Desterrando el olvido

Texto de presentación del libro de Nicolás González Lemus: “Pequeños y grandes héroes de La Orotava. Domingo el Crusantero y otros republicanos represaliados”, editado por el Colectivo Cultural La Escalera.

Plaza de San Juan. Villa Arriba. La Orotava. 25 de junio de 2021.

Autor de la presentación: José Manuel Hernández Hernández (historiador)

Hoy tengo el enorme placer y la responsabilidad de presentar un libro, “Pequeños y grandes héroes de La Orotava. Domingo el Crusantero y otros republicanos represaliados”, del doctor en historia Nicolás González Lemus, que su propio autor enmarca en lo que se ha denominado historia social e historia local, dos ramas de la investigación que tratan de ahondar sobre la construcción de las identidades locales y el papel desarrollado en ese proceso por los grupos sociales mayoritarios y, en demasiadas ocasiones, excluidos de un relato histórico hegemonizado por el discurso emanado desde la verticalidad del poder.

Es por ello que quisiera empezar recordando unas pequeñas reflexiones que tuvimos oportunidad de plasmar en una publicación reciente con motivo del homenaje que se tributó al profesor Juan José Martínez Sánchez (Carmona), coordinado por Francisco Javier León Álvarez, y en el que planteamos una reivindicación de la función social de la Historia en su expresión más cercana a la ciudadanía: la Historia Local, la que nos posibilita, a través del conocimiento de nuestro propio devenir, entender procesos históricos más generales y asumir la responsabilidad, como sujetos capaces, de protagonizar y dirigir los anhelos comunes. La Historia como arma de conocimiento, de construcción de identidades y, sobre todo, una herramienta para la transformación hacia modelos sociales superadores de cualquier tipo de dominación, desigualdad, dependencia y discriminación. El conocimiento y el análisis crítico de nuestro devenir histórico como comunidades debe configurarse como uno de los puntos de partida para la recuperación de la memoria colectiva, que afiance esas señas identitarias, el sentido de pertenencia a un grupo y la afinidad con un proyecto común, que se construye desde las prácticas democráticas, plurales y soberanas.

Una historia local que, en estos momentos de uniformización y globalización cultural y económica, en que trata de implantarse –incluso con el recurso a la violencia-, lo que se ha venido en denominar el “pensamiento único”, se torna aún más imprescindible y urgente para entender el momento histórico en el que están inmersas nuestras comunidades y, sobre todo, para fortalecer las identidades locales a partir del conocimiento riguroso de su pasado.

Partiendo de estas premisas, que tratan de guiar nuestras investigaciones, para mí es un verdadero honor presentar este libro y hacerlo en este marco de la Plaza de San Juan. Lo es porque yo también soy vecino de la Villa Arriba y este libro habla de mis vecinos y vecinas, de sus vidas, de sus familias, con las que convivo diariamente y que son depositarias del ejemplo de muchos de sus antecesores que lucharon por la consecución y el mantenimiento de la libertad y la democracia. Lo es, también, porque se trata de un libro de uno de los hijos de este barrio, Nicolás González Lemus, historiador, militante político y cultural y protagonista de uno de los momentos históricos más activos de la Villa Arriba, desde la recordada Asociación de Vecinos de San Juan del Farrobo, allá por los finales de la década de los setenta del siglo pasado. Es un honor, también, porque aborda un período histórico en el que venimos trabajando durante las últimas décadas y que necesita de publicaciones como ésta para desmontar mitos, recuperar memoria y aprender con el ejemplo de tantos hombres y mujeres que, en abril de 1931, estaban dispuestos a aportar toda su energía en la construcción de un mundo más justo e igualitario y que por ello sufrieron la terrible represión política y social que se desencadenó a partir del 18 de julio de 1936.

A través de la vida de Domingo González Pérez, el Crusantero, Nicolás nos hace un recorrido por la historia de buena parte del siglo XX orotavense. Un siglo en el que se experimentaron los mayores avances democráticos de nuestra historia y, al mismo tiempo, los mayores procesos represivos por motivos políticos y de enfrentamientos de clase. Un siglo de luchas constantes entre quienes aspiraban a una transformación profunda de las relaciones sociales y económicas, teniendo como horizonte la igualdad de oportunidades para todas las personas, la justicia social, el reparto equitativo de la riqueza y la libertad y quienes no dudaron en utilizar la violencia de las armas para reprimir esas aspiraciones y, sobre todo, para mantener los privilegios, los beneficios económicos, el ejercicio del poder político y el control social que, desde la conquista, habían ejercido en estas Islas un reducido sector social que conocemos como clase dominante y que, en el caso de La Orotava, se reducía a un grupo de familias de nobles apellidos que controlaban la propiedad de la tierra y, en consecuencia, el principal sector económico, así como la importación y comercialización de bienes de primera necesidad.

Un siglo que vio nacer a un potente movimiento sindical, allá por 1918, con la creación de la Federación Obrera del Valle de La Orotava, en el Puerto de la Cruz, y el Círculo Instructivo Obrero, en La Orotava, que protagonizaron la primera huelga general del Valle en 1920 y que iniciaron un movimiento que se convirtió en la principal referencia del socialismo en la Isla, con organizaciones que construyeron sus propios edificios –en La Orotava, un poquito más abajo de donde nos encontramos, en la Calle Cantillo-, que publicaron sus propios periódicos y crearon sus propias escuelas para alfabetizar y formar a los trabajadores y trabajadoras, que se enfrentaron a las patronales agrarias y a las compañías extranjeras que explotaban las fincas plataneras, que evolucionaron hacia posiciones cada vez más transformadoras, que incorporaron a la mujer trabajadora a las organizaciones sindicales y que aportaron destacados líderes al movimiento obrero canario y a la política insular.

Un proceso de empoderamiento de las clases populares que será violentamente cercenado por el golpe de estado del 18 de julio de 1936 y el posterior ciclo político marcado por la represión, la Guerra Civil, el exilio, la emigración forzada, el hambre y la miseria durante la larga noche de la dictadura franquista.

Gracias al trabajo de contextualización que realiza Nicolás González Lemus en estas historias de vida, podemos disfrutar de una visión panorámica sobre lo sucedido en La Orotava en estas décadas, con particular detenimiento en los años de la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura franquista. Y, sobre todo, en lo sucedido en la Villa Arriba, lugar de residencia de Domingo Crusantero y de sus compañeros y amigos, también represaliados, así como de las clases populares del centro urbano, en contraposición a la Villa Abajo, donde se asentaba la clase dominante, el comercio, las sedes de las instituciones públicas, las infraestructuras culturales, el ejército y la jefatura eclesiástica con el arciprestazgo de la iglesia de la Concepción.

En este barrio, en la Villa Arriba, por ser lugar de asentamiento de la clase trabajadora, es donde nacieron y tuvieron sus sedes las organizaciones sindicales del municipio durante la República, así como las agrupaciones socialistas que se conformaban como la expresión política-institucional del movimiento obrero, primero aquí mismo, en un edificio situado en la calle que tenemos a nuestra espalda y después en la Calle Cantillo, donde se construyó el edificio de la Federación de Trabajadores de Orotava, posteriormente robado –incautado es el término que se utilizó para darle legitimidad a ese robo- por los militares sublevados para destinarlo a sede del Sindicato Vertical y, en la actualidad, propiedad de la Unión General de Trabajadores.

Una Orotava que en la década de los treinta contaba con unos 18 mil habitantes, un tercio de los cuales residían en el centro urbano, con niveles de analfabetismo que alcanzaban, en la Villa Arriba una media del 60 % de la población, donde la mitad de los hombres en edad activa se dedicaban a la jornalería platanera y el 90 % de las mujeres se dedican a los cuidados, el mantenimiento de los hogares, la atención a las familias y a la realización de actividades extras con las que aumentar las rentas familiares y garantizar el sustento diario (en la agricultura, como costureras, lavanderas, criadas o como vendedoras ambulantes de productos agrícolas).

Es en ese contexto de analfabetismo, bajos salarios, largas jornadas laborales, explotación infantil –muchos niños y niñas trabajaban desde edades muy tempranas en la agricultura o en el servicio doméstico-, precariedad laboral, escasa atención médica y educativa, en definitiva, de duras condiciones de vida para las clases populares, donde se produce el advenimiento del régimen republicano y se afrontan reformas importantes dirigidas a mejorar las relaciones laborales, la formación cultural, la asistencia sociosanitaria y la mejora de la gravísima situación económica en que se encontraba el conjunto de trabajadores y trabajadoras del municipio. Aunque no cumplió con las expectativas generadas, la Segunda República fue una esperanza que se tradujo en alegría. La gente era feliz, me comentaba Nicolás hace unos días. Me quedé pensando en eso, tratando de recrear La Orotava, la Villa Arriba de 1936, las conversaciones, las casas, la vestimenta, la ausencia de coches y luces, las gentes en las asambleas y las manifestaciones, las tensiones y la determinación en las luchas jornaleras, los procesos electorales, las luchadas y el fútbol, el bullicio en las sesiones cinematográficas, los bailes en los salones o en las sociedades, la gente viviendo sin miedo, sintiéndose en el momento más libre de sus vidas y yo también deduje que sí, que la gente fue medianamente feliz. Se sentían partícipes de una lucha común, se sentían trabajadores y trabajadoras con derechos, se sentían personas que pertenecían a un mismo grupo, a una misma comunidad. Y todos esos sentimientos caminando juntos, convergiendo, debe ser lo más parecido a la felicidad que se siente cuando  eres  protagonista de tu destino, personal y colectivo. Y debía ser así, a la vista de los datos de participación en organizaciones sindicales y políticas, con centenares de afiliados y afiliadas. A la vista, también de la actividad cultural y festiva, de la sensación de abrirse al mundo a través de un cine sin censuras, de la diversidad periodística con la numerosa prensa que se editaba, de la participación activa en las luchas laborales, sobre todo las protagonizadas por los miles de jornaleros en las diferentes huelgas generales y sectoriales que se desarrollaron durante estos años, de la participación en los procesos electorales que auparon a los representantes de la clase trabajadora a las instituciones públicas, gobernando el Ayuntamiento, por primera y única vez en su historia y, sobre todo, porque se estaba produciendo un proceso de toma de conciencia y de empoderamiento de las clases populares que la podían situar en condiciones de dar un vuelco importante a la vida en el municipio.

Militantes de La Orotava, hacia 1935. Foto: col. Domingo Hernández
Militantes socialistas de La Orotava, hacia 1935. Foto: col. Domingo Hernández

Pero conquistar la posibilidad de debatir y decidir entre iguales era una amenaza directa hacia los intereses de quienes mantenían la hegemonía del poder desde hacía siglos. Arrebatarles esa prerrogativa que se habían autootorgado de ser “dueños de”, era algo que no podían permitir. Y para ello, agotada la vía democrática para contener las aspiraciones de los grupos sociales mayoritarios y peor situados social y económicamente, no dudaron en recurrir, como ya había sucedido en otros momentos,  a su brazo armado, al Ejército, para que se restableciera el orden natural de las cosas, ese que desde el siglo XVI había definido a quiénes pertenecía la capacidad de decidirlo todo.

Ese era el objetivo último de la sublevación militar, con el apoyo directo y entusiasta de la oligarquía agraria, la Iglesia católica y la gran burguesía comercial orotavense: la eliminación de cualquier esperanza que pudiese alimentar un cambio social, político y económico que pudiera beneficiar a la gran mayoría de la población, en detrimento de los privilegios que ostentaban esos grupos sociales minoritarios. Y ese trabajo de autoborrado de la memoria personal, familiar y colectiva, solo se podía ejecutar a través del uso generalizado de la violencia represiva sobre todas aquellas personas que, de alguna manera, por insignificante que fuese, habían participado en ese sueño colectivo que tendría su final el 18 de julio de 1936.

En La Orotava más de 300 personas fueron represaliadas de una u otra forma. Hasta donde llegan nuestras investigaciones, casi un centenar de consejos de guerra sumarísimos acumularon cuatro penas de muerte y más de 300 años de cárcel para decenas de afiliados, simpatizantes o militantes de organizaciones de izquierda de La Orotava; una cincuentena de empleados públicos perdieron sus trabajos o fueron suspendidos de su empleo y sueldo por largas temporadas; otros tantos fueron sometidos a multas e inhabilitaciones por medio de la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939; fueron encarcelados los concejales del Frente Popular; fueron destituídos o trasladados casí la mitad de los maestros y maestras que ejercían en el municipio; decenas de jóvenes soldados fueron encuadrados en batallones de trabajos forzados; varias decenas de personas tuvieron que iniciar el camino del exilio; dos fueron asesinadas en el cuartel de Falange de la Calle de la Hoya y otras dos por tiroteos en el momento de su detención; un hombre fue asesinado en el terrible campo de concentración nazi de Mathaussen y cuatro fueron fusilados por su participación en la gesta de la evasión de los presos y soldados canarios de Villa Cisneros, en marzo de 1937; un número de mujeres, aún por determinar, fueron sometidas a purgantes y rapados de cabeza; algunos militantes fueron sometidos al escarnio y la vejación de cargar las cruces por las calles del pueblo y, en definitiva, miles de personas, directa o indirectamente por ser familiares de, fueron tocadas por la terrible mano de la represión política, bendecida por una Iglesia que no solo aceptó el golpe militar, sino que lo alentó y se volcó activamente en trabajar para conseguir el triunfo de los sublevados, facilitando y legitimando el uso de la violencia para separar la mala simiente –la que pensaba en clave de igualdad social- de la buena y productiva –la que lo hacía en defensa del orden jerarquizado, la religión y la patria imperial-.

La acción represiva fue intensa –desarrollada en el corto periodo de cuatro años- y generalizada a toda la población, pues incluso a aquellas personas que no fueron tocadas directamente por la represión, se les envió un mensaje claro: se trataba de un escarmiento colectivo de enormes dimensiones y se les hacía entender que, si no querían recibir su dosis represiva, debían entrar en el limbo de los que no veían, no hablaban, no oían pero sobre todo, callaban.

El fruto de ese escarmiento a quienes soñaron una utopía posible durante el periodo republicano, se tradujo en la doctrina nacional católica bien aprendida, en agachar la cabeza, quitarse el sombrero ante los nuevos-viejos amos y mantener el silencio, practicando el olvido, para poder vivir en paz.

Domingo González Pérez, Domingo el Crusantero, fue uno de esos militantes socialista y republicano que sufrió directamente la represión. Yo no lo conocí directamente, pues cuando falleció yo solo era un niño de diez años de edad. Pero de alguna u otra forma siempre estuvo presente en los recuerdos que contaban las gentes de la Villa Arriba como un hombre que mantuvo sus ideales y su dignidad y que favoreció el encuentro de la militancia clandestina orotavense e insular en torno a sus caldos y sus famosos platos, en su bodega, en el Casino de la Villa Arriba. La vida de Domingo, en la que Nicolás seguramente profundizará dentro de unos momentos, es una de esas tantas historias de vida que tenemos necesidad de conocer para seguir avanzando como comunidad. Su ejemplo no debe quedar en el olvido en el que se quiso enterrar por la represión y la dictadura franquista y sus ejecutores locales. Y por eso, como sociedad considero que este acto de hoy debe convertirse en un gesto de agradecimiento hacia Nicolás González Lemus, porque su esfuerzo nos permite contar con una de las pocas historias de vida de quienes vivieron y sufrieron la Guerra Civil en La Orotava, la de Domingo Crusantero y la de muchos de sus compañeros como los hermanos Illada Quintero, Antonio Petit, Juan Hernández Correa, Antonio Díaz Trujillo, Balbino San Millán,  Pedro Hernández Lorenzo, Jesús Martín Raya… y tantos otros, todos vencidos en esa terrible contienda. Es este un ejercicio de poner sobre el papel, para que perdure y pase a formar parte de nuestro particular patrimonio colectivo, la vida de uno de los hombres que pudo contar su historia y compartir sus ideas con las nuevas generaciones, manteniendo un pequeño foco de resistencia en La Orotava durante muchos años.

Este libro pone en evidencia la necesidad de recuperar las historias personales de tantos militantes que protagonizaron estos años convulsos y esperanzados. La necesidad de recuperar nuestra memoria histórica, desde la rigurosidad y desde la práctica de la investigación científica, también desde la oralidad y los recuerdos individuales, como parte del proceso improrrogable de reparación de las víctimas de la dictadura franquista, cuya dignidad no ha sido restituida plenamente y, sobre todo, para dotarnos –con el conocimiento de nuestra historia reciente– de un instrumento que contribuya a la formación de una ciudadanía respetuosa con la democracia –en su más amplia acepción‒, con la participación y con los derechos humanos. En definitiva, a la construcción de una ciudadanía plenamente democráctica y por ende, claramente antifascista.

Este barrio tiene razones para sentirse orgulloso de esos vecinos y vecinas que creyeron, lucharon, y sufrieron porque osaron tener un sueño y bregaron para alcanzarlo.

Domingo falleció en 1977. Apenas le dio tiempo de disfrutar de la etapa que se abría tras la muerte del Dictador. Sus amigos, sus compañeros, lo despidieron con saludos republicanos. Hoy le damos, de la mano de su hijo, Nicolás González Lemus, de nuevo la bienvenida. A ambos, mil gracias por abrirnos esta ventana a nuestro pasado más reciente.

Muchas gracias.

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