El Patriarca

“El patriarca” en la voz de Pavlos Pantazoglou, del programa Iasu Tenerife, de Radio Pimienta.

Foto de Andrea Moro

       Hoy me abracé a un viejo cedro. Antes pedí permiso. Lo rodeé con mis manos largas y mi cuerpo se apretujó contra su corteza, surcada por mil arrugas. Me quedé en silencio. Un rato largo. Inmóviles los dos, hasta que la respiración se hizo lenta, imperceptible. Hasta que mis sentidos se despertaron. Entonces fue que escuché al árbol viejo. Al patriarca. El sonido de su savia, ascendiendo hasta lo alto, inundando cada rama, se convirtió en su palabra.

        Habló de la vida, esa que sale de la tierra. A borbotones. La que nace de la muerte. La vida calladita, desapercibida. Que no molesta. Me encadenó con el tiempo, con el ciclo inabarcable de la memoria. Con los siglos de lluvias y de amaneceres puntuales. De los pájaros que lo anidaron y de los bichitos que devoraron sus ramas caídas, muertas. Del frío y las securas, del tiempo de hambres, de crecimiento aletargado, de sobrevivir con casi nada. Del almacén de su propia memoria que le dicta ¡siempre adelante!, hacia arriba, sin parar un instante, buscando la humedad del aire y el sol que calienta, que alimenta. De las semillas que tiene que esparcir, en alianza con el viento amigo, para que otros se incorporen a la espiral de la existencia misma.

      Lo abracé, lo escuché y también su olor me perfumó la piel y me encharcó el espíritu. Suave y fresco. Aroma de baúles de recuerdos, de cajas de secretos, de manos artesanas, de barcos que enfilaron el horizonte, de lápices que escribieron mi mamá me mima. Fragancia que se trabó en mi nariz para remover el pasado y para saborear el ahora hermoso en este circo inmenso.

     Apreté fuerte y descargué segundos de esperanza. A cambio, el poderío de siglos atrapó mi cuerpo. Me sedujo su fuerza bien anclada. Pegaditos, amándonos, nos enraizamos juntos y nos estiramos, hasta el centro de la Tierra. Los dos la penetramos, atravesando su humedad, su bolsa de lágrimas, hasta encontrar el calor sagrado de nuestras conciencias. Fue en ese largo camino que nos dimos cuenta que éramos padre e hijo, hermanos de raíces. De historia compartida sobre la Isla que respira, que siente, que llora, que apunta al futuro con escopetas cargadas de pasado. Nos dimos cuenta que nada nos pertenece. Sólo nuestro cachito de existencia.

       Hoy sigo abrazado al patriarca. Al viejo cedro de Las Cañadas. No sé por cuanto tiempo. Hasta que muera, quizás. O hasta que Jonay y Ancor se abracen a él y viajen juntos hasta el centro de la memoria.

     Esperando el relevo, fundiéndome con su piel áspera, aliviando mi angustia, sólo acierto a decirle: “gracias puntal, por tu existencia. Es por ella que yo respiro”.

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