El crustáceo cantautor

Ilustración: Julie Pone

Ilustración: Julie Pone

   En el filo del cantil sumergido, un cangrejo, cantante y ermitaño, canturreaba dejándose mecer por las corrientes cadenciosas. Con su refugio a cuestas y su cuerpo de carmín, más rojo que las fresas, esperaba a su candorosa dama. Más flaco que un cangallo, aquel crustáceo pendenciero cantinfleaba gracioso con toda cangrejita que se acercara a su territorio. Entre piropo y piropo, castañeteaba con sus pinzas, esparciendo su perfume de canela. Así de feliz estaba.

     Pasando el rato se encontraba hasta que, a lo lejos, escuchó lo que parecía un cortejo carnavalero. Excitado ante el evento  inminente, puso a punto su voz y sus dotes seductoras. Se ajustó su cándida concha y esperó. Por el canal marino, que acaba en el risco acantilado, apareció, más bien irrumpió, una alegre algarabía. Abría la comitiva un cangüeso vestido con su traje pardo, aceitunado. Le seguía, en alegre desfile, una bullanguera comparsa al son de un animado candombe. Un cangrejo violinista, tocando, con acierto, unas congas monumentales, daba paso al corazón de la marcha inesperada.

     En ese instante, al artrópodo ermitaño se le paralizó la mirada. Sobre una enorme tortuga lucía toda su esplendorosa candidez una sirena rubia. La ninfa marina exhibía, con desparpajo provocador,  su parte de mujer, cubierta sólo por un imperceptible canesú.

     Deslumbrado, el cangrejo cantautor, improvisó una cantiga en honor de tan bella doncella y la sirena, encantada ante tan excelsa composición, lo invitó a subirse en su trono y compartir su destino. Él inventaría poemas y ella, con su dulce voz, los cantaría. Desde entonces, en perfecta simbiosis, compositor y cantante andan por los mares, enamorando y engullendo a los atrevidos marinos.

La musaraña altanera

Ilustración: Kris-Tea

Ilustración: Kris-Tea

     La k escasea así que esta historia será más rápida que un golpe de kárate. Hubo una vez un káiser enloquecido con las teorías kantianas. A tanto llegó su delirio que le propuso matrimonio a una musaraña altanera. “Paso un kilo”, le contestó la diminuta roedora. Y el emperador, ante la rebeldía manifiesta y entonando un lastimoso kirieleisón, dimitió.

Sapo macrobiótico

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Ilustración: 6pixel   

     El personaje de esta historia se hace llamar Morón. Es un sapo macrobiótico, verde mate, de piel resbaladiza, cargado de protuberancias. Feo. Un auténtico mameluco. Moraba en el tronco de una magnífica magnolia, alejado del bullicio de la marisma. Tenía vocación de mahometano y se lo pasaba averiguando en qué dirección quedaba la sagrada Meca. No es extraño que las ranitas melindrosas lo llamasen majareta. Pero él, ni caso. En su mundo metafísico tan solo anhelaba ser mamífero resucitado, tocar la marimba, descansar en un mausoleo, comer mangos a mansalva, hacer la maleta todos los días, probar una manzana y conseguir un marquesado. Como se ve, estaba de ilusiones colmado.

     Lejos de la manada, su vida era una manifestación comprobable de ascetismo maniqueísta. Superado ya el marxismo, se entregaba por entero al magisterio de la dulce espera. Ahí, sentado, malabareando con las palabras, sorteando el maldeojo de los sapos envidiosos, Morón permanece.

     Pero un día, sintiéndose malgastador de su maldito tiempo, malogrado y solo, se levanta. Y, en ese instante en que el batracio malaventura decidió levar ancas, rumbo al malecón estanquero, percibió un extraño sonido entre la maleza. No quería ser malpensado, pero todo aquello era muy raro. A los ruidos le siguieron olores nuevos, sutiles. Y ante Morón se irguió, como un insuperable maniquí, el cuerpo esbelto de una rubia despampanante.

     Ella era la espera. La del beso mágico que en mamífero lo convertiría. Su cuerpo maloliente se agitó como electrificado. Recogió, con mala maña, su corazón escapado y corrió rápido a por su mandolina. Llegó a tiempo. Todavía estaba allí la mujer maravilla. Colocó atril y partitura y materializó la estrofa mil veces ensayada. Cerró los ojos y esperó un meloso roce en sus labios malqueridos. Pero el maridaje no ocurrió. El sapo recién  enamorado, apuró sus córneas para alcanzar algún gesto de la marfilesa. Pero su futura manceba poco gesto hacía. Más bien seguía inmóvil, malhiriendo la dignidad del aspirante a musulmán.

     No aguantó. Encogió su cuerpo y con un salto magistral se abalanzó sobre su cuello. La hermosa moza, como no podía ser de otra forma, le largó una contundente declaración de asqueo. Lo apartó de su camino y siguió, con majestuoso contoneo, en busca de su príncipe ensapado.

El galante garapito

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     En un estanque abandonado, en el fondo de un angosto barranco, vivía un galante garapito. El insecto menudo pasaba el día ganduleando en el agua, disfrutando de la espléndida gastronomía que le ofrecía el líquido empantanado. Nadando de espaldas, con inimitable garbo, con gafa oscura y bronceado impecable, parecía el rey de la histórica alberca. Un auténtico galán.

     Pero el garapito estaba siempre solo y empezaba a cansarse de la aburrida holgazanería en aquel rutinario paraíso. A veces se disfrazaba de pirata con garfio afilado y abordaba galeotes imaginarios. A veces se convertía en un gánster irreductible, otras en un galeno altruista y otras en un gavilán que saboreaba el potente placer de un viaje en picado. Sus fantasías revoloteaban, tratando de ocupar casi todo su tiempo. Pero los recursos se acabaron y el acuático insecto empezó a notar un garrote intenso en el centro de su corazón. Con la cabeza gacha y el imaginario exhausto, convocó a sus fantasmas a un gabinete de crisis. La conclusión fue clara: la soledad lo llevaba a la galería de la tristeza.

     El garapito, apenado y sin ganas, se dedicó a nadar, despacio, enfrentado al cielo. A mirar la galaxia sin más propósito que pasar el tiempo lento del silencio. A veces, ahora, lloraba y para mitigar su solitario dolor iba llenando su talega de amorosos versos gongorinos. En su imaginario sólo un deseo: que aquellos poemas con ganas de enamorar fuesen el gancho con que atrapar a una joven guapetona.

     Pasaron cuatro lunas y ya el insecto nadador estaba exhausto de tanto componer. Mirando al cielo azul con desgana, después de un garbeo matutino, una agitación se le trabó en la garganta. Casi no podía respirar. En lo alto, un plumaje blanco y alargado tapó la luz del sol y los ojos del garapito abandonaron la pesada melancolía. Su masculino gameto calambreó la delicada estructura del poeta invertebrado. Una garza inmaculada inundó su espectro visual y el garapito, de repente enamorado, se apresuró a esparcir, sobre el agua estancada, sus versos atrapa romances. Haciendo gala de bañista experimentado, veloz como una gacela asustada, bocarriba, esperó una respuesta de la gardenia voladora. Esperó, esperó, esperó…hasta que una lágrima, diminuta como su existencia, acabó con la esperanzada oportunidad. La garza perfumada, pasó de largo.

     Sólo con ganas de convertirse en un insecto gallofero, de renunciar al esfuerzo de vivir, el garapito se dedicó a recoger sus poemas y a meterlos, de nuevo, en su gastada talega. Guardando el último fue que sintió un agitado aleteo que provocó una suave marejadilla en el agua empozada. La garza volvió y revoloteaba justo encima de su insectívoro cuerpo. Lo miró con dulzura y con un guiño lo invitó a acompañarla en su largo viaje migratorio.

     El garapito se despegó del agua y con sus patas de palo se agarró con fuerza a las plumas inmaculadas. Se encaramó hasta la cabeza de la garza encariñada y empezó a recitar, uno a uno, todos sus versos gongorinos. El ave apátrida y el insecto menudo disfrutaron con un amor acaramelado. Y, como no podía ser de otra forma en este galanteo inverosímil, garapito y garza, galán y gardenia, vivieron felices y murieron sin descendencia.

El enjambre jacobino

   Hasta el jable tiritó de frío aquel invierno que acabó convertido en jaqueca transitoria. La primavera salvó a la Isla y las jaras y los jazmines aprovecharon su llegada para desplegar sus flores tulliditas. La colmena, exhausta y jadeante, renunció a sus reservas de jarabe real y optó por darle un jaretazo a su incómodo enjambre.

     El jabardo, con estrepitoso jaleo, vino a posarse en una oquedad de mi rojo tejado. Parecía un triste jamelgo derrotado por un jaque mortal. Pero solo eran apariencias jocosas, pues a mis oídos llegaban jácaras alegres, impropias de abejas negras que aspiraban a ser comuna. En vista de circunstancias tan ajenas a mi rutinario acontecer, me encaramé al tejado ocupado para averiguar el porqué de tanto joderío. Me acerqué prudente y pregunté por la jefatura de semejante colectividad. Muerto de risa, un zángano, cual arabesco jinete, se me acercó a la oreja y, en su jerga abejera, me espetó, con indisimulado júbilo, una afirmación cuasi juglaresca: “Esto es la anarquía, hermano. Ni reina, ni ama, ni esclavas. Nos juntamos, escuchamos los zumbidos y buscamos la justicia. Desterramos, desde nuestra juiciosa independencia, a las acomodadas jerarquías. ¡Entérate! ¡Somos puros jacobinos!”.

     Con cara de jaramago me quedé ante tamaña revolución. Suerte que una abejita joven me explicó, con justos argumentos, lo que allí sucedía. Su voz de jilguero feliz acabó enamorándome. Y desde esa linda jornada, me emborraché con la sana jovialidad de la anarquía. Ahora yo soy el guarda jurado de este enjambre ejemplar. O sea, una auténtica jipiada, que diría mi santa madre.

Estrella roja

    

     En la inabarcable inmensidad del océano una estrella inadaptada no cesaba en su afán por convertirse en terrero animal. Desde que aquel inadvertido iceberg le heló su influyente genética, su vida inició un rumbo por ignotos caminos marinos. Se alejó del frío infinito y, cargando sus alforjas con intangibles argumentos, decidió poner fin a su invernal existencia y marchar rauda e irremediablemente hacia una isla de aguas cálidas y alegre temperamento. Abandonó, pues, su predecible existencia y con su íntimo convencimiento, se fue sin insinuar sus veladas intenciones.

     Sabedora de su incapacidad para tan largo viaje, resolvió improvisar unos versos italianizantes, románticos, al tiempo que un común rorcual, insospechadamente, cruzó ante sus narices. El gigante inabordable se frenó gustoso ante la impertinente estrella y, a cambio de sus poemas impresionistas, accedió, contento, a transportarla hasta la ínsula anhelada.

     Surcaron aguas insondables y se dejaron arrastrar por las altruistas mareas. Después de muchos interlunios, llegaron a su isleño destino. La arena blanca, casi inmaculada, calentita, la recibió con olor a incienso incandescente. Estaba claro, allí se quedaría. La estrella roja y diminuta agradeció, intensamente, a la ballena amiga que desapareció en el mar como un sublime ilusionista.

     Corría tierra adentro hacia territorio ignoto pero apasionante. Su cuerpo, de carmín colorado, resaltaba, incorregiblemente, sobre la incitante playa de conchas fabricada. Su incombustible deseo de convertirse en terrestre estrella le impidió ver a sus indiscretos acompañantes. Justo detrás de ella, un tropel de hombres indomados, vestidos de verde oliva, pareciera que la ingurgitaran. Pero no, pasó desapercibida ante tanta bota insidiosa y solo el último de ellos, de apariencia iconoclasta, reparó en su imperfecta existencia. Ella quedó inmóvil, imperturbable, muerta de miedo ante semejante belleza. El hombre la interrogó, con ingeniosa verborrea, sobre su particular ideología. Al observar la inquieta mirada de la roja estrellita, fue directamente al grano. “¿Eres izquierdista?” Impertérrita se quedó ante la inexcusable pregunta. “Más bien soy marista, pero en realidad quiero ser terrista”, le espetó con total franqueza. Y el joven irrumpió en carcajada inenarrable y, al final de su alegre asombro, le dijo que si quería invertir su marina vida, se viniese con él a la Sierra. Ella, ante tan sugestiva propuesta, no mostró inseguridad alguna y, sin titubeos, aceptó el irracional ofrecimiento. Ernesto, necesitado de estrella, la recogió de la arena caliente y la sujetó a su boina ladeada.

     Y así fue, que aquella estrella impetuosa, acompañó el asmático jadeo del guerrillero itinerante y se convirtió, por su impecable convicción, en estrella militante.

Libélula

Foto: David Aceituno

     La libélula de alas trasparentes, luciendo su turquesa vestido, pareciera que levita sobre las estancadas aguas del estanque. Se queda suspendida, colgada en un punto imaginario, en una entusiasmada lección de acrobático vuelo. Su laborioso aleteo lo ejecuta sin esfuerzo y, en su parada transitoria, se recrea en las aguas espejosas de la artificial laguna.

     Desde la distancia prudente la observo, con carita de lelo, realmente boquiabierto. Ella no se percata y en su intimidad supuesta deja caer una lacónica lágrima que esparce sus saladas ondas hasta los fines del estanque. De inmediato, leal a sus genes, cambia de rumbo, veloz, y como si un látigo la azotara, desaparece por el levante. Me quedo en obligado letargo, pensando en qué pasará a lo lejos. ¿Dónde estará mi linda caballita del diablo? ¿Acaso se perdió en la lejura? ¿Por qué lloró?

     Mis ojos se instalan en la legítima espera. Hasta renuncio al parpadeo y mi respirar se hace leve para desterrar a la pérfida angustia. De pronto, levanta vuelo de nuevo y aparece por mi palpable horizonte. Ahora es, quizá, más bella. Y, desafiando las absurdas leyes, cual animal de antigua leyenda, me regala una mirada tierna y se para, brusca, en el medio del estanque.

    Vuelve a levitar y su llanto diminuto se hace presente, otra vez. Encharca sus ojos tristes y una lágrima sentida, cae. En la superficie, flotando, un precioso folelé muerto recibe su particular lluvia de amor.