Desparrame

Foto santi rodriguez b.

Foto santi rodriguez b.

     La bruma parece que huye, que se asustó por algo que vio en la costa y busca refugio, desesperada, en esta cumbre verde y seca, amarilla, canela, silenciosa. Como un velo blanco, como una sábana de algodón que se deja caer sobre el suelo duro de esta tierra difícil.

     Envolviéndolo todo. Hasta la figura fuerte de Julia, que se salió de la casa y se acurrucó en la esquina húmeda del patio, junto al drago chico que luchaba por crecer, por salirse de aquella maceta diminuta, por dar rienda suelta a sus raíces y alzarse para hablar con la luna en las despejadas noches del octavo mes.

     Julia lo apartó hacia un lado, como para no contagiarle su tristeza. Y empezó a llorar. Muy despacio, dejando que sus lágrimas se deslizaran como gotas de aceite de almendras, dosificándolas, cargándolas de dolor, como si destilaran toda la esencia de su tristeza. En silencio.

     Así estuvo, dos días, quietita en aquella esquina, con la única compañía del drago chinijo, sin llamar la atención, sin levantarse, sin contestar a las llamadas insistentes de los vecinos. No comió, ni habló, ni durmió. Se bebió el agua que el sereno dejaba en las hojas, en las pequeñas espadas del drago que quería ser libre. Así alimentaba sus lágrimas, las hacía grandes y no las dejaba marcharse hasta que estuviesen bien hinchadas. Ellas tenían que vaciar aquel dolor y cuando dejasen de brotar, entonces su andar empezaría de nuevo.

     Eso pasó. Entonces, agarró sus fuerzas y se levantó. Le dio las gracias al drago por el agua proporcionada y al Sol y a las nubes y a las estrellas y a la Luna, por estar ahí, acompañándola en el desparrame de su dolor, y caminó, sin lastres ya, hasta su habitación. Se puso una ropa limpia y olió, antes, el aroma a lavanda que la impregnaba. Se vistió de un blanco sereno y salió de la casa, por la vieja vereda, con los pies descalzos y el caminar lento, rumbo al acantilado.

     Se paró sobre el filo y se dejó caer, como una pluma y, en un instante, ya no se la vio más. Sólo una gaviota que, remontando el vuelo, alzándose contracorriente, apareció, veloz, sobre el borde mismo del acantilado. Enfiló hacia el pueblo y voló, segura de su destino, hasta la esquina de aquel patio. El joven drago, como un soldado imperial armado con cien espadas, custodiaba el charco que saciaría la sed de la gaviota blanca. Bebería y bebería. Hasta no dejar ni gota del dolor derramado, ni rastro del amante que también se fue. Para siempre.

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