El árbol de las fresas

Dibujo: johanesj

Dibujo: johanesj

Para Alicia, con un abrazo

     Alicia habló con la tierra y el agua. Les dijo que quería plantar una semilla, que si le daban permiso para usar su fertilidad y les prometió que, cuando germinase y creciese y llegasen las frutas, les regalaría una. Habló sin miedos y sin complejos, en una larga conversación donde no faltaron sonrisas y lágrimas. Tampoco unos besos tiernos en la mejilla ruborizada de la pequeña mujer que, con este acto, desafiaba a todos los científicos de la razón pura y se atrevía a crear un mundo a su medida, donde podía conversar y pedir consejo a la tierra que sostenía sus pies y su vida. La misma tierra a la que el hombre, en su transcurrir por esta historia nuestra, le había quitado el alma y la había desprovisto de su poder mágico para convertirla, solamente, en valor de mercado.

     Alicia pasó tiempo buscando al mejor embrión del futuro árbol. Escogió y escogió hasta dar con un granito que apenas parecía nada, frágil y delicado como ella misma. Lo cogió con la suavidad de las plumas, con el mismo cuidado que ponía cuando almacenaba los cristalinos huevos de su conejo inventado. Presionando levemente, lo puso entre algodones blancos, puros, como el color de la nieve de las cumbres o el de algunas nubes que se quedaban disfrutando del solito y el cielo azul cada vez que llueve por las islas de su memoria.

     En un frasco de cristal, Alicia metió el algodón y la semilla. Feliz y nerviosa, por la nueva vida que estaba por venir, se echó a andar por la vereda que la lleva hasta las puertas del monte de los brezos. Allí está la tierra vegetal, transformada por siglos de existencia que no hace más que moverse y renovarse, sin agotarse, sin interferencias en el lento trajinar que la lleva de la vida a la muerte y otra vez a la vida. Cuando llegó, también habló con los árboles y, tras un saludo cariñoso, les preguntó que si querían tener a un nuevo compañero y les pidió permiso para compartir su espacio. Las hayas, los brezos y un barbusano joven asintieron y le regalaron a Alicia unas cuantas hojas para que alimentara a la semilla no nacida.

     Abrió un pequeño hueco con sus dedos y depositó la semilla, con el mismo cuidado que tenía su madre cuando la recostaba en la cuna de madera de castaño. La dejó allí unos minutos y aprovechó para hablar con ella y decirle que procurara descansar porque pronto iba a sentir cosas en su interior, como una pequeña revolución de la que saldría una finísima rama a la que tenía que ayudar para que alcanzase el aire y el sereno de la mañana. Dicho esto y tranquilizado el embrión porque ya sabía lo que tenía que hacer, le puso un poco de tierra húmeda encima, sin apretar demasiado porque Alicia sabía que la semilla necesitaría libertad de movimientos.

     Todo esto en secreto, porque el mundo que ella creaba cada día era así, reservado y oculto a la mirada de los incrédulos. Sólo ella tenía ese poder de relacionarse con quienes sustentan la existencia y no pensaba contárselo a nadie. A lo mucho dibujarlo en sus clases de pintura para regalarle un poco de vida a sus amigos.

     Alicia esperó paciente porque para la felicidad no es buena la prisa ni el agobio. Sabía que era necesario un tiempo, un espacio largo para que el ciclo iniciara su particular andanada. Dejó tranquila a la semilla y se despidió del monte hasta su vuelta, en la primavera.

     Dos meses después volvió al lugar de la siembra. Un pequeño árbol, achaparrado, con una copa frondosa, la recibió en el zaguán de la casa de los brezos. Era la semilla, que con lo calentito del sol creció más fuerte y más rápido de lo esperado. Hasta tenía flores blancas y amarillas y Alicia se emocionó tanto que le dio un gran abrazo y de la emoción le salieron dos lagrimones que el árbol de las fresas agradeció infinitamente, pues ya llevaba unos días sin conocer la frescura del agua de los cielos y el alisio.

     Contenta, vino rápido a buscarme y me emplazó para ir juntos, dentro de dos semanas, a ver el precioso árbol que nació de una conversación, de una ternura paciente, de una apuesta por lo que, a ojos de un racional cualquiera, sería un imposible. Pero Alicia nunca dudó del poder de sus deseos y, por una vez, quiso compartir su secreto conmigo.

     La acompañé un domingo de mayo. No conocía aquel rincón de su isla imaginada y la curiosidad me recorría la piel, como un enorme reguero de hormigas charlatanas. Llegamos al pie del árbol que Alicia me había descrito y nos sentamos, descalzos, compartiendo juntos la generosidad de su sombra. Hablamos un ratito y cuando ya la felicidad se había instalado en nuestros cuerpos, Alicia le pidió permiso al árbol y recogió de sus ramas una fresa enorme y con sus brazos extendidos me la ofreció. Este es nuestro corazón, me dijo.

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2 pensamientos en “El árbol de las fresas

  1. Siempre que leo este cuento me emociono, quizás porque creo que nuestro mundo debemos llenarlo de ilusiones para asegurarnos de que podemos cambiarlo por lo que todos queremos. Un beso.

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