Sapo macrobiótico

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Ilustración: 6pixel   

     El personaje de esta historia se hace llamar Morón. Es un sapo macrobiótico, verde mate, de piel resbaladiza, cargado de protuberancias. Feo. Un auténtico mameluco. Moraba en el tronco de una magnífica magnolia, alejado del bullicio de la marisma. Tenía vocación de mahometano y se lo pasaba averiguando en qué dirección quedaba la sagrada Meca. No es extraño que las ranitas melindrosas lo llamasen majareta. Pero él, ni caso. En su mundo metafísico tan solo anhelaba ser mamífero resucitado, tocar la marimba, descansar en un mausoleo, comer mangos a mansalva, hacer la maleta todos los días, probar una manzana y conseguir un marquesado. Como se ve, estaba de ilusiones colmado.

     Lejos de la manada, su vida era una manifestación comprobable de ascetismo maniqueísta. Superado ya el marxismo, se entregaba por entero al magisterio de la dulce espera. Ahí, sentado, malabareando con las palabras, sorteando el maldeojo de los sapos envidiosos, Morón permanece.

     Pero un día, sintiéndose malgastador de su maldito tiempo, malogrado y solo, se levanta. Y, en ese instante en que el batracio malaventura decidió levar ancas, rumbo al malecón estanquero, percibió un extraño sonido entre la maleza. No quería ser malpensado, pero todo aquello era muy raro. A los ruidos le siguieron olores nuevos, sutiles. Y ante Morón se irguió, como un insuperable maniquí, el cuerpo esbelto de una rubia despampanante.

     Ella era la espera. La del beso mágico que en mamífero lo convertiría. Su cuerpo maloliente se agitó como electrificado. Recogió, con mala maña, su corazón escapado y corrió rápido a por su mandolina. Llegó a tiempo. Todavía estaba allí la mujer maravilla. Colocó atril y partitura y materializó la estrofa mil veces ensayada. Cerró los ojos y esperó un meloso roce en sus labios malqueridos. Pero el maridaje no ocurrió. El sapo recién  enamorado, apuró sus córneas para alcanzar algún gesto de la marfilesa. Pero su futura manceba poco gesto hacía. Más bien seguía inmóvil, malhiriendo la dignidad del aspirante a musulmán.

     No aguantó. Encogió su cuerpo y con un salto magistral se abalanzó sobre su cuello. La hermosa moza, como no podía ser de otra forma, le largó una contundente declaración de asqueo. Lo apartó de su camino y siguió, con majestuoso contoneo, en busca de su príncipe ensapado.

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