Quisiera amarte

Foto: Ovidio García Pérez

Foto: Ovidio García Pérez

     Quisiera amarte sin palabras. Amarte de cuerpo entero. Desnudo. Con la piel abrigada con el calor de la tarde. Con la balada eterna de las olas y sentir tu respiración cerca, como el alisio que nos refresca. Recorrer tus barrancos en busca de tus bosques y lamer la sal de tus heridas.

     Quisiera amarte sin metáforas. Desvestirte lenta y bañarme en tus aguas. Amarte para alejar la sinrazón de tu memoria. Para mezclarme con tu infinita paciencia. Acariciar tu piel sedosa, como arena de playa, y cobijarme en tus entrañas de lava.

     Quisiera amarte sin prejuicios. Despojándote de lágrimas, besando tu alargado rostro. Amarte para cerciorarme que eres libre, que a la vida le perteneces. Amarte como lo hacen los poetas. Sin reparos. Sin obstáculos que entorpezcan el deseo. Abriéndose el pecho. Desparramándose sin censuras previas.

   Quisiera amarte sin nada a cambio. Solo la certeza de que me sobrevivirás, que seguirás sosteniendo la frágil bóveda de nuestra memoria, que me reproducirás en otros cuerpos. Que alimentarás a los dragos y cuidarás a tus amantes.

    Quisiera amarte y penetrarte y engendrar nuevas islas. Sin manos encallecidas. Sin espaldas dobladas.

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El bosque de los dragos

Foto: laspain.com

Foto: laspain.com

     Los plantaron los vecinos de Las Toscas, antes de empezar a marcharse para Venezuela. La miseria se apoderó de Barlovento, y de Canarias toda, nada más acabarse aquella guerra llena de asesinos, de militares intransigentes, de camisas negras y azules y de curas que bendecían la matanza. Y como el hambre apretaba había que tirar de los hermanos, de los que nacieron con los primeros hombres de la Isla. Siempre estuvieron ahí, esperando para echar una mano.

     Los auaritas de la posguerra recogieron semillas de los dragos viejos y, confiando en ellos para que los sacaran del hambre, los plantaron y cuidaron a los que ya estaban mayores, a los que fueron sembrados por los palmeros de antes. Ellos les dieron las fibras de su cuerpo y la gente de Las Toscas las vendían para que se siguieran haciendo cestos y cultivando la tierra. Así, con la ayuda de sus hermanos, fueron tirando.

     Ahora los dragos siguen allí, recordándonos la miseria y  la dignidad. Recordándonos que existimos gracias a la solidaridad de la tierra. Que ellos y nosotros pertenecemos al mismo cuerpo que nos sustenta.