Luna

     Ayer me mirabas con tus cuernos desgastados. Andabas como dormida, reposando tu luz sobre una nube negra. Solo descanso y una gran pancarta desplegada sobre tu cuerpo cóncavo y convexo. “Ahora, ¡siempre adelante!”, dice, más bien pregona, con cierta altanería. Es pancarta bravucona y espabilada. Pero la Luna duerme y descansa de sus primeras batallas. De su lento engorde en su caminar constante desde la oscuridad, la ceguera, hasta el alborozo de la luz, el final de las guerras. Hasta la alegría plena y la victoria sobre la noche.

     Hoy tus cuernos se ensanchan y tu barriga está crecida. Casi que te veo alzar el puño y quitarte las telarañas. Andas más brillante hoy. Mañana seguirás creciendo. Y lo sabes y por eso te vas hinchando, de energía y de esperanzas. Ahora no hay quien te pare. Vas a avanzar firme, sin claudicaciones. El objetivo lo merece. Y nosotras, las hormigas de aquí abajo, también. Tu lucha es nuestra. En el combate hacia la luz, vamos juntas.

     Le hablo a la Luna de esta Isla. Y ella se lo dirá a los archipiélagos que por esos mares andan sueltos. Aunque ya no me hace mucho caso, allí está ella, redondeándose de a poquito. En su revolución que ya está en marcha. Me echa una sonrisa y me tiende la mano y cogemos la pancarta y le cambiamos las letras y ahora dice: “hasta la victoria”. Tan sólo unas madrugadas más y la alcanzará. La alcanzaremos.

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