Guad

Jorge Oramas

                                                                                                                                           Jorge Oramas

– ¡Agua, señor Fulgencio, ahí viene un chorro precioso

– Tenías que darla, cochina. Ni con sangre pudiste guardártela. Ahora te vaciarán las entrañas y ese será tu castigo.

GUAD. Alfonso García-Ramos.

 

 

            Nos traspasas a todos. Eres el hilo que va trenzando vidas y codicias. Sin agua no hay vida y sin vida no hay negocio. Esa ecuación maldita te elevó al altar inviolable de la propiedad privada, desde el mismo momento en que la Isla conoció el significado exacto de las palabras ocupación y saqueo.

            Antes estabas ahí. Simplemente. Alimentando a tus hijos. Con tus caprichos y con tus firmezas. Acumulándote en el estómago de la Isla, cepillando el fondo de los barrancos. No pertenecías a nadie, como ninguno de nosotros. Después llegaron los firmemente convencidos de que la tierra les pertenecía porque así lo imponía su fuerza. Encadenaron el agua a sus propiedades, redactaron reales órdenes y providencias, pusieron en papeles sus nombres y, a partir de ese instante el agua adquirió la respetable consideración de mercancía. Se podía vender. Quien la poseyera se enriquecería.

      Primero fueron, Isla, las que te brotaban, porque no las podías contener. Las encerraron, rápido, en títulos de propiedad. Pero tus torrentes de alegría acabaron convertidos en escasas lágrimas de dolor. Te secaron el llanto. Pero sabían que el agua descansaba en tu vientre y entonces, a cada agujero, a cada herida, le seguía un papel timbrado con firma notarial. Y en cada alumbramiento hicieron tu futuro más incierto, el de ellos más dorado y el nuestro más injusto.

Anuncios