La perseguida

Sin palabras. Ilustración de Vanessa Zorn

Sin palabras. Ilustración de Vanessa Zorn 

     Pueden ustedes afirmar, al término de esta lectura y si así lo estiman conveniente, con toda la legitimidad que les pueda aportar su razón, que esta historia es una simple y torpe vomitada de mi imaginación. Están en su derecho y, probablemente, me será complicado exponer argumentos que traten de convencerlos de lo contrario. Reconozco que cosas así no suelen suceder, no forman parte de la acotada desenvoltura del raciocinio. Aunque siempre suele ocurrir, con conocimiento de causa lo escribo, que algún amable lector se reconozca en ella y acabe estableciendo presuntos paralelismos con algún episodio de su existencia. Mantengo, no obstante y con particular tozudez, que esta historia responde, fielmente, a lo sucedido aquel día del invierno lluvioso de hace, apenas, una década.

     Serían sobre las seis de la tarde que estábamos, la casa y yo, disfrutando del humeante vapor de una agüita de toronjil y observando el suicidio colectivo de millones de gotitas que, con decisión, se estrellaban contra el cristal de mi ventana, cuando escuché tres toques secos en la vieja puerta de la entrada.

     Contrariado con la interrupción de mi extraño deleite, abandoné a las gotas moribundas y anduve el largo pasillo que me separaba del zaguán y, en un inusual ataque de precaución ordenado por mi yo intuitivo observé, primero, por la mirilla. Al otro lado, empapándose, suspendida sobre las losas de la acera ancestral, esperaba una palabra.

     Era una palabra de apariencia más bien normalita. No vulgar, ni torpe, pero tampoco exquisita, ni refinada. Se la podía situar en un término medio, entendible para cualquiera, comunicadora pero, en ningún caso, insolente.

     Tiritaba de frío, pues andaba desnuda y, ante aquella lastimosa imagen, obligado por mi acertada educación hospitalaria, le abrí la casa, no sin antes preguntarme cómo había conseguido tocar la aldaba bronceada, pues es notoriamente conocido que las palabras no tienen manos, ni pies e, incluso, hay muchas que ni tan siquiera tienen cabeza.

     “¿Me das cobijo?”, preguntó nada más verme. Y yo -y aciertan si son capaces de imaginar mi extrañado rostro- me apresuré a invitarla a pasar. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era la primera vez que una palabra tocaba a mi puerta y no quise parecer desconsiderado, aunque debo reconocer que lo que más me pudo fue su imagen enchumbada, indefensa bajo las lágrimas de los dioses. Podía haberle prestado un paraguas y que siguiera su camino, pero eso hubiera echado por tierra tantos años de aprendizajes maternos. Así que, en realidad, fueron las enseñanzas de mi difunta madre las que la dejaron pasar, aunque sería una extremada impertinencia negar la excitada curiosidad que zarandeaba mi cuerpo.

     La llevé al salón y la invité a sentarse en mi sillón orejero, pero ella prefirió el borde de un grueso tomo de poemas de autor innombrable, pues, era una obviedad de la que no me percaté, todo el mundo sabe que los libros son el mejor asiento para las palabras. Bueno, aparte de la memoria. La miré fijamente y, encogiendo mis hombros y estirando mis ojos, solo le dije: “Y ahora, ¿qué?”

     “Pues te voy a contar mi historia. Soy una palabra maldita, perseguida, impronunciable. Hace más de medio milenio que habito las veredas de esta Isla, escondiéndome. Al principio, cuando pertenecía a otra lengua, me tiré al monte porque me prohibieron andar en las bocas de la gente. Allí me quedé, transmutando mis ropajes para volver de nuevo al calor de las almas. Pero volvieron a excomulgarme y me echaron de los libros, quemándolos en fuego público, condenándome al exilio, invocando a la única divinidad permitida. Quise volver, desde la clandestinidad, pero censuraron mi presencia, una y otra vez. No me querían y resolvieron, como medida de precaución, que permaneciera en silencio, alejada. Si acaso aparecía en algún impreso éste era castigado, de inmediato, al ostracismo más oscuro. Seguí intentándolo, pero usaron al ejército y con sus armas me sacaron de las casas, de las bibliotecas, de los periódicos y me enjuiciaron y me sentenciaron, una vez más, al silencio más absoluto.

     Ahora sigo vagando, tocando en las casas cuando tengo hambre, cuando tengo frío, cuando llueve y estoy exhausta de tanto intento fallido por ocupar mi sitio en la conciencia. Poca gente me abre. Se asustan cuando me ven. Creen que sólo soy un espectro de palabra, un fantasma maldito que les viene a complicar la vida. Esta es mi historia”, concluyó.

     Lancé un suspiro hondo, profundo, y me quedé fijo, mirándola. Me regaló una diminuta sonrisa y, superada la impresión, le pregunté, con la escasa cortesía de un anfitrión aturdido, que si podía ayudarla en algo. “Ya me abriste las puertas de tu casa, ahora, si me das un poco de esa agua caliente, te quedaré profundamente agradecida”. Así lo hice, y como había escampado, me dijo que continuaba su camino.

     Cuando ya se alejaba, calle abajo, le pregunté, gritando, por su nombre, como lo haría cualquiera de ustedes ante un amor furtivo que se escapa, que no volverás a ver.

     No me respondió.

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