El galante garapito

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     En un estanque abandonado, en el fondo de un angosto barranco, vivía un galante garapito. El insecto menudo pasaba el día ganduleando en el agua, disfrutando de la espléndida gastronomía que le ofrecía el líquido empantanado. Nadando de espaldas, con inimitable garbo, con gafa oscura y bronceado impecable, parecía el rey de la histórica alberca. Un auténtico galán.

     Pero el garapito estaba siempre solo y empezaba a cansarse de la aburrida holgazanería en aquel rutinario paraíso. A veces se disfrazaba de pirata con garfio afilado y abordaba galeotes imaginarios. A veces se convertía en un gánster irreductible, otras en un galeno altruista y otras en un gavilán que saboreaba el potente placer de un viaje en picado. Sus fantasías revoloteaban, tratando de ocupar casi todo su tiempo. Pero los recursos se acabaron y el acuático insecto empezó a notar un garrote intenso en el centro de su corazón. Con la cabeza gacha y el imaginario exhausto, convocó a sus fantasmas a un gabinete de crisis. La conclusión fue clara: la soledad lo llevaba a la galería de la tristeza.

     El garapito, apenado y sin ganas, se dedicó a nadar, despacio, enfrentado al cielo. A mirar la galaxia sin más propósito que pasar el tiempo lento del silencio. A veces, ahora, lloraba y para mitigar su solitario dolor iba llenando su talega de amorosos versos gongorinos. En su imaginario sólo un deseo: que aquellos poemas con ganas de enamorar fuesen el gancho con que atrapar a una joven guapetona.

     Pasaron cuatro lunas y ya el insecto nadador estaba exhausto de tanto componer. Mirando al cielo azul con desgana, después de un garbeo matutino, una agitación se le trabó en la garganta. Casi no podía respirar. En lo alto, un plumaje blanco y alargado tapó la luz del sol y los ojos del garapito abandonaron la pesada melancolía. Su masculino gameto calambreó la delicada estructura del poeta invertebrado. Una garza inmaculada inundó su espectro visual y el garapito, de repente enamorado, se apresuró a esparcir, sobre el agua estancada, sus versos atrapa romances. Haciendo gala de bañista experimentado, veloz como una gacela asustada, bocarriba, esperó una respuesta de la gardenia voladora. Esperó, esperó, esperó…hasta que una lágrima, diminuta como su existencia, acabó con la esperanzada oportunidad. La garza perfumada, pasó de largo.

     Sólo con ganas de convertirse en un insecto gallofero, de renunciar al esfuerzo de vivir, el garapito se dedicó a recoger sus poemas y a meterlos, de nuevo, en su gastada talega. Guardando el último fue que sintió un agitado aleteo que provocó una suave marejadilla en el agua empozada. La garza volvió y revoloteaba justo encima de su insectívoro cuerpo. Lo miró con dulzura y con un guiño lo invitó a acompañarla en su largo viaje migratorio.

     El garapito se despegó del agua y con sus patas de palo se agarró con fuerza a las plumas inmaculadas. Se encaramó hasta la cabeza de la garza encariñada y empezó a recitar, uno a uno, todos sus versos gongorinos. El ave apátrida y el insecto menudo disfrutaron con un amor acaramelado. Y, como no podía ser de otra forma en este galanteo inverosímil, garapito y garza, galán y gardenia, vivieron felices y murieron sin descendencia.

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