El año del cólera

Foto: Saúl Arellano

Foto: Saúl Arellano

     Eustaquio Santana no conoció a sus padres. Lo abandonaron porque antes que él ya había once bocas que alimentar en la casa. Y el hambre llega hasta donde llega y si se traspasa el umbral se da de bruces con la muerte. Y a esa sí que le había olido el aliento en dos ocasiones. Y barruntaba que si apareciera ahora, ya no se iba a echar para atrás.

     Eustaquio pensaba esto cuando, por segundo día, acababa de abrigar a su hijo y secarle el sudor maldito, que más pareciesen las mismas babas de la muerte. Recordó la primera vez, cuando, en mil ochocientos cuarenta y cuatro, un zumbido ensordecedor se apoderó de la Isla. La langosta se lo comió todo. La gente se iba a chorros, sin importar qué puerto sería su destino. Huían, porque detrás del cigarrón venía la guadaña a alimentarse con lo único que quedaba: los hijos de la Isla.

     Él escapó, pero sus chinijos, los dos más débiles, no aguantaron la embestida. Los demás ahí siguieron, tan pobres como siempre, pero vivos.

     A Eustaquio casi no le dio tiempo de recuperarse. Estaba flaco y su figura reseca era la perfecta antítesis de la del señor dueño de las tierras que trabajaba. Tres años después, el cielo se abrió y parecía que las nubes se hubiesen fugado, con su agua sagrada. Durante meses el implacable blindaje del Sol apenas era atenuado por el polvo asfixiante que enviaba el desierto cercano. Nada crecía. Los santos y las vírgenes no respondían a las plegarias ni a las ofrendas y el alimento que iba quedando no daba para mucho.

     La tierra se encartonó y solo las primeras lluvias fueron capaces de aliviar el dolor de la Isla. Pero fue únicamente eso, un consuelo efímero, porque la Isla sabía que sus hijos estaban débiles, que caminaban como fantasmas y trabajaban sin fuerzas. Que las madres no tenían leche con que amamantar y que la próxima vez que la insaciable dama apareciera, el dolor le iba a resquebrajar el alma.

     Eustaquio le echó el último suspiro al fresco de la noche y cerró la puerta de la casa para ir a dormir junto a su mujer y sus hijos. Mañana era domingo y no pensaba levantarse antes del alba.

     Pero su deseo no se cumplió. De madrugada el interior de su cuerpo se tornó en volcán y se despertó, sobresaltado, al comprobar que la ira de Dios se había depositado en su enjuta figura. La diarrea empezó y sabía que ya no pararía, que esta vez no iba a sortear el tránsito hacia el sueño eterno. El cólera, que había llegado de la capital moribunda, la plaga que nadie podía atajar, como un rayo temido, había alcanzado a su cuerpo pobre. Igual que a su hijo que, esa misma mañana, con Eustaquio retorciéndose de dolor, ya había sucumbido a la agonía.

     Cincuenta y dos horas más vivió Eustaquio Santana. Cuando falleció, su cuerpo fue recogido por unos presidiarios que andaban arrastrando y enterrando cadáveres en una zanja que habían hecho en el improvisado cementerio. Tal y como nació, murió sin registro. Su nombre, que no figuraba en libro de nacimiento, tampoco fue anotado en libro de defunción. El presbítero encargado de hacerlo había sucumbido ante la enfermedad negra, a pesar de su celo para no rozarse con nadie ni con nada contagiado. El cólera morbo asiático convirtió a Eustaquio en un fantasma de la historia, en un espectro de la memoria. Uno más.

En 1851, el año del cólera, unas seis mil personas murieron en Gran Canaria, a consecuencia de ésta. La cruel e injusta miseria fue la aliada cómplice de las epidemias que asolaron Canarias a lo largo de su historia.

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La lluvia ausente

Foto: conocelaisleta.wordpress.com

Foto: conocelaisleta.wordpress.com

     No hay comida. Para nosotros no hay. La alacena ya se vació y no le queda, siquiera, un fisco de dignidad. Está reseca y despintada. Sus vetas se cuartean como queriendo llorar. Pero no hay agua para lágrimas. Solo le queda dolor. La alacena se muere solitaria. Pero yo no pienso perecer con ella. Los chinijos ya no juegan, apenas tienen fuerzas. El cielo azul se hizo eterno en esta isla sedienta. Otros sí comen. Nosotros ya no. Una vez más, no. Somos los invisibles, los fantasmas que se acercan hasta el puerto y se arremolinan en las sombras, esperando barco. Cualquiera que navegue desde la miseria hasta la pobreza.

     La lluvia se olvidó de nosotros y nos abandonó a nuestra suerte. Las tierras se cuartean y nos señalan el camino. Fuera. Fuera de la isla, si queremos sobrevivir. Y le hacemos caso a la tierra sabia y nos vamos, maldiciéndola, siguiendo la luz de los que se fueron antes.

     Encontraremos barco y hacinados en sus bodegas llegaremos a otra isla. Deambularemos por sus calles y sus plazas. Trabajaremos sus campos y serviremos sus mesas. Y cuando la vida se reconcilie con nosotros, cuando llueva agua y justicia, entonces volveremos a Fuerteventura.

Nota: durante los siglos XVI al XX, las islas de Lanzarote y Fuerteventura sufrieron periódicas sequías que trajeron hambre, desesperación, emigración y muerte a sus habitantes. Miles de personas murieron y otras miles se desplazaron hacia otras islas (sobre todo Gran Canaria y Tenerife), donde deambulaban por calles y plazas en busca de alimento.

A postular

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     Las mujeres, ricas, postulan por los niños, pobres. Se reúnen en sociedades caritativas con nombre de virgen y acuerdan crear un comedor infantil para pobres. Para unos pocos. Así, mientras sus progenitores se parten el lomo en las fincas de sus maridos, padres y abuelos y hasta de ellas mismas, las distinguidas señoritas ofrecerán un poco de caldo a los hijos de los jornaleros, a quienes ellas, sus maridos, sus padres o sus abuelos, no les pagan lo suficiente como para alimentar a sus chinijos.

     Ellas creen que la pobreza es una desgracia y que hay que ayudar para que sea más llevadera. De suprimirla, ni hablar. No vayan a quedarse sus inmaculadas almas sin entretenimiento.

     También ellas, ricas de cuna, damas de la alta sociedad, saben replegarse. Cuando los pobres pasan a la ofensiva y pelean para dejar de ser pobres, entonces, ellas, dejan de postular. Dejan de pedir y se disponen a combatir tamaña osadía. Para seguir pidiendo, las cosas tenían que seguir siendo.

     Entonces solo van a misa. Escuchan al cura, encaramado en el púlpito acusador, vociferar contra los anticristos, los antiespaña. O sea, contra los pobres que reniegan de la resignación.

     Y para que todo fuera como debiera ser, sus maridos, sus padres y sus abuelos se calan las bayonetas y se proponen extirpar el mal de raíz.

     Cuando se declaran triunfantes, ellas vuelven alegres, ciegas ante el dolor, a postular.

Llamamiento urgente

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A la atenta atención de todas las compañeras y compañeros.

Llamamiento urgente.

     Necesitamos manos que tejan sueños imposibles, porque de los posibles, como dice el cantor, se habla demasiado. Necesitamos abrazos que nos unan en el combate y besos que nos acurruquen bajo las sábanas. Necesitamos periodistas que nos cuenten la verdad, que espanten el miedo y se metan en el corazón del pueblo. También educadores que formen libres a nuestros chinijos. Y, por supuesto, mariposas de colores y escarabajos parlanchines. Como ese que acompaña, incordia e instruye al Subcomandante. Por supuesto, invocamos a nuestros muertos porque a ellos también los necesitamos.

     Necesitamos sonrisas que borden pancartas libertarias. Y madres en las vanguardias y dragos espadachines. Buscamos puños que trabajan. También a los que se alzan y se abren en el aire para agarrar alguna esperanza que pase. Necesitamos gente para sanar las heridas de nuestra historia. Necesitamos justicia. Necesitamos poetas que le pongan pasión y dulzura a nuestras palabras. Y cómicos para instruirnos en el cultivo de la alegría. Necesitamos prestidigitadores, anacoretas, asamblearias, pintores, fabricantes de escudos, fotógrafas, danzantes y jóvenes que luchan.

     Necesitamos cantores y lágrimas y pasión. Necesitamos esclavos dispuestos a dejar ese feo vicio. Necesitamos el espejo de nuestros viejos, el que le da la mano a nuestra memoria. Necesitamos cárceles vacías y barricadas contra la hipocresía. Necesitamos pies descalzos para sentirnos tierra. Necesitamos a los que la aman y la plantan y la miman. Necesitamos a todos los castañeros disponibles. A todas las plazas. Abstenerse dogmas y miedos. Necesitamos cascos militares para plantar margaritas y balas para nuestros fuegos artificiales. Necesitamos la voz convencida, la voz abierta, la voz alta, la voz digna. Necesitamos compromisos y lealtades.

     Necesitamos militantes. Sin apellidos. Solo su nombre. Necesitamos banderas, al gusto. Necesitamos susurros de palabras nuevas. También sedantes. Montones de kilos para cargar nuestros fusiles. Necesitamos espacio. Todo el que sea de todos. Necesitamos televisores apagados y, mejor, desconchados. Necesitamos trovadores que vayan de pueblo en pueblo. También montones. Y saltimbanquis, para que se unan a los trovadores. Necesitamos gente combatiente. Cuánta más, mejor. Y cerrando esta lista de necesidades urgentes, necesitamos un buen paquetón de folios.

     Eso es lo que necesitamos para empezar a escribir nuestra historia. Por ahora.

P.D.: Para pedir perdón a Don Durito, por sí en algo le ofendí. Y aprovecho para ofrecerme como el más seguro acompañante que jamás haya tenido tan digno caballero andante.

Un día feliz

      

Anna Eva Bergman. Grand horizon bleu. 1969. Fondation Hartung Bergman Antibes

Anna Eva Bergman. Grand horizon bleu. 1969. Fondation Hartung Bergman Antibes

     El sol calienta mis entumecidos huesos por tantos días de panzaburro. Este Norte me empujó, una vez más, al exilio del calor. Ahora empiezo a entender la racional devoción de nuestros antiguos hacia el astro rey, hacia esa bendita bolita incandescente que hoy provoca la narración de lo que acaba de sucederme y que paso a contarles, dada la particularidad del caso que nos ocupa.

     Aún pecando de clásico, empezaré por el principio, que situaré, dado que antes no sucedió nada digno de mención, en, aproximadamente, una hora, en el momento en que me desvestí en esta playa de arena gruesa, abierta a un majestuoso horizonte, limpio, azul e infinito. Inabarcable, por mucho que se esfuerce esa Isla redonda que se pavonea delante de mí, ataviada con un sombrero de nubes, cual pamela de gran señora, picándome un ojo, como queriendo rollito.

     Ella no puede con el horizonte, ni con el sol y por ello se tapa, para que no le apague su manto verde.

     Aún así, debo confesar que disfrutaba de su compañía y que mantuvimos una agradable conversación, cargada de insinuaciones veladas por su parte, todo hay que decirlo, pero realmente placentera. Hasta que empecé a notar que mi cuerpo se calentaba más allá de los límites prudentemente razonables.

     Le pedí una pausa a mi charlatana amiga y puse pies en húmedo, para irme aclimatando al frescor de este vasto Océano que, a buen seguro, logrará sobrevivirme.

     La mar hoy está rica. Todo lo que me ocurre en este día parece estar minuciosamente programado para hacerme feliz. Entro en el agua limpia, olorosa y siento que soy un pez torpe y por eso me entrego a las olas, para que me enseñen a moverme con su indestructible vaivén. Canto con sus rumores y nos montamos una improvisada danza que nos mueve libres durante un buen rato.

     No sé si les ha pasado a ustedes, pero hay veces que siento un amor loco por la mar y me dan ganas de abrazarla y de meterme en ella y de llenarla de besos. La mar no habla, o al menos no tanto como esa Isla parlanchina, pero sabe enamorarte. Es lista y tiene carácter y se transforma directamente proporcional a tu estado de ánimo. Por eso la quiero. De una forma figurada, entiéndase, casi un poco platónica, no vaya a molestarse la Isla que, inocentemente, me pretende.

     Salir del agua, dejar que el Sol te seque las miles de gotitas que le robaste a la mar y te deje la piel ensalitrada, es como subir el siguiente peldaño de la escalera de la felicidad. Un gustazo, vaya.

     Me estiré en mi toalla de colores y fue en ese instante cuando los vi venir. Eran un grupito, como de unos ocho, que caminaban compactos, como una escuadra romana, con paso rápido.

     Hacía calor. Por eso la razón de su vestimenta me resultaba inexplicable. Venían con trajes oscuros. Chaqueta y pantalón negros, corbatas diferentes, camisas claras, cinturones de cuero y zapatos lustrosos. Algunos portaban maletines, también de piel negra, como esos donde los ejecutivos guardan los papeles importantes, los de los grandes negocios. Parecían salidos de una convención de transacciones internacionales o de una bolsa cualquiera, de esas que andan gobernando el mundo.

     No hablaban entre sí y caminaban, decididos, por la vereda polvorienta, hacia la playa negra. Todos, hasta los chinijos que jugaban con la marea, nos quedamos mirándolos. No traían la ropa adecuada para semejante sitio y, al menos yo, me sentía agobiado con tan solo pensar que un nudo aprisionaba mi garganta.

     Al acercarse vi que sudaban. Nada extraño dada la situación climática, el color y la cantidad de sus ropajes. Así entraron en la arena, sudando, pero impecablemente vestidos. Pasaron a mi lado y, ni uno de ellos me dirigió siquiera una pequeña mirada. Ni a mí, ni a nadie. Parecían atrapados en una misión secreta, programados para algo impensable, para provocar una situación que rompiera nuestro plácido disfrute.

     Siguieron caminando con paso firme, decididos, y se pararon justo en el borde de las olas. Estábamos expectantes. Los muchachitos se apartaron, extrañados. Una señora que devoraba una sopa de letras me miró, buscando una respuesta en mi rostro. Me encogí de hombros. Yo estaba vacío de explicaciones.

     Los hombres se quedaron fijos, imperturbables. Parecían, vistos desde atrás, una prolongación vertical de la arena negra. Estuvieron en esa posición durante unos quince segundos, que me parecieron eternos, hasta que uno de ellos empezó a moverse, a caminar océano adentro, sin soltar su oscuro maletín. Unos instantes después, otro de los hombres le siguió y así, uno tras otro, con sus chaquetas, sus pantalones, sus camisas, sus corbatas y sus cinturones y zapatos a juego. Se internaban en la mar sin mostrar ningún signo de arrepentimiento ante tamaña decisión. Caminaban hasta que el Océano y el horizonte acababan engulléndolos. Sin gritos, sin resistencias, los hombres desaparecieron.

     La playa se quedó agarrada al silencio y solo la voz de la locuaz Gomera se atrevió a romperlo:

     – Y…¿qué pasó?, me preguntó extrañada.

     Nada, le dije, que parece que el capitalismo se suicida.

     Ella, en un inexplicable ataque de alegría, lanzó su pamela al aire y me espetó un sonoro y lascivo beso.

     Esta noche quedamos para cenar.

Vuelta a la Isla

Foto: Kaslito

Foto: Kaslito

     Vuelvo a la Isla. A escuchar la cadencia del alisio, a danzar con su ritmo lento y a abrazar a los barrancos. A la Isla sin horizontes, a la del futuro incierto, a la que brega por sobrevivirle al infortunio, por aplastarle la conciencia a la injusticia. Vuelvo y entro, de nuevo, en la espiral  de la memoria, en el laberinto silencioso de las calles verticales, mil veces paseadas, mil veces maldecidas, mil veces adoradas.

     Golpeo temeroso su postigo y la Isla me vuelve a abrir su puerta generosa, sin rencores, sin reproches. Esta es tu casa, me susurra, y me introduce en el zaguán de su ancestral sabiduría para que reponga mis fuerzas maltrechas. A la Isla vuelvo en una chalana roja, a pasar el otoño, a bañarme con la lluvia y a conversar con mi amada. Vuelvo para abrazar a las nubes, para descongestionar la rabia, para seguir el combate.

     La Isla siempre me acoge. Se crió hospitalaria, confiada. Creció con sus ventanas abiertas, para que se viesen las naranjas de la mar y le plantaron ciudades, para que las ideas corretearan por sus calles y levantaran barricadas contra el miedo. La Isla no es vieja, pero ya va cargada de cicatrices profundas. Barrancos que recorren su estatura y navajazos que hirieron su historia. Y siempre se repone y aguanta, como el mástil de sus veleros clandestinos. La Isla, como la vida, se construye, también, con el llanto, con la pérdida. El duelo, de cuando en cuando, atraviesa sus entrañas. Y entre los adioses se dibujan los versos de los poetas locos, de los románticos, de los inconformistas, de los rebeldes. Se apuran a salir las sonrisas de los chinijos, las canciones del pueblo, la atolondrada explosión de la libertad, de la resistencia.

     Vuelvo a la  Isla del siempre jamás. Me recuesto en su sofá por cinco siglos desvencijado y le pido que me cuente. Necesito acelerar el reencuentro, zanjar mi tiempo de anacoreta descalzo, de soledad programada. La Isla accede y con su calmada lucidez me muestra unas manos manchadas de negro, unas playas ennegrecidas con la podredumbre del egoísmo. Esto es lo que no quiero, dice. Me enseña su estómago vacío, con hambre de justicia, y reclama el reparto como única opción para sus hijas. Me dice que es mujer porque es Isla y que su cuerpo le pertenece y que no aguanta más cruces en sus afectos, que ya no cargará con más agravios. Me abre sus cajas de cedro, de secretos guardados, de vergüenzas ocultas. Salen de allí los nombres del miedo, los monstruos del presente y las estacas del pasado. El cubo enloquecido en su montaña sagrada, los brebajes de la codicia.

     Y así va relatando, indignándose, esperanzándose. Hasta alcanzar el final de la vereda. Entonces se para y, con la calma del mar de septiembre, concluye: “Ya no hay más. Sólo me queda la palabra. Es tiempo de escribir”.

     Y yo, obediente y disciplinado, vuelvo a abrir la ventana. Para ver si, por fin, la brisa fresca, el pelete nocturno, le renueva el aire a esta isla que me habita.