Susurro

          Una mujer desnuda, que huele a incienso costero, me mira desde la penumbra. Poco a poco se va saliendo de lo oscuro y su olor se transforma, dulcemente. El fresco se hace presencia y me invade la hierbahuerto y la menta intensa, como la que crece en las orillitas del agua que se rebosa de las entrañas de la Isla y se va, regalando vida, barranco abajo. Una mujer con cabellera de aulaga africana, como la de Isabel que, a poco que se mueve, troca de nuevo su atlántico perfume y llena de desconcierto a mi hocico torpe. Ahora es romero y lavanda, violeta y tierna.

     Ya se salió de la media luz y veo que es palmera esplendorosa. Como esas que, con la luz de la tarde, bajan, en alegre comparsa, bailando samba, desde Taguluche hasta el filito mismo de la mar océana. La mujer de ojos negros se vuelve a despojar de su última fragancia y sus pechos se cubren con un manto de leche recién ordeñada en los riscos de nuestro sur.

    Se acerca sin disimulo, mirando de frente. Su piel ya me huele. A almendra molida con un tonique chico. Es del color de las tardes de agosto, cuando al solajero le decimos adiós y se manda a mudar por la orilla de La Palma, a alumbrar a otros mundos. Me alarga una mano y se desparrama un aroma a rosal salvaje, blanco como el rompiente de las olas.

     De sus dedos finos, como un cardoncillo erecto, destila gotitas de salvia y yo las aprovecho para guisarme un agua y que se me quiten todos los males.

      Una mujer que ahora ya está muy cerca. Que dejó atrás la inquietante penumbra y que acerca su rostro al mío. Siento su aliento y su lengua, linda, como un tajinaste colorado. Se resbala por mi mejilla rasurada y atrás deja un rastro sedoso, suave como un aguacate verde. Su calor me recorre el alma y su respirar profundo me acelera el corazón, que se pone a revolotear como una mariposa sobre un campo de amapolas. Se desliza sobre mi cuello y su mano, como el barro pulido de los ollas viejas, me agarra la cabeza. Para que no huya. Y yo me relajo con su fragancia que, ahora, es canela seductora. Sus pechos apenas rozan mi cuerpo y yo ya huelo a naranjero en flor. Mi mano se desliza por su cintura tentadora, como las montañas majoreras. La aprieto y la acerco para que, ahora, me deje zambullirme en la frescura de su maresía atlántica. Nuestros sexos se unen y con su otra mano en mi espalda desvestida sigue recorriendo mi geografía abierta. Con un jadeo livianito, pega sus labios a mi oreja y susurrándome, me dice: “Yo también soy tu memoria”.

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5 pensamientos en “Susurro

  1. La memoria…, al fin y al cabo, eso es lo que nos queda…
    Gracias por seguir alegrándonos los días con tus historias.
    Besos

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