Soledades

Foto: http://labrujulaocioycultura.com/

Foto: labrujulaocioycultura.com/

        Hoy se marcharon todos los poetas. Me dejaron solo. Organizaron una excursión por la Isla y pasaron de mí. Anoche los vi trajinando en el salón. Se juntaron para preparar el viaje y cambiaban de conversación cuando yo entraba. Se llevaron la guitarra y los poemas de amor y las palabras que me implican en los sueños. Se llevaron mi viejo cuaderno de apuntes y se llevaron las caras y las manos y los ojos que dibujan mi existencia. Se llevaron a la mujer morena y sus muslos de arena negra y su piel de seda y sus caricias de jazmín. Se llevaron la tetera azul y las cinco palabras dulces que de mi amada quedaban y las canciones de la Trova. Se llevaron la ternura del silencio que, con paciencia, mi madre me enseñó.

       Cuando volvieron, dos días después, les impuse un severo castigo. A limpiar el cielo de palabras necias los mandé. Y les ordené que jamás salieran de casa y que no se bajaran de los anaqueles sin mi permiso y que siguieran, por siempre, compartiéndome con su entendimiento y con sus amantes. Así aprenderían a respetar mis soledades.

 

 

 

Un regalo

Estos días mi pequeña amiga Leire me apareció con un regalo: su imaginación y su vitalidad en forma de cuentitos ilustrados. Ella y yo queremos compartirlo con el mundo mundial. Así que aquí están.

     El pirata Llin estaba en su camarote y de repente gritaron: “¡tierra a la vista!”. Llin salió corriendo de su camarote y miró por el telescopio, pero al llegar se encontraron el barco del pirata Barba Negra, el archienemigo de Llin. Al tocar la arena de la Isla cogieron las espadas y los trabucos y comenzaron a luchar, pero el capitán era muy listo y mientras sus hombres luchaban, él fue a buscar el tesoro y un hombre del otro bando lo siguió. Tuvo que pasar por muchos peligros, como estos: esquivar espadas y también fuego. Y al fin encontró el tesoro.

20150128150742340_0001

 

     La Rosa del Teide o la Margarita. El Zapato de Cenicienta o de la Reina. Esas obras que no tienen autor son obras de la naturaleza, porque si las tratas bien te dará una recompensa.

El zaguán del infierno

Foto: Juantxu Rodríguez

Foto: Juantxu Rodríguez

            Caminamos lento por la pista polvorienta, pues el aire revoltoso nos martiriza con miles de granos de arena rubia. Vienen con la fuerza de un fusil de asalto pero mi turbante, vanguardia de la resistencia contra este siroco indomable, aguanta los impactos como si fuera el más ardoroso de los guerreros. “Este trozo de planeta es el zaguán del infierno”, pienso, desesperado, mirando hacia abajo, acompañando el caminar tímido de mi amigo Lahcen. Sobre la arena sobresale una lata a medio oxidar. “Aceite de semillas de girasol. Ayuda humanitaria del gobierno de Italia. Conservar en lugar fresco”, dice, impreso en uno de sus lados. Estoy en la hamada, en los Campamentos de Refugiados Saharauis. Cuarenta y cinco grados a la sombra.

Te quiero

August Macke

August Macke

     Se acercó despacito, para que nadie se percatara de su presencia, y le dijo al oído, suavemente:

     – La chaqueta roja que llevas hoy realza el color de tu piel. Bueno, en realidad sólo es una forma estúpida de decirte que te quiero, que me enamoré de ti desde la primera vez que te vi. Me encanta tu elegancia, que siempre estés a la última moda, que parezca que el tiempo no pasa por tu rostro.

     Él se quedó quieto, sin inmutarse. Sólo se movió cuando la dependienta lo retiró del escaparate.

Mar y tierra

Foto: eldiario.es

Foto: eldiario.es

            Veces vienes modosa, tímida, con un amor que se me antoja de espumas blancas y burbujas sedantes. Pero otras, te abalanzas sobre mi cuerpo desnudo, sobre mis huesos limpios, recordando a cada instante, un siglo tras cada año, que tu única misión, tu pertinaz locura es nada más que desgastarme las entrañas.

Confesión

cruce-de-caminos

     El padre Israel ejercía en un pueblecito polvoriento, cerca de la frontera que estaba prohibido cruzar. Era el único sacerdote en un radio de treinta kilómetros. Por eso, su único confesor era el propio Dios, nada menos que el Supremo, el que poseía todas las respuestas.

     Cada vez que lo necesitaba le pedía audiencia escribiendo dios@cielo.com en su portal de internet. Pero casi nunca contestaba y el pobre Israel se quedaba sin confesión y sin poder expiar sus culpas y pecados.

     Pero hoy era diferente. Necesitaba declarar algo muy importante y, por una vez en no recordaba cuánto tiempo, tuvo suerte. Dios respondió y en la confesión virtual Israel le dijo que lo amaba, que deseaba al Supremo por sobre todas las cosas.

     Y Dios, en su magnánima sabiduría se hizo carne y cuerpo de mujer alta y rubia. Justo la que se aparecía, noche tras noche, en los eróticos sueños de Israel.

Un día feliz

      

Anna Eva Bergman. Grand horizon bleu. 1969. Fondation Hartung Bergman Antibes

Anna Eva Bergman. Grand horizon bleu. 1969. Fondation Hartung Bergman Antibes

     El sol calienta mis entumecidos huesos por tantos días de panzaburro. Este Norte me empujó, una vez más, al exilio del calor. Ahora empiezo a entender la racional devoción de nuestros antiguos hacia el astro rey, hacia esa bendita bolita incandescente que hoy provoca la narración de lo que acaba de sucederme y que paso a contarles, dada la particularidad del caso que nos ocupa.

     Aún pecando de clásico, empezaré por el principio, que situaré, dado que antes no sucedió nada digno de mención, en, aproximadamente, una hora, en el momento en que me desvestí en esta playa de arena gruesa, abierta a un majestuoso horizonte, limpio, azul e infinito. Inabarcable, por mucho que se esfuerce esa Isla redonda que se pavonea delante de mí, ataviada con un sombrero de nubes, cual pamela de gran señora, picándome un ojo, como queriendo rollito.

     Ella no puede con el horizonte, ni con el sol y por ello se tapa, para que no le apague su manto verde.

     Aún así, debo confesar que disfrutaba de su compañía y que mantuvimos una agradable conversación, cargada de insinuaciones veladas por su parte, todo hay que decirlo, pero realmente placentera. Hasta que empecé a notar que mi cuerpo se calentaba más allá de los límites prudentemente razonables.

     Le pedí una pausa a mi charlatana amiga y puse pies en húmedo, para irme aclimatando al frescor de este vasto Océano que, a buen seguro, logrará sobrevivirme.

     La mar hoy está rica. Todo lo que me ocurre en este día parece estar minuciosamente programado para hacerme feliz. Entro en el agua limpia, olorosa y siento que soy un pez torpe y por eso me entrego a las olas, para que me enseñen a moverme con su indestructible vaivén. Canto con sus rumores y nos montamos una improvisada danza que nos mueve libres durante un buen rato.

     No sé si les ha pasado a ustedes, pero hay veces que siento un amor loco por la mar y me dan ganas de abrazarla y de meterme en ella y de llenarla de besos. La mar no habla, o al menos no tanto como esa Isla parlanchina, pero sabe enamorarte. Es lista y tiene carácter y se transforma directamente proporcional a tu estado de ánimo. Por eso la quiero. De una forma figurada, entiéndase, casi un poco platónica, no vaya a molestarse la Isla que, inocentemente, me pretende.

     Salir del agua, dejar que el Sol te seque las miles de gotitas que le robaste a la mar y te deje la piel ensalitrada, es como subir el siguiente peldaño de la escalera de la felicidad. Un gustazo, vaya.

     Me estiré en mi toalla de colores y fue en ese instante cuando los vi venir. Eran un grupito, como de unos ocho, que caminaban compactos, como una escuadra romana, con paso rápido.

     Hacía calor. Por eso la razón de su vestimenta me resultaba inexplicable. Venían con trajes oscuros. Chaqueta y pantalón negros, corbatas diferentes, camisas claras, cinturones de cuero y zapatos lustrosos. Algunos portaban maletines, también de piel negra, como esos donde los ejecutivos guardan los papeles importantes, los de los grandes negocios. Parecían salidos de una convención de transacciones internacionales o de una bolsa cualquiera, de esas que andan gobernando el mundo.

     No hablaban entre sí y caminaban, decididos, por la vereda polvorienta, hacia la playa negra. Todos, hasta los chinijos que jugaban con la marea, nos quedamos mirándolos. No traían la ropa adecuada para semejante sitio y, al menos yo, me sentía agobiado con tan solo pensar que un nudo aprisionaba mi garganta.

     Al acercarse vi que sudaban. Nada extraño dada la situación climática, el color y la cantidad de sus ropajes. Así entraron en la arena, sudando, pero impecablemente vestidos. Pasaron a mi lado y, ni uno de ellos me dirigió siquiera una pequeña mirada. Ni a mí, ni a nadie. Parecían atrapados en una misión secreta, programados para algo impensable, para provocar una situación que rompiera nuestro plácido disfrute.

     Siguieron caminando con paso firme, decididos, y se pararon justo en el borde de las olas. Estábamos expectantes. Los muchachitos se apartaron, extrañados. Una señora que devoraba una sopa de letras me miró, buscando una respuesta en mi rostro. Me encogí de hombros. Yo estaba vacío de explicaciones.

     Los hombres se quedaron fijos, imperturbables. Parecían, vistos desde atrás, una prolongación vertical de la arena negra. Estuvieron en esa posición durante unos quince segundos, que me parecieron eternos, hasta que uno de ellos empezó a moverse, a caminar océano adentro, sin soltar su oscuro maletín. Unos instantes después, otro de los hombres le siguió y así, uno tras otro, con sus chaquetas, sus pantalones, sus camisas, sus corbatas y sus cinturones y zapatos a juego. Se internaban en la mar sin mostrar ningún signo de arrepentimiento ante tamaña decisión. Caminaban hasta que el Océano y el horizonte acababan engulléndolos. Sin gritos, sin resistencias, los hombres desaparecieron.

     La playa se quedó agarrada al silencio y solo la voz de la locuaz Gomera se atrevió a romperlo:

     – Y…¿qué pasó?, me preguntó extrañada.

     Nada, le dije, que parece que el capitalismo se suicida.

     Ella, en un inexplicable ataque de alegría, lanzó su pamela al aire y me espetó un sonoro y lascivo beso.

     Esta noche quedamos para cenar.