El fotógrafo

 

Foto: Ricardo Trabulsi

Foto: Ricardo Trabulsi

  Para Luz, Fran y Gonzalo, mis hermanos  de arribalasqueluchan.

     Solo quince segundos. Después la sumergiría en los líquidos. De esperar más, seguro que acabaría asfixiado por su propio humo. No solía hacerlo mientras estaba allí dentro pero necesitaba algo para centrar sus sentidos. Para juntarlos y que prestaran atención a lo que hacía y a lo que tenía que venir. Su nariz debía recrear, como lo haría el mejor de los lobos, cada matiz de aquellos olores húmedos, cada bocanada de humo. Su vista no podía despistarse y olvidar el verde y la viscosidad del fango hasta sus tobillos. Sus manos fueron llamadas a recordar su piel sudorosa, acribillada por los mosquitos, agradecida por cada baño nocturno. Su gusto tenía que rememorar la insípida sensación del agua fresca encharcando cada rincón de su boca, deslizándose torrencialmente por su esófago insaciable. Su escucha tenía que evocar los cantos de los pájaros y los ruidos irreconocibles. Volver a oír el caminar de los escarabajos, el silencio.

     Lo encendió y una espesa niebla, tocada por una sutil acidez, fue parapetándose a su alrededor.  La fragancia aceitunada de aquel hachís se entregó, lentamente, a ocuparlo todo, hasta el más ínfimo hueco de la pared gastada del viejo cuarto, rehabilitado y oscurecido hasta la extenuación.

     Desde un año atrás era su herramienta imprescindible. Allí pasaba horas, aislado hasta de sus más íntimas abstracciones. Entregado al arte de las sombras y de la luz. Al estremecedor poder para congelar la vida y la muerte. Para hacerlas inmortales en la memoria. Era un esclavo de la observación. A veces, cuando las prisas lo atosigaban, o cuando el riesgo se disparaba, trataba de convencerse de que no podía seguir viviendo de aquella manera. Pero la pasión, al final, siempre lo mantenía al frente de su objetivo. Su vista sólo fotografiaba, encuadraba cada una de sus visiones y calculaba la abertura perfecta para que, ese instante, en lugar de morir, viviera para siempre. Observaba los acontecimientos, los objetos y, si no tenía a mano una cámara, disparaba con los párpados de sus ojos menudos y archivaba la imagen en su cerebro. En eso consistía su andar por la vida.

     Era la cuarta prueba y, creía, la definitiva. Nunca había buscado tanto la perfección en el laboratorio. Sus cálculos eran tan exactos al disparar que muy extrañamente tenía que esmerarse en el revelado de las impresiones. Pero esa foto merecía un trabajo de orfebre. De aspirante a efímera obra de arte podía pasar a convertirse en perpetuo referente de nuestra olvidadiza memoria.

     Después de un denigrante peregrinar por revistas cutres y periódicos de baja tirada, La Jornada le había hecho un contrato que le permitía vivir para fotografiar. Logró alcanzar su perseguida aspiración. Ahora era reportero gráfico. Su única función: abrir y cerrar obturadores, acertar con la luz y sentir el sensual, el excitante poder de un clik, el único que podía apaciguar, siquiera por un momento, la agitación de su nerviosa mirada. Y en Distrito Federal el disparador de su reflex tenía una oportunidad en cada paso, en cada ojeada por el catalejo minúsculo que le permitía acercarse a la cotidianidad y convertirla en un relámpago puramente extraordinario. Como le ocurrió con el ciclista atropellado, o con la prostituta desesperada por conseguir cliente, o con el viejo vendedor de helados o con el músico del guitarrón rajado. Pasaba todos los días y nadie reparaba en ellos. Hasta que los fotografió y los colgó en una pared. Entonces la dimensión de la ciudad cobró otro sentido y empezó a mirarse a sí misma con los ojos de aquel fotógrafo de pueblo. Por un instante, los normales se hicieron visibles y alcanzaron la categoría de excepcionales. Fueron ellos quienes le abrieron las puertas del diario. A ellos les debe su felicidad.

     Hacía poco que la cuarentena le rondaba por su vida y se sentía excitado porque lo que para otros era la mitad, para él solo era el principio. Después de tantos años fotografiando a la gente del pueblo, ahora empezaba su deseada existencia. De cumpleaños, bodas y retratos familiares había saltado a la vertiginosa realidad de ser observado, a través de sus imágenes, de sus paralizados trocitos de vida que, cada día, ojeaban millones de lectores. Con ellos tenía que congeniar. Eran el espejo reciproco: ellos lo miraban y él los miraba a ellos y les ponía delante sus propios reflejos, en una suerte de adicción circular de la que, ahora mismo, no podía salir. Es más, no pensaba abandonar hasta que a su índice lo paralizara la mismísima muerte, ésa que anda de fiesta en fiesta por todas las esquinas de México.

     Tal era su entusiasmo que sus instantáneas se convirtieron en pura emoción. Él  pensaba y amaba como aquellas gentes. Compartían los intangibles códigos de identidad que la antropología moderna se esforzaba en descifrar. Las conocía bien y podía captar sus maldades y sus escondidas dulzuras. Sus sonrisas y sus llantos. Llevaba años haciéndolo. No las colocaba, no hacía falta. Las dejaba libres ante su cámara y su extraña habilidad de parecer invisible sacaba de aquellos personajes su piel más pura. Por eso gustaban, porque cualquier mexicano que los viera encontraría en esos retratados un trocito de su propia existencia.

     Sus fotos se empezaron a codiciar a precio de oro y La Jornada le fue abriendo todas las puertas para que esas emociones volaran por el mundo. Los compañeros escritores se lo disputaban. Era el mejor enganche para sus crónicas. Una foto suya hacía que el lector fijase su mirada en el artículo y pronto fueron diferenciándose y tomando su propio modo, como los pueblos que van haciéndose a sí mismos. Su implacable visión lo fue cubriendo de un innegable prestigio, que le sirvió para que le confiaran aquel trabajo. Y comprendió, desde el primer momento, que en sus manos estaba un trocito de la historia de este desmesurado país.

     Por eso no quería echarlo todo a perder con un mal revelado. Esperó el tiempo suficiente en cada bandeja y, bien escurrida, la empezó a lavar. Llegaba el tiempo de apagar la débil luz roja y que se colmara de claridad el cuarto oscuro. Respiró hondo por la nariz, en un vano intento por dominar su ansiedad y apretó el interruptor. Ante sus ojos se desplegó la luz de un atardecer misterioso, el sonido de la brisa moviendo el follaje, el peso de sus pies queriendo escapar del barro y una mirada penetrante y dulce que atrapaba a su visor cada vez que giraba la cabeza, como vigilante que es capaz de ver, oír y hablar en tres planos diferentes.

     Allí estaba, aunque no era demasiado buena. Hubiese deseado un poco más de tiempo. La situación no le regaló esos segundos que necesitaba para un encuadre impecable. Así que se agarró al huidizo instante con que, involuntariamente, le obsequió el personaje. Era una de esas oportunidades que cruzaba velozmente por delante de sus narices y sólo un apretón fulminante de su disparador podía atraparla. No hubo tiempo para cálculos que retrasasen el disparo. ¡Ahora o nunca!, y fue ahora. La cogió y allí estaba, pegada a los azulejos blancos, haciéndole temblar como cuando descubrió cómo su padre, mojando un papel, fue capaz de inmortalizar los cuerpos bien dispuestos y las caras serias de toda la familia. Pura y alucinante magia, que lo estremeció hasta este mismo instante en que se sentía poseedor de la más delicada de las primicias.

     Se mantuvo inmóvil ante la foto y cuando su cabeza parecía estallar apagó la luz bruscamente y salió del cuarto en el que ejercía la más exquisita de las soledades. Encendió la luz del garaje y se sintió aliviado, pensando que aquella fotografía se quedaba atrás, bien alejada de su entorno.

     A la derecha de su laboratorio estaba la cocina y no dudó un momento en dirigirse hacía ella, coger un vaso, la botella de tequila y tirarse en el sillón hasta que llegara Daniela. Siempre llegaba tarde. Desde su primera cita como amantes. Fue el nueve de febrero, cuando la Procuraduría General de la República anunció, en un acto que quisieron cubrir de contundencia, toda aquella majadería. Se acuerda de esa mañana que, inevitablemente, se le viene ahora a su memoria. Tuvo que cubrir ese forzado acontecimiento y se divirtió haciendo las fotos y tratando de captar el desespero de unos rostros sorprendidos en su feliz existencia. Un reto fácil para su cámara, para cualquier cámara, pues las  expresiones de rabia eran evidentes hasta para el más neófito de los fotógrafos.

     Se vieron por la tarde y tanto fue el encontronazo que acabaron viviendo juntos en aquel garaje, céntrico y bien ventilado gracias al patio trasero y al excelente tragaluz que bajaba desde la azotea. El lugar se adaptó a las necesidades de Daniela. Espacio libre. Sin columnas. Sin paredes. Sin mentiras. Sin escondrijos. Una casa que era toda franqueza. Menos el cuarto oscuro. Ése solo le pertenecía a él y ahí se centró el trato, que Daniela aceptó con ojos brillosos y húmedos, justo hace dos meses, después de un orgasmo inolvidable, casi místico. La convivencia se vino fácil y, desde entonces, comparten el garaje que les ayuda a recluirse de la ruidosa y sorprendente diversidad de Distrito Federal.

     Pensó que cerrando la puerta también aislaba aquella imagen. Pero bien rápido supo que no iba a ser así. Las ideas se lanzaban como meteoritos. Una tras otra. Las consecuencias,  los miedos, la más feroz de las popularidades, la tergiversación, el manipuleo, el cazador que mata a una especie que todos creían en peligro de extinción. Todo. Sin orden, vapuleando su conciencia. Sólo el tequila añejo que siempre tenía a mano, en altas dosis, sería capaz de atajar aquella catarata de pensamientos, aquella vertiginosa velocidad que su cerebro estaba alcanzando.

     Por eso se sirvió dos tragos largos, seguidos, pues quiso esparcir pronto el alcohol por su sangre, dejarse embriagar por los efectos que emanaban del agave azul más puro de todo Jalisco y sentirse como un anciano sacerdote en busca de la verdad esquiva, tratando de aligerar los caminos y apresurar el desenlace. En espera de respuestas, reclamando la presencia de la eterna diosa de los cuatrocientos pechos, de la buena de Mayahuel, encendió la radio y movió el dial, tratando de buscar, siquiera, un poco de distracción que lo distanciase del conflicto en que había metido a su rearmada conciencia. Las ondas más libres seguían informando de la suerte que habían corrido aquellos veintidós campesinos, detenidos hace una semana, y del indígena abatido por la policía en Veracruz. Más nervios a la madeja que crecía en su estómago. “¡Malditos hijos de la chingada!”.

     Siguió en su búsqueda radiofónica y se detuvo al escuchar una voz histriónica y avejentada, que informaba del discurso del Primer Mandatario en el encuentro con pueblos indígenas de Nayarit. Se puso otro poco en su vaso tequilero y esperó, atento. “Me da mucho gusto estar aquí, con ustedes, escuchar sus demandas, saber de sus luchas y decirles que en sus luchas no están solos. Que ustedes cuentan con un aliado, su aliado es el Presidente de la República, quien ante ustedes se compromete firmemente, no sólo a seguir escuchándolos, a seguir viniendo muchas veces a estas tierras, sino a responder con hechos a las demandas que ustedes plantean”. “¡Pendejo!”, exclamó al escuchar al hombre que tantas veces había fotografiado y apagó el receptor. Aquella voz no hizo más que devolverlo a su particular encrucijada.

     Empezaba a oscurecer y aquella batalla mental tenía que acabar. Durante la tarde ya lo habían telefoneado desde La Jornada, pues su foto se retrasaba y el cierre de edición empezaba a desesperase. Su capacidad de decisión estaba paralizada y optó por una nueva copa que le ayudara a resolver el dilema.  Tenía una foto que podría convertirse en una válvula de escape para la olla en que se había convertido la política nacional. Y estaba, también, una segunda imagen, la que seguiría metiendo los dedos en las llagas abiertas y sangrantes de un país anestesiado por el populismo y la corrupción.

     Había que decidir. Pronto, pues las llamadas de la redacción no se iban a hacer esperar. Apagó la luz y encendió su proyector, en un nuevo intento para centrar su tormentosa reflexión, su confundido pensamiento. Quería visionar otra vez aquellas diapositivas, aquellas manos duras que parecían hablar; los ojos felices de los niños armando sus papalotes rojos, sus mariposas gigantes; las mujeres atentas a las explicaciones; los hombres que levantan y apuntalan el orgullo colectivo. Ricardo relajó el nudo de su garganta y las lágrimas empezaron a brotar. Y con ellas el fallo inapelable, el convencimiento de la decisión acertada, el alivio de sentirse libre, de no quedar atrapado por un futuro maldito.

     El teléfono empezó a sonar. Sabía que eran los compañeros del periódico y no se dio prisa en cogerlo. Encendió la luz, descolgó y les dijo que, en ese momento, iba a salir de casa para llevar las imágenes del reportaje. Su cuerpo, agotado en la estresante jornada, le exigía una ducha caliente. Cerró puerta y ventana, para impedir que el vapor cálido se escapase. Le encantaba esa húmeda saturación que le ayudaba a desintoxicarse, a apearse de la urgencia, a abrir su piel taponada por  la ponzoña de la ciudad. Esto le permitió alcanzar la ansiada serenidad que necesitaba para ejecutar la decisión recién tomada. Aprovechó para afeitarse y sentir en sus mejillas la piel lisita, suave como la de Daniela.

     Le extrañaba su ya manifiesto retraso, pero no podía esperar a que volviera. La echó de menos. Le gustaba consultar con ella sus decisiones. Las hacía más fuertes, las afianzaba de tal manera que, una vez tomadas, no había marchas atrás. Por eso sintió, más que nunca, su ausencia. Pero no había tiempo. Sin sus fotos no se podía maquetar el reportaje a dos páginas centrales, que sería la columna vertebral del diario en su edición de la mañana.

     Se dirigió al laboratorio y, a pesar de los escasos metros que lo separaban del baño, tuvo tiempo de visualizar, una vez más, la insignia de oro en la impecable camisa color café, la luz de las velas que terminaron de alumbrar aquella entrevista y la humareda que envolvía, con la recurrencia de un fantasma juguetón, el objetivo de su reflex. Ese día no tuvo descanso. Su bolsa impermeable se llenó de carretes que registraron todos los detalles que llamaron la atención de su mirada glotona. Su cabeza se atiborró de nuevas palabras, atrevidas, apasionadas, optimistas. Ese día se sintió feliz.

     Abrió la puerta de su particular santuario y de la carpeta que estaba sobre la mesa sacó una tira de negativos en blanco y negro. Se aseguró de que allí estaba el original de aquella foto y, junto con la copia, los depositó en una pequeña bandeja metálica que hacía las veces de cenicero. Prendió su mechero y, en silencio, como si de una ceremonia se tratara, quemó la imagen descubierta, limpia, el rostro abierto, la cara que se ocultó para que el mundo empezara a verla. Poco a poco, un potente bálsamo fue recorriendo su cuerpo y la tranquilidad se instaló de nuevo en su vida.

     En un sobre metió la fotografía de un Marcos con ojos felices, con canana al hombro, con su reloj digital, envuelto en una atractiva humareda que asciende desde su pipa recta y con una indisimulada sonrisa bajo su pasamontañas negro. Con ella en su mochila se apresuró a llegarse hasta el diario. Al día siguiente, la nación entera seguiría sin conocer la verdadera identidad del hombre que quería escuchar las palabras del corazón de México.

     Cuando regresó a la casa, Daniela ya lo estaba esperando. Se dieron un abrazo de los que se quedan trabados en los buenos recuerdos y antes de abrirse las puertas del deseo, se lo contó todo. Lo miró con el centelleo de la comprensión en sus ojos y le pidió un beso. Después se descolgaron sus vestimentas y se dedicaron, por largo rato, a disfrutar de sus húmedos cuerpos, hasta fundirse en un solo resplandor. Al final del amor, Daniela, acurrucándose a su lado, bien pegadita a él, acercó los labios a su oído y  le dijo, con una voz suave y baja, como queriendo entonar una tierna canción de cuna: “gracias por mantenernos la esperanza. Te amo”.

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Un pensamiento en “El fotógrafo

  1. Gracias a ellos por enseñarnos lo que no quieren que veamos…
    Gracias a ti por regalarnos historias que nos llenan de esperanza…
    Besos AMIGO

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