El color del cristal

Antonio Torres. Retrato de Fray Albino Menéndez Reigada

Antonio Torres. Retrato de Fray Albino Menéndez Reigada

     El Obispo no te mira. Antonio Torres le agachó la cabeza y casi le cerró los ojos. Le puso, eso sí, el anillo desgastado de tanto beso adulador, de tanta reverencia y de tanto vasallaje. Le puso la cruz de la tristeza desgarrada, la cruz que nos aplastó la alegría de pensar, la que nos castró la ternura. El pintor no quiso que nos mirara a la cara porque temía que el pincel arrastrara el rojo de su dolor hasta sus córneas y acabara encharcándoselas de sangre.

     El Obispo fue Maestro en Sagrada Teología. A lo mejor por eso sus palabras eran, obligatoriamente, verdaderas. Lo que decía y escribía iba a misa y, después, a los más recónditos zaguanes de nuestro pensar. Su autoritario feudalismo nos obligó a no tocarnos, a creernos que la inferioridad formaba parte de nuestra herencia genética. A arrodillarnos, en la Iglesia y en la vida.

     El Obispo hablaba con Dios y viceversa. Y en sus pláticas acordaron designarnos un enviado con cuerpo de general. Antonio Torres no creía que fuese por decisión de Dios, pero el Obispo bendijo a la muerte inocente y la guió hasta el Barranco del Hierro y hasta las fosas del océano inmenso. Coleccionó delaciones y se hizo una larga lista de manos encallecidas y de espaldas dobladas. De palabras heridas y de pinceles rotos. Cercó a la imberbe libertad para que todos viviéramos como debe ser. Calladitos y resignados.

     El Obispo quería que su imagen, cubierta de gloria, ocupase un lugar de honor en el Salón del Trono del Palacio Episcopal. Por eso dijo “¡Éste!”, señalando con su mano anillada hacia el retrato que, a sí mismo, se había hecho Antonio Torres. Y tembló. Créanme que el pintor se estremeció y el púrpura se le atragantó para siempre. Esa noche soñó, bordeando el delirio, con ojos abiertos que salían de la tierra y con bocas que se ahogaban en su propio grito.

     Antonio Torres era rojo, negro y tornero. Por sus colores lo detuvieron y la madrugada se vistió de pistola en la espalda y de vereda ansiosa. Al amanecer le secuestraron la luz azul de la Isla y, por su libertaria conciencia, lo tuvieron cuatro años preso y esclavo. Por eso tembló y pesadilleó cuando el Obispo señaló su autorrostro. Pero Antonio Torres tenía un cristal mágico para tamizar el olvido, para guardarlo en un escondrijo de su corazón. Su cristal era del color del sueño o de la tortura, del amor o de la rebeldía. Por eso Fray Albino, en su cuadro, tiene la cabeza gacha. Antonio Torres lo perpetuó para nuestra memoria. Avergonzado, incapaz de mirarnos a la cara.

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