Pelando castañas

Foto: Carlos J. Pérez

Foto: Carlos J. Pérez

     Pelando castañas. Así la recuerdo en las noches frías del invierno. Con las manos agrietadas y una canción, siempre, en sus labios. Lo hacía con la lentitud propia de quien se sabía continuadora de un rito que le venía de viejo, de cuando sus abuelos y los abuelos de sus abuelos. Con la destreza de una hormiga vivaracha que se mueve como una autómata. Casi sin mirar sus manos. Preparándolas para sorprender las bocas pequeñas que rondaban por la casa.

     Vivía donde llega la bruma. Donde crecen fuertes los castañeros, los que plantaron sus antepasados, los que siempre estuvieron allí. Los conocía bien y sabía diferenciarlos, porque sus frutos también eran diferentes. Las nombraba mollares y casta grande y mulatas, con cariño, como si fueran unas hijas más. Bajo su sombra crecían las papas, que también andaban por allí desde que el tiempo tiene memoria.

     Los castañeros eran sus aliados, sus amigos de siempre. Cuando hacía falta madera para las barricas que armaba el viejo Andrés, allí estaban ellos; cuando Juanillo necesitaba varas para hacer cestos, ellos eran generosos y se las ofrecía; cuando los tiempos se ponían feos y no había que llevarse a la boca, a los castañeros le crecía la solidaridad y daban castañas a borbotones.

     Así la recuerdo, inventando comidas y repitiendo recetas que las mujeres del alisio le enseñaron. En todas, castañas. Sabía que eran buenas para el cuerpo, que habiéndolas, nadie se moría de hambre. Las metía en el salmorejo del conejo y en el pescado salado. Hacía bizcochones, las rebañaba en chocolate, las asaba, las amasaba con gofio, con el gofio oloroso y denso que salía del millo de la huerta del fondo. Así siempre, en todos los inviernos, cuando el fresquito atizaba fuera y la cocina era el santuario del calor y de los olores.

     A veces, pues hasta yo misma la ayudaba. Me daba un cuchillito pequeño y me decía que le fuera quitando las cáscaras, que no las pelara sino que las desnudara, con la ternura con que se trata a un recién nacido. Las nuestras son las mejores, nos repetía insistentemente, como queriendo educarnos en el respeto a la tierra que nos rodeaba, haciendo que nos sintiéramos orgullosas de compartir nuestra vida con la panza de burro y de la tierra fértil que, desde siglos, venía abonando la familia. Y nos hablaba del Castaño de las Siete Pernadas y de todas sus leyendas y de cómo creció tanto que casi tapa el calor del sol.

     No nos gustaba ir a recogerlas, porque los erizos nos picaban nuestras manos chiquitas. De ese trabajo también se encargaba ella. Comentaba que todas las cosas bonitas se presentaban con envoltorios de espinas, pero que si sabías sortearlas, entonces tu ángel de la guarda se marchaba y te dejaba a solas, para que disfrutases de ese placer. Pero yo creo que ella ni ángel tenía, porque era tan fuerte y decidida que sabía muy bien manejárselas sola. Así, solita, iba una y otra vez hasta los castañeros y llenaba cestos y los llevaba a la casa y las escogía y se echaba a andar por los caminos, a cambiarlas por pescado o por cebollas en esos pueblos de la costa.

     Cuando más disfrutaba era por los días de San Andrés. Aquellos tiempos eran la explosión de los castañeros y los días más gloriosos para ella. Disfrutaba asando castañas y reuniendo a la familia para que se juntaran más, al calor de los vinos nuevos y de las sardinas saladas, cuando había. Los chiquillos llenábamos la casa y cuando el sol se marchaba pesado por las costas de La Palma, ella sentaba a los más menudos sobre sus piernas anchas y les contaba historias de antes, cuentos de brujas buenas y de pescadores valientes. Pero el que más nos entusiasmaba y el que le hacíamos repetir siempre era uno de amores. De una mujer y un hombre que andaban queriéndose a la sombra de un viejo castañero y que dio la casualidad que cuando ya eran muy mayores y se murieron, al castañero le crecieron dos ramas robustas de las que salieron las castañas más dulces que jamás se habían probado.

     Después de esos días maravillosos, las huertas se empezaban a llenar de hojas rojas, amarillas, doradas como las coronas de las princesas. Caían al suelo fatigadas, dejando a los castañeros sin piel, nada más que en un puro esqueleto. La tierra lo agradecía porque aquellas hojas aguantarían la humedad y eran como el alimento de los tiempos de invierno. Hasta en eso eran generosos aquellos árboles que disfrutaban como niños porque se quitaban un peso de encima y porque, pronto, aparecerían las hojas y las yemas y otra vez la vida.

     Así recuerdo a la abuela, a la mamá grande y tierna que nos crió y nos enseñó que sólo somos amigos de la tierra y de los árboles. Que no somos dueños de lo que es de todos, de los que estuvieron antes y de los que después vendrán. Eso es lo que les cuento a mis hijos cada veintinueve de noviembre, cuando visitamos al castañero grande de su finca y le dejamos un ramo de flores a sus pies, para que siga echando ramas y las castañas más dulces que jamás he probado.

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