Muros

Picasso. Mujer durmiendo

Picasso. Mujer durmiendo.

     Las estrellas, esta noche, parecen pintadas por Ancor. Son estrellas simpáticas, disconformes. Sus puntas se alargan sin vergüenza y se desafían en combates con espadas. O se engordan para ser más fuertes. Son las estrellas de los niños. De colores.

     También tenemos Luna. Finita. Un fisco de Luna. Tímida ante el avance imparable de las estrellas. Serena, esperando su momento de gloria, su punto de lucidez.

     Y debajo de ellas hoy, en la Isla, tenemos casas. Variadas. Blancas, de colores, sin colores, de tejas o de cemento. Casas grandes. Pocas. Casas sencillas. Casi todas. Casas que esconden angustias y que atesoran sonrisas. Que encierran silencios, músicas o gritos. Que amasan proyectos. Que temen derrotas. Que arman victorias. Casas con gente.

     Gentes que, a estas horas, duermen. Y todas sueñan. Aunque cuando despierten no los recuerden [sus sueños]. Sueñan pero no recuerdan. Olvidan sus sueños. Otras sí. Abren los ojos con el sabor del sexo o con las lágrimas de la muerte. Vuelan por las ciudades, atraviesan paredes, nadan kilómetros o se enrollan con una mariposa.

     Gentes que abrazan y gentes que no comparten su lecho. Gentes solitarias. Gentes que mañana despertarán e irán a buscar trabajo, para ver si la próxima noche no la despiertan las lágrimas. Gentes que saldrán a buscar horizontes donde colgarse, naranjas en la mar. Gentes dispuestas a luchar. Gentes rendidas. Gentes sumisas, obedientes. Gentes inconformistas. Gentes ricas. Pocas. Gentes pobres. Muchas.

     Todas despertarán de sus sueños y de sus insomnios. Las que duermen en plumón y las que pasan frio en las noches del invierno. Despertarán los niños y, ellos sí, seguirán soñando. Seguirán enseñándonos. A que todo es posible. Despertarán también las que no durmieron y, entonces, podrán curar sus heridas, sus miedos. Despertarán las pasiones y se tirarán a las calles con el firme propósito de contagiarnos. Se despertarán los payasos y los músicos para tratar de contener a la maldita angustia que vomita la pobreza.

     Habrá, incluso, quien no despierte. Y entonces se hará presente y le pondrá rostro a la desesperación. Habrá gentes con ganas de bombardear la banca. Habrá gentes con miedo a que bombardeen la banca. Habrá gente, incluso, que defienda a la banca. Y habrá gente que tendrá la banca. Muy poca. Pero las primeras andan creciendo.

     Esta noche duermen. Me da que preparan estrategias. El alisio huele a batallas. Las muchas exigen romper los muros. Las pocas están construyendo más muros. Las dos sueñan, pero con distintas cosas. Son distintos sus miedos. El miedo al hambre no es igual. Es más incisivo y por eso genera más potencia. Incontrolable. Es un miedo que rápido pasa a la ofensiva. De ahí lo de los muros.

     En las azoteas, la brisa fresca es igual para todas las gentes.

     ¿Quién alcanzará la victoria?

Llamamiento urgente

accionpoetica

A la atenta atención de todas las compañeras y compañeros.

Llamamiento urgente.

     Necesitamos manos que tejan sueños imposibles, porque de los posibles, como dice el cantor, se habla demasiado. Necesitamos abrazos que nos unan en el combate y besos que nos acurruquen bajo las sábanas. Necesitamos periodistas que nos cuenten la verdad, que espanten el miedo y se metan en el corazón del pueblo. También educadores que formen libres a nuestros chinijos. Y, por supuesto, mariposas de colores y escarabajos parlanchines. Como ese que acompaña, incordia e instruye al Subcomandante. Por supuesto, invocamos a nuestros muertos porque a ellos también los necesitamos.

     Necesitamos sonrisas que borden pancartas libertarias. Y madres en las vanguardias y dragos espadachines. Buscamos puños que trabajan. También a los que se alzan y se abren en el aire para agarrar alguna esperanza que pase. Necesitamos gente para sanar las heridas de nuestra historia. Necesitamos justicia. Necesitamos poetas que le pongan pasión y dulzura a nuestras palabras. Y cómicos para instruirnos en el cultivo de la alegría. Necesitamos prestidigitadores, anacoretas, asamblearias, pintores, fabricantes de escudos, fotógrafas, danzantes y jóvenes que luchan.

     Necesitamos cantores y lágrimas y pasión. Necesitamos esclavos dispuestos a dejar ese feo vicio. Necesitamos el espejo de nuestros viejos, el que le da la mano a nuestra memoria. Necesitamos cárceles vacías y barricadas contra la hipocresía. Necesitamos pies descalzos para sentirnos tierra. Necesitamos a los que la aman y la plantan y la miman. Necesitamos a todos los castañeros disponibles. A todas las plazas. Abstenerse dogmas y miedos. Necesitamos cascos militares para plantar margaritas y balas para nuestros fuegos artificiales. Necesitamos la voz convencida, la voz abierta, la voz alta, la voz digna. Necesitamos compromisos y lealtades.

     Necesitamos militantes. Sin apellidos. Solo su nombre. Necesitamos banderas, al gusto. Necesitamos susurros de palabras nuevas. También sedantes. Montones de kilos para cargar nuestros fusiles. Necesitamos espacio. Todo el que sea de todos. Necesitamos televisores apagados y, mejor, desconchados. Necesitamos trovadores que vayan de pueblo en pueblo. También montones. Y saltimbanquis, para que se unan a los trovadores. Necesitamos gente combatiente. Cuánta más, mejor. Y cerrando esta lista de necesidades urgentes, necesitamos un buen paquetón de folios.

     Eso es lo que necesitamos para empezar a escribir nuestra historia. Por ahora.

P.D.: Para pedir perdón a Don Durito, por sí en algo le ofendí. Y aprovecho para ofrecerme como el más seguro acompañante que jamás haya tenido tan digno caballero andante.

Vuelta a la Isla

Foto: Kaslito

Foto: Kaslito

     Vuelvo a la Isla. A escuchar la cadencia del alisio, a danzar con su ritmo lento y a abrazar a los barrancos. A la Isla sin horizontes, a la del futuro incierto, a la que brega por sobrevivirle al infortunio, por aplastarle la conciencia a la injusticia. Vuelvo y entro, de nuevo, en la espiral  de la memoria, en el laberinto silencioso de las calles verticales, mil veces paseadas, mil veces maldecidas, mil veces adoradas.

     Golpeo temeroso su postigo y la Isla me vuelve a abrir su puerta generosa, sin rencores, sin reproches. Esta es tu casa, me susurra, y me introduce en el zaguán de su ancestral sabiduría para que reponga mis fuerzas maltrechas. A la Isla vuelvo en una chalana roja, a pasar el otoño, a bañarme con la lluvia y a conversar con mi amada. Vuelvo para abrazar a las nubes, para descongestionar la rabia, para seguir el combate.

     La Isla siempre me acoge. Se crió hospitalaria, confiada. Creció con sus ventanas abiertas, para que se viesen las naranjas de la mar y le plantaron ciudades, para que las ideas corretearan por sus calles y levantaran barricadas contra el miedo. La Isla no es vieja, pero ya va cargada de cicatrices profundas. Barrancos que recorren su estatura y navajazos que hirieron su historia. Y siempre se repone y aguanta, como el mástil de sus veleros clandestinos. La Isla, como la vida, se construye, también, con el llanto, con la pérdida. El duelo, de cuando en cuando, atraviesa sus entrañas. Y entre los adioses se dibujan los versos de los poetas locos, de los románticos, de los inconformistas, de los rebeldes. Se apuran a salir las sonrisas de los chinijos, las canciones del pueblo, la atolondrada explosión de la libertad, de la resistencia.

     Vuelvo a la  Isla del siempre jamás. Me recuesto en su sofá por cinco siglos desvencijado y le pido que me cuente. Necesito acelerar el reencuentro, zanjar mi tiempo de anacoreta descalzo, de soledad programada. La Isla accede y con su calmada lucidez me muestra unas manos manchadas de negro, unas playas ennegrecidas con la podredumbre del egoísmo. Esto es lo que no quiero, dice. Me enseña su estómago vacío, con hambre de justicia, y reclama el reparto como única opción para sus hijas. Me dice que es mujer porque es Isla y que su cuerpo le pertenece y que no aguanta más cruces en sus afectos, que ya no cargará con más agravios. Me abre sus cajas de cedro, de secretos guardados, de vergüenzas ocultas. Salen de allí los nombres del miedo, los monstruos del presente y las estacas del pasado. El cubo enloquecido en su montaña sagrada, los brebajes de la codicia.

     Y así va relatando, indignándose, esperanzándose. Hasta alcanzar el final de la vereda. Entonces se para y, con la calma del mar de septiembre, concluye: “Ya no hay más. Sólo me queda la palabra. Es tiempo de escribir”.

     Y yo, obediente y disciplinado, vuelvo a abrir la ventana. Para ver si, por fin, la brisa fresca, el pelete nocturno, le renueva el aire a esta isla que me habita.

Chichicastenango

Foto: Pedro Szekely

Foto: Pedro Szekely

     El mercado de Chichicastenango se va recogiendo lento. Despacio se descuelgan las máscaras y los huipiles bordados. Ahora hay que cargarlo todo. A la espalda. Como los críos que acompañan a las madres y a las hermanas. Pesados bultos de mercancía doblan el espinazo castigado por la pobreza. Se acaba la ilusión de vender para comer, no más. Los cuerpos sucios del trajín dejarán la Plaza en su puro esqueleto de palos ennegrecidos.

    Ajenos a la retirada, los sacerdotes mayas balancean rítmicamente sus latas de incienso. Ellos solo miran a la Iglesia, posados en un manto de verdes hojas de pino. Hablando con sus dioses. Pidiendo por el pueblo maya, seguro. Como guardianes que, de a poquito, ven desarmar la resistencia de la Plaza.

     Con los sacos pesados, más grandes que sus propios cuerpos, van a guardar la esperanza, a mantenerla segura bajo sus techos de zinc oxidados. Hasta el próximo domingo. Entonces los quichés ocuparán de nuevo la Plaza y continuarán su guerra por la supervivencia.

Soy un terrorista

Foto: masclaroagua.blogspot.com.es

Foto: masclaroagua.blogspot.com.es

Hola a todos, me llamo Laislaquemehabita y soy terrorista.

     En la sala se oyen aplausos de apoyo. Son muchos en la sesión de hoy. Será porque sabían que tocaba presentación de compañero nuevo, de otro valiente que se suma a la rehabilitación, a la dinámica grupal, a la reinserción. Todos tienen su propia historia, casi siempre coincidente, salvo ligeras variaciones. Después de las palmadas y las palabras de ánimo y de felicitación, debo empezar mi relato de vida.

     “La verdad es que no sé exactamente cómo empezó todo. Recuerdo algunas lecturas semiclandestinas, textos que excitaban mi adrenalina adolescente, palabras que me situaban en otra dimensión y que inyectaban la dosis de veneno que me ha acompañado hasta estos días. Las utopías se instalaron en mi vida y la adicción empezó a crecer, monstruosamente. Luego vinieron las amistades, algunas ya rehabilitadas, correctamente obedientes, con sus hijos en colegios de pago, con formación religiosa y ropitas de marca. ¡Se las ven tan felices! Otras no han tenido igual fortuna y siguen enganchados. Pero no quiero desviarme. Continúo. Una vez hice una pintada, con spray verde y dos compañeros. Otra vez repartí panfletos y muchas otras hablé en asambleas, reuniones, comités, colectivos y otros auditorios ávidos de rebeldía. También escribí comunicados, elaboré fanzines, me vestía con pañuelos de colores, llevaba pantalones gastados y alpargatas de goma. Fui políticamente incorrecto, insubordinado, protestón, hippy, radical… y acabé siendo antisistema. Eso fue lo peor. Las circunstancias me llevaron hasta el abismo y, casi sin planteármelo, acabé con una sudadera grafiada con una estrella roja y plantado delante de un portal, megáfono en mano, gritando ¡no es un suicidio, es un asesinato!

     No quiero cansarles con mi relato, pero debo apuntar algunas cosas más que necesito decir para descargarme de ese pasado e iniciar el nuevo camino. Me hice solidario con nicas, saharauis, cubanos, palestinos, bolivarianos, chilenos y con todos aquellos que compartían mi adicción. Secundé huelgas generales y participé en piquetes. Le hice frente a la policía y alguna vez hasta me identificaron. También fui ecologista y estuve en un sindicato. No uno de esos formales, que negocian y alaban la buena disposición del patrón. No. Necesitaba chutes más fuertes, de esos que no se doblegan y pelean hasta la última conquista. Reduje el consumo televisivo a su mínima expresión. Leí todo lo que cayó en mis manos y, casi siempre, pensaba. Reflexionaba, en ese absurdo círculo de cuestionarme lo que me vendían. El veneno hacía su efecto y aclaraba mis ideas. Llegué a no creer en el sistema. Hasta tal punto que acabe maldiciendo a todos los pilares que, a partir de hoy, descubro que son mi verdadera protección. Maldije a los bancos, a los gobiernos, al bipartito, a la representatividad democrática, a los grandes empresarios, a la religión y a la aristocracia. En lo más profundo del hoyo en que andaba metido, maldije, por último, al capitalismo.

     Me bañé desnudo en las playas de arena negra. Escribía literatura contestataria, de compromiso social la llamaban. Lucí, durante un tiempo, barba y pelo largo. También me rapé. Hice autoestop y estudié una carrera universitaria para saciar mi adicción al conocimiento. Historia. Muchas veces levanté el puño y marché, con la legión de partidarios de una nueva vida, por manifestaciones y otras algaradas callejeras. La verdad es que éramos un montón atraídos por la droga de la justicia social. Ahora dicen que son muchos más. Pero gracias a Dios y a nuestro gobierno que nos muestra el camino, es hoy cuando descubro el sentido verdadero de la existencia.

     Sé que va a ser duro. La reprogramación será mi prueba. Estoy seguro que podré contar con su ayuda, con su experiencia y con su protección. Huiré de los pobres que gritan y de los jóvenes que dicen que les secuestran su futuro. De los que se declaran esclavos del trabajo o de los bancos. De los parados y de las feministas. De los intoxicados, de los engañados, de los manipulados, de los politizados. Evitaré a los que se dicen pacifistas. Quemaré mis libros de Neruda y mis discos de Janis Joplin. Me compraré un polo rosado, me rasuraré la cara cada mañana y pondré orden en mi cabellera. Mi gran deseo, y en ello vaciaré todo mi empeño, es conseguir la venda sagrada, como ustedes. El terrorismo, para mí, empieza a ser pasado. Muchas gracias.”

     En la sala se vuelven a oír aplausos que suenan a compromiso, a protocolo. Y yo, mirando aquella docena de rostros vendados, me empapo de tristeza y tiemblo.

     Les tengo miedo.

Maldiciones

Mis compañeros de todo el continente africano. Tengo una pregunta. Una pregunta que sigue obsesionándome. ¿Es la revolución como algunos árboles, cuyas ramas solo crecerán si las riegas?

_______________________________________________________________________

     Yo los maldigo. 22 millones de veces divididas en trimestres. Para que la maldición sea más profunda, más hiriente. Los maldigo por mentirosos, por embaucadores, por llevar guantes blancos. Por saqueadores. Los maldigo por arruinarnos la sonrisa. Por instalar la indignación en nuestras gargantas. Por inducirnos al suicidio. Por asesinarnos la esperanza. Por la cruz y por la espada. Por la resignación y la muerte. Por sus monarcas y sus reinas y sus príncipes y sus herederos y por toda la parasitaria pandilla de lobos aristócratas con pieles de cordero. Maldigo sus voces, sus periódicos, sus radios y sus televisiones. Maldigo sus oídos sordos y sus cuerpos de ultravioleta y silicona. Maldigo sus cuentas corrientes manchadas de sangre y sus tintes en el pelo. Maldigo sus ejércitos y sus iglesias, sus armas mortales y sus crucifijos de la caridad, de la rendición, de la obediencia, de la intolerancia. Maldigo sus actas y sus privilegios, sus sobres y sus apuntes contables, su impunidad y su manipulación. Maldigo sus cárceles para pobres y su justicia para ricos. Maldigo sus relojes de oro, sus cuentas en Suiza, su flota de coches, sus mansiones, sus cacerías… Maldigo a sus perros guardianes, a sus lacayos, a sus mercenarios del orden público. Y a sus porras, a sus gases lacrimógenos, sus pelotas de goma y sus pistolas. Maldigo su chulería y su desprecio. Maldigo su apología de la estupidez, su cinismo, su avaricia. Les escupo mi rechazo, mi aborrecimiento, mi desprecio. Les maldigo a ustedes, a sus cómplices, a sus sostenidos, a sus asesores, a sus directores generales, a las empresas que los alimentan, a los sembradores de esclavitud, a sus máquinas de regreso al pasado. Les maldigo, señorías, excelentísimos señores, ilustrísimos, majestades soberanas, altezas y reverendísimos. Les maldigo porque siembran tristeza, desesperanza y odio. Todo les vale. Por la pasta, el glamour, el poder, el foco de la televisión aduladora, los restaurantes de veinte tenedores de plata, el jet privado, los gemelos de diamantes, las perlas salvajes, los gastos de manutención y desplazamiento, las fiestas en sus chalets de la playa. Maldigo los indultos a sus colegas, los rescates a sus banqueros y los recortes a nuestras vidas.

     Yo los maldigo. A ustedes y a su sistema. Veintidós millones de veces. Y les aviso. Aquí abajo, en la arena de la rebeldía ya plantamos un árbol. Va a crecer fuerte porque lo estamos regando con nuestro sudor, con nuestras lágrimas. No se molesten en intentar talarlo. Lo escoltan un batallón de mineros. Nosotros y nosotras estamos saliendo. Vamos pallá.

Ustedes y nosotros

We and them. Bob Marley, 14 de septiembre de 1980

     Nosotros no sabemos como nosotros y ellos vamos a solucionarlo. Nosotros estamos desconcertados. Lloramos por el dolor que nos causan, por la sangre derramada, por la libertad nunca plenamente conseguida. Derramamos lágrimas inducidas por el engaño y por el robo. Lloramos de rabia.

     Así que lo único que sabemos es que lloramos. Y también dónde está el lago que alimenta nuestro llanto. Ustedes y nosotros tenemos un problema. Así de claro. Lo llevamos arrastrando desde hace mucho tiempo. Es un problema de hambres y de gentes sin casa. Es un problema de…vamos a evitar las metáforas…es un problema de riquezas. Se las queremos quitar. Para repartirlas. Así de simple. Nosotros lloramos porque no vivimos. Lloramos porque su voracidad no hace más que amargarnos nuestra única existencia. Trabajamos, generación tras generación, para ustedes. Nos programan, pero los sistemas operativos siempre tienen fallos, virus. Y los nuestros están infectados, envenenados, sentenciados. Les fallamos y fue cuando eso que empezamos a llorar.

     De verdad que nosotros no sabemos cómo vamos a solucionar esto. Pero de alguna forma habrá que hacerlo. La muerte ya no va a seguirnos a nuestras espaldas. Ya no nos clavará más sus garras. Ahora tendrá que venir con otras maneras, más educada y más dulce. Los niños ya no van a continuar nuestros llantos. Cantarán canciones nuevas. La Tierra se convertirá en nuestra casa y dejará de ser de su propiedad. La compartiremos con nuestros hermanos. Las escuelas romperán los muros que las cercan. Las paredes volverán a hablar. Desconectaremos totalmente el sistema e implantaremos el software libre. Sólo cuando empecemos a reinventar los colores, se nos quitará tanto lagrimón. Así que no queda otro remedio que incautarnos de su riqueza y hacerla desaparecer en unos cuantos miles de millones de pedazos. A partir de ahí, ya nos iremos arreglando.

     Es obvio que el problema existe. Pero no sabemos cómo vamos a solucionarlo. Por lo pronto, nosotros somos muchísimos más que ustedes. Y anunciamos que, desde hoy, nos declaramos en asamblea abierta y permanente, hasta que demos con la respuesta al problema de cómo arreglamos esto entre ustedes y nosotros.