Reclamo de la memoria

Ilustración: Martín Olmos

Ilustración: Martín Olmos

     Por los barrancos desgastados. Por los esclavos. Por las palabras censuradas. Por el alzado loco. Por los tiempos de hambre. Por el barbusano viejo. Por los marineros. Por la resistencia. Por Antonio González Ramos. Por Javier y Bartolomé. Por los periódicos secuestrados. Por las huelgas solidarias. Por las manos que construyeron los palacios. Por los curas que afianzaron la obediencia. Por los puños que se alzan. Por las lágrimas que se despiden. Por el sudor en la arena. Por las vidas de los desaparecidos. Por los caminos de la Isla. Por la dignidad que se construye. Por los sueños de los nadies. Por un beso furtivo. Por un abrazo imaginario. Por los poetas del exilio. Por las canciones del pueblo. Por las marchas de la dignidad. Por las mujeres de negro. Por el incienso de la costa. Por el volar de las pardelas.

     Por todos ellos te convoco, memoria.

     Por todas ellas te reclamo en la vanguardia. Solo tú puedes dirigir nuestro tiempo. Seremos el ejército que derrotará al destino preconcebido. Seremos la sal que cicatrizará las heridas. Seremos los pilares de tu existencia. Seremos el batir de las alas. El huracán de la historia prohibida. Los brazos encadenados. El miedo perdido. Las manos que acarician la tierra. Los ojos de nuestros muertos. Las voces de nuestros hijos.

     Perdona que insista, memoria, pero ya ves, te necesitamos.

     Urgentemente.

Anuncios

La era de las brujas

Foto: http://colegiosanfranciscodeasisschamann.blogspot.com.es/

Foto: colegiosanfranciscodeasisschamann.blogspot.com.es/

     Aquellas dos mujeres, a las que acabaron por quitarles el nombre y desaparecerlas en el zaguán oscuro de la memoria, se conocieron de jóvenes. En el tiempo en que las distancias se salvaban a pie y la vida transcurría monótonamente lenta. Los ojos miraban al horizonte cuando descansaban de mirar a la tierra, cuando dejaban de estar agachados. Y esa visión, esa línea azul, salada, que se aleja cuanto más te acercas a ella, como las utopías de Galeano, es la que alimentaba las esperanzas.

     Fue en la época en que la estela del sol de noviembre traía historias de lugares donde el horizonte dejaba de ser azul. Fantásticas. Mágicas. Llenas de gentes en ciudades grandes. Con apoteósicas maravillas naturales. Tierras de riqueza.

     Con ellas soñaban.

     Las historias andaban por las veredas, contagiando sueños, y aquellas dos mujeres jóvenes, que compartían agua en el viejo lavadero, se habían aficionado a cazarlas. A ponerle trampas para que llegaran hasta ellas y guardarlas hasta el atardecer, para contárselas en la era de La Punta.

     Allí se citaban, las dos, los sábados, para poner en común los botines semanales. Iban depositando, una a una, sobre la laja grande, las historias cazadas. Y en aquella piedra ennegrecida iba naciendo la vida misma, la que nos mantiene en pie, la que nos impulsa a crear, a ser libres. En las primerizas horas de la noche, la imaginación se desperezaba y recorría el perímetro de la era, convirtiéndola en un círculo mágico, impenetrable, que solo a aquellas dos mujeres pertenecía.

     Se alimentaban con esa energía invisible y le ponían calles a las ciudades que venían del oeste y le pintaban selvas a los inmensos lagos de continentes aún por explotar. Vestían a sus habitantes y los arropaban con leyendas. Historias de barcos y tempestades, de brujas que las hacían reír a carcajadas. De mujeres con amantes apasionados y que se transforman en burras negras que cocean a sus maridos. Eran solo historias, pero les divertía armarlas y guardarlas en sus memorias, para que las calentasen cuando estuvieran solas.

     Algunas veces eran ellas las que tenían que calentar el círculo. Entonces recogían leña y hacían nacer un fuego que alumbraba sus rostros. Sus miradas abrían, de nuevo, las ventanas de sus sueños.

     Así, cada sábado, las llamas de la era, que se veían desde el pueblo, calentaban el alma de aquellas dos mujeres sin nombre. Hasta que un día sucedió. Embelesadas por la historia de un amor prohibido, se besaron y en sus cuerpos se abrió una ventana nueva.

     Siguieron yendo a la era, a contarse historias y a cultivar amores. Aún cuando los rumores empezaron a caminar, también, por las viejas veredas de la Isla. Aunque pronto se volvieron más persistentes, acusatorios, engrandecidos hasta alcanzar el tamaño de los monstruos. Ahora el círculo del odio, la espiral finita de la muerte, las asfixiaba en cada hora de cada día.

     Así, sin oxígeno para ser libres, se citaron el último sábado en la era. Se amaron intensamente, derramando hasta el último átomo de su pasión y, acto seguido, se cogieron de la mano y caminaron hasta el final de La Punta. Se lanzaron al vacío. Se desriscaron por el alto acantilado en busca de su última aventura. De su aventura eterna.

     Al día siguiente, en la misa dominical, el púlpito habló. Y señaló con el dedo a los infiernos y sentenció que aquel círculo mágico, el redondel de las historias que nutrían el amor y las vidas de aquellas dos mujeres, no merecía otro nombre que el de “la era de las brujas”.

     Y con esa denominación quedó. Para siempre.

La lluvia ausente

Foto: conocelaisleta.wordpress.com

Foto: conocelaisleta.wordpress.com

     No hay comida. Para nosotros no hay. La alacena ya se vació y no le queda, siquiera, un fisco de dignidad. Está reseca y despintada. Sus vetas se cuartean como queriendo llorar. Pero no hay agua para lágrimas. Solo le queda dolor. La alacena se muere solitaria. Pero yo no pienso perecer con ella. Los chinijos ya no juegan, apenas tienen fuerzas. El cielo azul se hizo eterno en esta isla sedienta. Otros sí comen. Nosotros ya no. Una vez más, no. Somos los invisibles, los fantasmas que se acercan hasta el puerto y se arremolinan en las sombras, esperando barco. Cualquiera que navegue desde la miseria hasta la pobreza.

     La lluvia se olvidó de nosotros y nos abandonó a nuestra suerte. Las tierras se cuartean y nos señalan el camino. Fuera. Fuera de la isla, si queremos sobrevivir. Y le hacemos caso a la tierra sabia y nos vamos, maldiciéndola, siguiendo la luz de los que se fueron antes.

     Encontraremos barco y hacinados en sus bodegas llegaremos a otra isla. Deambularemos por sus calles y sus plazas. Trabajaremos sus campos y serviremos sus mesas. Y cuando la vida se reconcilie con nosotros, cuando llueva agua y justicia, entonces volveremos a Fuerteventura.

Nota: durante los siglos XVI al XX, las islas de Lanzarote y Fuerteventura sufrieron periódicas sequías que trajeron hambre, desesperación, emigración y muerte a sus habitantes. Miles de personas murieron y otras miles se desplazaron hacia otras islas (sobre todo Gran Canaria y Tenerife), donde deambulaban por calles y plazas en busca de alimento.

El espejo del cielo

foto grancanaria.com

foto: grancanaria.com

     La mar es como un papel en blanco. Te hipnotiza. Te reclama para buscar palabras. Te desea. Se hace desear. Quieres amarla. Te dibuja veleros para que sigas sus estelas, para que tus sueños caminen, surquen la luz del papel, con el viento de popa y susurros en la proa. Eres provocadora. Aliviadora de conciencias. Eres la furia y el descanso. Ventana de poetas solitarios y de amantes heridos.

     Eres el baño de las cabras. La fecundidad. Los caminos de ida. La magua. El zaguán de la isla. Eres quien nos seduce, quien guarda la memoria de nuestros muertos. El corredor de las leyendas. La fabricante de callaos. La tejedora de playas. El sostén de las falúas. La difusora de maresías.

     A tu sombra vivimos. Eres el espejo del cielo. La invitación a la locura. La historia del abuelo. La emigración clandestina. Los barcos fantasmas. Eres la poderosa diosa del deseo. La amante inabarcable.

     Por eso quiero que humedezcas mis labios con el lamido de tus olas. Sumergirme en tus orgasmos. Quiero amarte, mar insomne.

     Quiero amarte, porque escribirte ya no puedo.

Un regalo

Estos días mi pequeña amiga Leire me apareció con un regalo: su imaginación y su vitalidad en forma de cuentitos ilustrados. Ella y yo queremos compartirlo con el mundo mundial. Así que aquí están.

     El pirata Llin estaba en su camarote y de repente gritaron: “¡tierra a la vista!”. Llin salió corriendo de su camarote y miró por el telescopio, pero al llegar se encontraron el barco del pirata Barba Negra, el archienemigo de Llin. Al tocar la arena de la Isla cogieron las espadas y los trabucos y comenzaron a luchar, pero el capitán era muy listo y mientras sus hombres luchaban, él fue a buscar el tesoro y un hombre del otro bando lo siguió. Tuvo que pasar por muchos peligros, como estos: esquivar espadas y también fuego. Y al fin encontró el tesoro.

20150128150742340_0001

 

     La Rosa del Teide o la Margarita. El Zapato de Cenicienta o de la Reina. Esas obras que no tienen autor son obras de la naturaleza, porque si las tratas bien te dará una recompensa.

El zaguán del infierno

Foto: Juantxu Rodríguez

Foto: Juantxu Rodríguez

            Caminamos lento por la pista polvorienta, pues el aire revoltoso nos martiriza con miles de granos de arena rubia. Vienen con la fuerza de un fusil de asalto pero mi turbante, vanguardia de la resistencia contra este siroco indomable, aguanta los impactos como si fuera el más ardoroso de los guerreros. “Este trozo de planeta es el zaguán del infierno”, pienso, desesperado, mirando hacia abajo, acompañando el caminar tímido de mi amigo Lahcen. Sobre la arena sobresale una lata a medio oxidar. “Aceite de semillas de girasol. Ayuda humanitaria del gobierno de Italia. Conservar en lugar fresco”, dice, impreso en uno de sus lados. Estoy en la hamada, en los Campamentos de Refugiados Saharauis. Cuarenta y cinco grados a la sombra.

Te quiero

August Macke

August Macke

     Se acercó despacito, para que nadie se percatara de su presencia, y le dijo al oído, suavemente:

     – La chaqueta roja que llevas hoy realza el color de tu piel. Bueno, en realidad sólo es una forma estúpida de decirte que te quiero, que me enamoré de ti desde la primera vez que te vi. Me encanta tu elegancia, que siempre estés a la última moda, que parezca que el tiempo no pasa por tu rostro.

     Él se quedó quieto, sin inmutarse. Sólo se movió cuando la dependienta lo retiró del escaparate.