Infortunio de poeta

Ilustración: Jimena Tello

      Un anacoreta, con lágrimas de plata y barba escarlata, se balanceaba en un trapecio desconchado. Lloraba. En su exilio penitente, a falta de gente, se enamoró de una grilla anacarada, blanca y brillante como un agosto de luna repleto. Le cantó anacreónticos poemas y con un anarajando traje, la sedujo.

     Pero la grilla, albina y coqueta, resultó ser anafrodita. Probaron los aguacates verdes y afrodisíacos varios. En su caparazón inmaculado la acarició con la ternura del poeta. Se dieron masajes con aceites de anacardos colorados. Mas su fina anatomía apenas se electrizaba.

     Buscando soluciones, el anarquista anacoreta le propuso emociones que desbloquearan su libido escondida. Aceptó. Subieron por las escalas del circo de colores. Cada uno por su lado, a colgarse del cielo y a volar. Cómo ánades reales.

      Al quinto balanceo, la grilla blanquecina soltó sus patas traseras y volteó. Triple salto mortal y el anacoreta ciego no pudo evitar un sonoro anatema. Allá abajo, en la arena, quedó la grilla virginal. Al ácrata poeta se le resbalaron sus antenas y…sus intensos deseos, se fueron al carajo.

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