Yo soy la patria

Hace algunos años la vida me llevó a Guatemala. Allí me acerqué y comprendí,   de la mano de la resistencia indígena, en toda su amplitud, lo que significa el dolor colectivo. Los pueblos originarios de Guatemala estuvieron sometidos a una feroz, terrible y despiadada represión, cuyo saldo fueron más de doscientas mil personas asesinadas por militares y paramilitares, dirigidos y amparados por el gobierno y los EE.UU y con el silencio cómplice de las autodenominadas democracias occidentales.
La pasada semana, Efraín Rios Mont, militar golpista, genocida y máximo mandatario durante 17 meses (entre 1982 y 1983) fue condenado, en su país, a 80 años de cárcel, por haber ordenado, supervisado y permitido la destrucción parcial del pueblo ixil. Por una vez, el pueblo de Guatemala conoce el significado de la palabra justicia.

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     La mañana se instaló temprano en el Parque Central, con un sol tórrido que persigue a los limpiabotas y que derrite los helados de los pobres heladeros. Los de la Ciudad andan en sus cosas, intentando solucionar un trocito de su diaria vida, en cada esquina, en cada puerta de cada tienda, en cada mostrador de cada farmacia. Con cordiales saludos se cruzan y se tropiezan, entretejiendo la trama de la comunidad, aparentemente ajenos a los altavoces estridentes instalados en los soberbios cuatro por cuatro que paseaban, intimidando, por todas las cuadras de la Ciudad. A puro grito anunciaban la llegada del candidato, del General que, ahora sí, será el Presidente de la República. A las dos y media en el Parque.

     Desde primeras horas, cuando la Ciudad se levanta, los hombres pagados preparan el escenario de la aparición y el General se va haciendo presente, con su cara de sonrisa forzada y su traje impecable, por los rincones sudorosos de todo el centro, proclamando, en perfectas letras de imprenta: “Yo soy la Patria”.

     Los grandes posters en los caballetes de madera toman el Parque Central. Para la mayoría su presencia es invisible y apenas unas miradas furtivas le son regaladas al General. Indiferencia para la mayoría, menos para Miguel que ve las caras del bigote genocida y, aunque disimulando, recordando sus tiempos de clandestinidad, escupe en el suelo, como para que subiera desde el piso de cemento todo el vapor amargo del dolor y la muerte.

     Miguel siguió a sus cosas, a buscar el frijol y el maíz para la comida de hoy y los hombres de camisetas y gorras blancas y azules, en el lado opuesto del Parque y de su vida, claveteaban el entarimado de madera que sostendría la figura del viejo general presidenciable, a eso del comienzo de la tarde, si su helicóptero no se retrasaba.

     Mujeres con ropa norteamericana, con camisetas que pregonaban “ahora sí, el General va”, con la manicura bien hecha y sus joyitas relucientes, se dejaban ver por el Parque, nerviosas, dispuestas a echar una mano para colgar banderolas y ansiosas ante la inminente llegada de su predicador preferido.

     A la Ciudad no le importa nada de esto, acostumbrada como está a la parafernalia electorera de los últimos seis meses. La misma que le engomina las farolas o le pinta sus piedras y sus árboles. Pero a Miguel sí, porque el conoció los tiempos del General, en su aldea, y en su mente de hombre de maíz, seguían presentes los gritos de sus hermanos muertos en las masacres. Así que anduvo atento, preguntando la hora a cada instante, porque no pretendía perderse la presencia y el discurso del General.

     A las dos de la tarde ya está camino de la Plaza, arrastrando sus viejas sandalias por las piedras lisas de las estrechas aceras. Cuando llega al Parque Central ya las mujeres maquilladas que sueñan con una invitación para alguna de las fiestas del General, ocupan las primeras filas, pegaditas al escenario, para ver de cerca a la esposa y aprender de ella los ademanes de gran señora, de mujer triunfante, al lado, siempre, de su hombre.

     Miguel se queda rezagado, en un ladito, pues su interés no va más allá de ver, por primera vez y de cerca, al ordenante de tanto dolor.

     Pocco antes de la hora anunciada por miles de afiches, el traqueteo infernal de un helicóptero rompió el silencio del cielo. El General llega y a Miguel ese ruido no le resulta extraño. Es el de las mismas aspas asesinas que, en dos ocasiones, escupieron las bombas y las balas sobre su comunidad. Ayer, como hoy, seguían siendo la antesala de las carreras hacia cualquier parte, el hall de la huida y el esconderse, las pregoneras de la muerte.

     A su cabeza llegaron atormentadas las jornadas de rojo sangre y camaleónicos uniformes. Pero no echó a correr, tapando a sus hijos, sino que, esta vez, se quedó de pie, firme, a la espera.

     El helicóptero aterriza en el campo de fútbol cercano, levantando una enorme polvareda. Allí, el General y su séquito suben a los grandes coches negros, con los cristales polarizados, ennegrecidos como su existencia, para que nadie los viese hasta llegar al mismísimo Parque Central.

     Llega en poco menos de diez minutos. La policía de la seguridad nacional mantenía las calles limpias de tráfico y la municipalidad se encargó de proporcionar una escolta lucida, de gala, con motos relucientes y trajes nuevos para los agentes armados.

     Al llegar a la Plaza lo reciben las mujeres que aspiraban, siquiera, a una mirada, a un roce de la mano del General, para pavonearse el fin de semana en las peluquerías de blancas, donde acuden para llenarse de fijadores y de tintes que las distinguen del resto de las féminas y de las clases. Como un grupo de fans quinceañeras, gritan, sin cesar, hasta enronquecer sus afinadas voces. “Viva el General”. “Ahora sí, el General va”.

     Y el General va y sube al entarimado y coge el micrófono y empieza su discurso, en tono paternalista, de magisterio trasnochado, con una pregunta directa a los congregados: “¿Quién es la Patria?”, esperando una clamorosa respuesta que no se da y que le obliga a repetir, pero con más énfasis, como ordenando al respetable a contestar. Consigue arrancar un “Yo soy la Patria” tímido, disperso y suave como un café de mediatarde. Y continúa con un “yo vengo aquí a buscar trabajo y ustedes, el pueblo, serán mi patrón” y a Miguel se le revuelven las entrañas al escuchar al líder de la corrupción sangrienta que agota a esta tierra. Y sigue hablando con su moralismo mesiánico, con su Dios que destruye culturas, que condena ideas y que abre las puertas a la esclavitud económica y a la perpetuación de la pobreza. Con su Dios justiciero sigue hablando de lealtad, al patrón y a la patria; de obediencia callada, al superior; de fidelidad, otra vez a la patria y a Dios; de justicia, en el país de la impunidad; de democracia, este sistema tan bueno que él despreció cuando golpeó al Estado y se hizo dictador de muertes y ahora le permite ser un candidato, el candidato, el general que cuidará de su pueblo, eliminando de raíz todos los males y, por supuesto, todos los disensos. Y habla de yugos y de matrimonios, que no son más que cónyuges, es decir con yugo y es eso lo que hace falta para que la Patria camine; de gobernar el corazón, “exactamente lo único ingobernable en el completo aparataje del ser humano” –piensa Miguel en silencio– y, por lo tanto, las emociones profundas, los sentimientos, la espontaneidad, la ternura, la rebeldía, el amor.

     Y, en medio del discurso, en el momento adecuado, ordena a un hombre, con sombrero de ala ancha, que se adelante y lo pone junto a él y le da un abrazo al exguerrillero traidor y suenan los aplausos porque aquello es el símbolo de la reconciliación y no las voces que claman justicia por las decenas de miles de asesinatos que se cometieron cuando el fue presidente por la gracia de su Dios. Los aplausos saltan provocados, inducidos por las damas de las primeras filas, tal y como habían previsto los diseñadores de su campaña, los ejecutivos del engaño. Ahora ya hay algunos malos que se han vuelto buenos y otros que siguen siendo muy malos porque siguen mintiendo sobre el pasado del General. Así de simple se articula el mensaje para tejer la gran mentira que pretende abrir el suculento saco de los votos, que intenta penetrar hasta el corazón de los duros y viejos adoquines, que pretende anestesiar hasta la más espabilada de las conciencias que hoy observan el espectáculo: la de Miguel.

     Y Miguel, que ya no aguanta la sonrisa hipócrita bajo el bigote blanquecino, mira al cielo, buscando las últimas lluvias del año, deseando la aparición de una nube negra que los empape a todos y que limpie el Parque Central. Pero el día está claro y Miguel baja su cabeza y observa sus sandalias viejas y, evadido ya, piensa en otras nuevas y se acuerda de su compañera que se quedó en la casa, tejiendo y preparando los tamales de los patojitos. Mirando al suelo es que se da cuenta que el brillo del sol se oscurece y no entiende nada porque el día estaba claro y sin nubes. Levanta su rostro que empieza a arrugarse y mira alrededor y ve cómo muchas otras cabezas ya sobrepasaron a la suya y observan y señalan al cielo.

     En pocos segundos, nadie hace caso al discurso monótono del General, que levanta la voz y lanza preguntas, en un intento vano de capturar la atención del personal. Todos miran al cielo que era azul y un murmullo de angustia, de no saber qué pasa, se apodera del Parque y de la ciudad. Y Miguel también mira y sus ojos se abren y su corazón corre más deprisa porque el cielo ahora es como un huipil con los colores del quetzal, ese pájaro de cola larga que nunca había visto pero que sabía que alguien, hace mucho tiempo, lo nombró como ave nacional y como símbolo de la libertad. Sus abuelos y los abuelos de sus abuelos y hasta los hombres primeros del maíz lo habían tallado y dibujado en sus telas, pero él no los había visto.

     Se asombra, pues, porque es la primera vez pero, sobre todo, porque son miles los quetzales que ya tapan el sol y que vienen, como un solo cuerpo, en dirección a la Plaza. Miguel les sigue en su vuelo, medio perplejo pero con una extraña sensación de complicidad con aquel tapiz de los colores de la selva y de la montaña, su aliada durante tantos años. Vienen rápido los quetzales y, tal como pensaba, se paran justo encima del entarimado que sostiene al General. El zumbido de sus alas es ensordecedor y muchos empiezan a marcharse, entre gritos que proclaman la llegada del fin del mundo. Pero Miguel se queda y, antes de que los guardaespaldas retiraran al General, ve cómo una lluvia blanca desciende rápido desde la posición de los quetzales para aposentarse en el limpio y oscuro traje del General.

     Ahí acabó el discurso. La gente se dispersa intranquila, la música no vuelve a sonar y los picops se retiran, con las damas que no pudieron tocar a la esposa del General. Miguel también se va, despacio, pensativo, caminando hasta su rancho de la Comunidad.

     Ya era media tarde y la Carmen está sentada, con su telar bien sujeto a la cintura, creando decenas de quetzales blancos sobre un fondo azul. Al llegar Miguel, le calienta unos tamales que los hijos no devoraron y le pregunta:

     – ¿Y cómo estuvo el General?

     – Bueno…-le contesta Miguel-. La libertad se le cagó encima.

 

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2 pensamientos en “Yo soy la patria

  1. Para unos LA PATRIA son sus intereses económicos, sociales y políticos como clase social privilegiada (burquesías, oligarquías, terratenientes, sus ejércitos y policías, etc). Para otros LA PATRIA es justicia social, democracia real y participativa como clase social mayoritaria.

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