El vuelo de la Isla

Foto: laguiadegrancanaria.com

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     La Isla voló. Llevaba años acumulando certezas y ensacando las lágrimas de siglos. Reuniendo memorias desperdigadas, acompañando a las historias viejas, muriendo de cólera, de gripes para los pobres, de grilletes ferrujientos, de pelotones de fusilamientos, de sacos que se pudren en la mar. Llevaba tiempo con esa matraquilla. Volar hasta alcanzar las estrellas negadas. Desenterrando los huesos de sus hijos, embalsamando la esperanza, para que nos sobreviviera a todas, amarrando los galeones de la muerte y la codicia. Espantando el hambre dolorosa y el llanto que brota de la tierra saqueada.

     La Isla voló. Se encaramó a los riscos de Tigaiga y se lanzó al vacío liberador. Antes se armó con músicas que espantaban el olvido, con los abrazos que celebraron las victorias. Le puso  miles de nombres a sus deseos y untó su piel quebrantada con poemas anónimos, con corajes entumecidos por la larga ocupación de sus entrañas. No hubo vuelta atrás. Ya no había pasado engañoso ni memoria puteada. La Isla voló porque el largo silencio de los días se había roto, había destrozado los eslabones de la mentira y se sucedieron, una tras otra, las palabras nuevas.

     La Isla se elevó sobre los viejos cedros, surcó el cielo infinito y navegó con el alisio. Rompió con los mitos inventados y se sacudió las oraciones de la resignación. Acabó con el miedo cortante, agarrotador y renunció a sus fantasmas imaginados. La Isla voló. Libre.

Tea

Foto: senderismoyastrocultura.blogspot.com

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            Te miro. Te huelo. Te toco. Vetas remarcadas que disfrutaron del tiempo lento de la memoria. La Isla alimentó tu savia eterna, densa y pegajosa, que se pega a mi piel para recordarme que sigues viva. El olor ancestral, curado por el alisio, imposible de reproducir, imposible de olvidar. Hueles a pino alto y poderoso, protegido por la nube perenne. En su vientre creciste y, como el basalto que te sostiene, como la lava fría, te endureciste, para que nadie te penetrara. Para desafiar a la irrefrenable voracidad de la muerte, a la infinita espiral de la existencia. Te veneramos, porque solo tú fuiste capaz de unir cielo y tierra. Tus venas resinosas se desbordan y lloran sin descanso.

            Te cortamos, te despojamos de tu manto ignífugo y te utilizamos para protegernos de ese cielo que un día acariciaste y para aislarnos de la tierra que te crió. Te metiste en nuestro devenir y pasaste de casa en casa, acompañándonos en nuestros amores y en nuestras luchas.

         Tu rostro acaramelado es, ahora, la caja fuerte de nuestra memoria. Como nosotros, eres Isla. Como nosotras, eres resistencia. Como nosotros, eres hija del alisio. Somos memoria que crecemos juntas, que morimos para seguir viviendo.

            No eres mercancía intercambiable. Que no te pongan en venta. Eres la canal que recorre la historia, el largo cordón umbilical que alimenta cada uno de nuestros nacimientos. Eres sabiduría y, por eso, te pregunto: ¿cuándo llegará el tiempo de soltar amarras, de hinchar las velas, de levantar vuelo, de abandonar el olvido?

            Sé que eres sabia. Que tienes la respuesta. Aquí me quedo. Esperándola.

Alisio

                                  Foto: Javier Sánchez Portero.
Pica sobre la imagen y embelésate con el sonido del alisio en las cumbres de Anaga.     

     No me deja descansar. Omnipresente y fresco, denso como la niebla de la cumbre, suave como el apresurado aletear de una monarca. Siempre atento a la llamada de la tierra reseca, al desesperado cantar de los pájaros. Me acompaña y ya es mi amigo, desde que el recuerdo se hizo presente. A los que nacemos en la Isla nos regalan, recién estrenamos vida, un mar océano y un viento alisio. Ellos serán nuestra mirada y nuestro abrigo. Jamás podremos despegarnos, por más que llenemos maletas, por más que nos señalen las puertas del  exilio. Solo les pertenecemos a ellos. Nos llevarán lejos, más allá de las aguas de las toninas, donde otras tierras fecundas, continentales. Se convertirán en el mejor baúl de la memoria y nos enseñarán, a cada paso, a cada ola y a cada soplo, que solo su pertinaz martilleo es capaz de desgastar al olvido. Nos envolverán con nombres que vienen de lejos, mareados de tanto deambular, presos de la aristocrática soberbia, enemigos del poder sacrosanto.

     Con el viento perenne viajan los fantasmas de la Isla. Ellos nos reclaman y nosotros, temerosos del dolor, esclavos del miedo y del conformismo, huimos de sus miradas, de sus palabras. Todo porque sabemos, a ciencia cierta, que los fantasmas se convierten, siempre e irremediablemente, en espejos que nunca mienten. Y ahí estás tú, alisio embriagador, susurrándonos que ellos también te tuvieron, también fueron tus hijos. Mostrándonoslos. Alentándonos a martillear los grilletes de la memoria.