Carta desde La Habana

Foto: Chip Cooper y Nestor Martí

Foto: Chip Cooper y Nestor Martí

 La Habana, con un sol que se ríe a carcajadas, en este 19 de julio de 2001.

Compañera:

     Esta ciudad viva, ahora, sobre todo, suda. Ya hace horas que se levantó, que abandonó las sábanas húmedas, que se despidió de un amor que se queda en el colchón duro, con el ventilador bien pegado a la cara.

     Ahora el calor es una barricada que paraliza mi andar lento por estas calles viejas y estoy como loco, robándole la sombra a los árboles. Me siento para pulsear el combate diario de estos habaneros envueltos en mil razas y procedencias. Me siento y el banco de piedra me engulle y se transforma en butaca. Mis lentes negros oscurecen la inmensa sala y La Habana se proyecta ante mis ojos, en formato dieciseis milímetros, que en estos tiempos difíciles es lo más asequible. Sin preámbulos, sin aburridas introducciones, pasan guaguas repletas de gente sudorosa y miles de piernas que pedalean incansablemente. Mujeres y hombres que venden pizzas de jamón y queso y bocadillos de lo mismo y jugos de guayaba y batidos de mango y refresco gaseado. Y tu rostro que se asoma por una esquina y me restriego los ojos y ya no es tu rostro.

     Dólares que se desgastan transitando de mano en mano. Sidecares checos y Plymouth del 52. Camiones abarrotados de habaneras encharcadas, cautivadoras y Pablito llenando mi soledad con tus olores.

     Miles de gentes negras y blancas y de colores intermedios que tienden la ropa en las ventanas y en los balcones, alzándose como estandartes de vida. Un viejecito que busca el fresco de un jagüey, agarrado a la tierra con las raíces que le bajan de las ramas, proclamando desafiante, “aquí estoy, dispuesto a resistir”. Cedeerres y revolución que aguanta en cada barrio. Poncheras que resuelven emergencias y, otra vez a pedalear. Jubilados que venden Granma y Juventud Rebelde y yo que los compro para que tú los leas cuando vuelva. Habana vieja y decadente que cada mañana se inyecta entusiasmo con la sonrisa de los niños, ahora en vacaciones, cruzándose por la pantalla en patinetas de madera. Barbacoas donde la gente se ama y se pelea y se gritan y se vuelven a amar. Alegría en mi vista y tristeza en mis labios que se cuartean sin tus besos.

     Pasan ahora, porque es su turno, cuatro trovadores de instrumentos viejos, encantadores de cinturas y de espíritus. Tras de ellos, un apagón y un transformador que reviente y nos deja la sala oscura por unas horas. Pero la electricidad vuelve y ahuyenta a los mosquitos, a casi todos. Los que quedan me los cojo para mí y me atosigan las piernas. Chucho Valdés se empeña en consolarme y toca con sus manos largas, entre 23 y L y me hace un guiño con el que parece decir tu nombre.

     Pasan, en turno equivocado, pioneros vivarachos, rojecitos y carmelitas, que por la mañana van a la escuela y por la tarde inventan juguetes. Porque aquí todo se inventa. Bicicletas con motor y cucuruchos de manises y flores de plástico para las parejas que transitan la noche. Malecón de cortejos y de besos, de aire siempre nuevo y, en otro tiempo, de balseros y, ahora en julio, que estamos en 26, de marcha del pueblo combatiente contra el imperialismo. Después carnaval, música, ron rellenado y cerveza de pipa.

     “¿De qué país eres?, ¿no te interesan unos tabacos, cohiba, montecristo?, ¿quieres una paladar buena para comer?” Y yo que no y los libros viejos que hablan de victorias gloriosas y de vidas ejemplares, que sí, que a ellos sí los compre.

     Y en esto llega a mis manos Ernesto, con su cara en las monedas de tres pesos, mirando, como siempre, con la esperanza en sus córneas. Yo también lo miro, confirmando la revolución posible, aprovechando para sentirte cerca, en la butaca de al lado, mezclándote en mis sueños.

     Las columnas de los portales, en perfecta formación, siguen aguantando a La Habana, con agua y basura en las calles y mujeres que te roban los ojos y qué linda tú eres, mi tesoro, aunque estés a ocho mil estrellas de lejos. Bicitaxis que transportan a gordos que no pueden ni con su alma y a viejecitas cansadas de andar. Tiendas de comisionistas con morteros de teka y calderos de aluminio y ropa barata y “¿te quieres hacer la manicura?” y música pirateada y muebles de segunda o quinta mano.

     Esta es la ciudad de los ventiladores y de las ciudadelas, en las que se parapetan los núcleos familiares y de aquí no hay quien me saque. Peligros de derrumbes y derrumbes. Y tus ojos grandes que se cuelan, de polizones, en la proyección y yo quiero tocarlos y se escapan como dos fantasmas traviesos. Se van, con Camilo, a una valla grande y ya no regresan hasta las nueve, que a esa hora hay cañonazo.

     Cristo de La Habana laica, atea y santera. Policías cada dos o tres cuadras. Se rellenan y arreglan fosforeras: un peso. Sombrillas que lo mismo aguantan un sol de madre que la más intensa de las tormentas. “¿Último?, ¿detrás de quién va?” Y tu no estás en la cola de la parada de guaguas, ni en la de comprar helados, ni en la de pedir deseos.

     Pasan ahora, descaradamente, licras listadas, rojas y negras, libertarias, que se pegan a los cuerpos de las mujeres morenas. Un zapatero en la esquina y aquí todos saben de coches y medicinas. Detrás de las licras, taxis a diez pesos, saturados de sudor antillano. Elpidio Valdés. Vampiros en la noche seductora. Y otra vez, “¿último para las pizzas?”

     Y en estas pasa Javier, que se levantó a las seis en Miramar y tiene que estar a las ocho en El Vedado y ganar doscientos treinta pesos al mes e inventar por la izquierda, porque hay que comprar pulovers y zapatos y blumes para las crías. Una mujer vestida de blanco y mucha plata para hacerse santo.

     Así es esta ciudad que ya termina. Por el día un Jalisco Park para los niños y un corre corre que hay que buscar aceite. Por la noche, dos amantes en El Malecón y yo solo, recordándote, hasta que ya no aguanto más y busco una tiza y te dibujo en lo negro de la madrugada y entonces, nosotros, también nos amamos.

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