La isla fantasma

Foto: José Chiyah (josechiyah@blogspot.com)

     Las encontró. Marciano Capela llevaba años tras de ellas. Sabía que andaban por algún lugar de esa mar océana, que le susurra sus secretos en los soplos de brisa fresca que le regala en las grises tardes del otoño.

     El alocado rebusque en los manuscritos, ancianos ya, y en los textos de los maestros más grandes, dio sus frutos. Allí estaban. Plinio El Viejo y Solino hablan de ellas: “Todas están llenas de aves, son boscosas, productoras de palmas, abundantes en frutos de pino, miel, riachuelos y siluros”. Las describían con tanta rotundidad que, a los ojos de Capela, parecía que hubiesen viajado hasta ellas.

     Lo leyó todo con detenimiento, sintiendo en sus labios la sal del mar que bañaba a aquellas islas. Agitado por el descubrimiento, empezó a copiar y traducir y en los apuros hasta se inventó una isla y la llamó Teode.

      El abogado Capela, al que todos conocían como el Africano de Cartago, añadió un toque de sana ignorancia y justificado atropello mental al lento descubrimiento de nuestra historia. Nos puso una isla inexistente y así anduvimos, durante varios siglos, con una isla inventada que correteaba por las mentes de los sabios más afamados y de los marinos más intrépidos de ese Norte, que se preparaba, también lentamente, para dominar al mundo, incluida esa isla fantasma.

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