Cruces

Foto: laislaquemehabita, con la imprescindible ayuda de Javi.

     Antes de llegar a las playas de mi Norte, justo al cantito abajo de la escalera que te descuelga suave por el acantilado, los cuerpos ansiosos por adentrarse en la frescura del océano hacen cola frente a un pequeño entrante. Uno a uno van pasando y formando una crucecita con trocitos de caña o de ramas de tarajales. Las cruces se superponen, se arremolinan en el suelo, trepan aferradas a los pequeños salientes del risco. Se desarman y vuelven a armarse, en un ciclo que envuelve ya a varias generaciones y que se alarga infinito como la espiral de la vida.

     Hacen las cruces, con cuidado y respeto, en silencio, y en su pensar le piden a los dioses del cielo y del mar salado que los protejan. Que las olas los abracen y no que los engullen, que las corrientes que van y vienen los dejen siempre en el mismo sitio.

     Yo también espero mi turno y cuando me llega pongo dos cruces. Una para estar bien con mi océano de libertad y otra para que los dioses cuiden de mi playa, del tul negro y sedoso que se desliza, sugerente, por el cuello de esta Isla de tres lados. Una cruz para salvarla del pelotón de fusilamiento que ya está formado, con sus armas de cemento, en los modernos despachos gubernamentales.

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