El bosque de los dragos

Foto: laspain.com

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     Los plantaron los vecinos de Las Toscas, antes de empezar a marcharse para Venezuela. La miseria se apoderó de Barlovento, y de Canarias toda, nada más acabarse aquella guerra llena de asesinos, de militares intransigentes, de camisas negras y azules y de curas que bendecían la matanza. Y como el hambre apretaba había que tirar de los hermanos, de los que nacieron con los primeros hombres de la Isla. Siempre estuvieron ahí, esperando para echar una mano.

     Los auaritas de la posguerra recogieron semillas de los dragos viejos y, confiando en ellos para que los sacaran del hambre, los plantaron y cuidaron a los que ya estaban mayores, a los que fueron sembrados por los palmeros de antes. Ellos les dieron las fibras de su cuerpo y la gente de Las Toscas las vendían para que se siguieran haciendo cestos y cultivando la tierra. Así, con la ayuda de sus hermanos, fueron tirando.

     Ahora los dragos siguen allí, recordándonos la miseria y  la dignidad. Recordándonos que existimos gracias a la solidaridad de la tierra. Que ellos y nosotros pertenecemos al mismo cuerpo que nos sustenta.

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