos pida nunca olvidar. No podemos enterrar el dolor de nuestros compañeros y compañeras pasadas. Esa es la peor traición. No podemos enterrar, tampoco, su ejemplo, de entrega sincera a la lucha por la justicia y la libertad, como comentas. En estos tiempos, mirar atrás puede ser una buena opción. La miseria y la explotación sembraron solidaridades entre aquellos hombres y mujeres. Se generó esa potente energía capaz de transformar. Solo que cuando se iniciaba el camino, la bestia, herida, sacó las armas. Aprendamos, pues: si herimos a la bestia…lo mejor es rematarla.

      Un abrazo y gracias por acompañarme por la veredas de la Isla.

  2. Espléndido (y horroroso) compañero. Felicidades por abrir esta nueva ventana. Que el ciber espacio te sea leve! Salud.

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