Maldiciones

Mis compañeros de todo el continente africano. Tengo una pregunta. Una pregunta que sigue obsesionándome. ¿Es la revolución como algunos árboles, cuyas ramas solo crecerán si las riegas?

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     Yo los maldigo. 22 millones de veces divididas en trimestres. Para que la maldición sea más profunda, más hiriente. Los maldigo por mentirosos, por embaucadores, por llevar guantes blancos. Por saqueadores. Los maldigo por arruinarnos la sonrisa. Por instalar la indignación en nuestras gargantas. Por inducirnos al suicidio. Por asesinarnos la esperanza. Por la cruz y por la espada. Por la resignación y la muerte. Por sus monarcas y sus reinas y sus príncipes y sus herederos y por toda la parasitaria pandilla de lobos aristócratas con pieles de cordero. Maldigo sus voces, sus periódicos, sus radios y sus televisiones. Maldigo sus oídos sordos y sus cuerpos de ultravioleta y silicona. Maldigo sus cuentas corrientes manchadas de sangre y sus tintes en el pelo. Maldigo sus ejércitos y sus iglesias, sus armas mortales y sus crucifijos de la caridad, de la rendición, de la obediencia, de la intolerancia. Maldigo sus actas y sus privilegios, sus sobres y sus apuntes contables, su impunidad y su manipulación. Maldigo sus cárceles para pobres y su justicia para ricos. Maldigo sus relojes de oro, sus cuentas en Suiza, su flota de coches, sus mansiones, sus cacerías… Maldigo a sus perros guardianes, a sus lacayos, a sus mercenarios del orden público. Y a sus porras, a sus gases lacrimógenos, sus pelotas de goma y sus pistolas. Maldigo su chulería y su desprecio. Maldigo su apología de la estupidez, su cinismo, su avaricia. Les escupo mi rechazo, mi aborrecimiento, mi desprecio. Les maldigo a ustedes, a sus cómplices, a sus sostenidos, a sus asesores, a sus directores generales, a las empresas que los alimentan, a los sembradores de esclavitud, a sus máquinas de regreso al pasado. Les maldigo, señorías, excelentísimos señores, ilustrísimos, majestades soberanas, altezas y reverendísimos. Les maldigo porque siembran tristeza, desesperanza y odio. Todo les vale. Por la pasta, el glamour, el poder, el foco de la televisión aduladora, los restaurantes de veinte tenedores de plata, el jet privado, los gemelos de diamantes, las perlas salvajes, los gastos de manutención y desplazamiento, las fiestas en sus chalets de la playa. Maldigo los indultos a sus colegas, los rescates a sus banqueros y los recortes a nuestras vidas.

     Yo los maldigo. A ustedes y a su sistema. Veintidós millones de veces. Y les aviso. Aquí abajo, en la arena de la rebeldía ya plantamos un árbol. Va a crecer fuerte porque lo estamos regando con nuestro sudor, con nuestras lágrimas. No se molesten en intentar talarlo. Lo escoltan un batallón de mineros. Nosotros y nosotras estamos saliendo. Vamos pallá.

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