Sueños

Foto: Samuel Aranda

Foto: Samuel Aranda

     El siete de septiembre de dos mil siete, en la madrugada, la afilada embarcación encalló  en una suave roca, en forma de U invertida, que emergía del Océano oscuro. Entre sus ocupantes, la alegría modelaba sus rostros. Hacía tiempo que divisaban las luces de la Isla y se acercaron con sigilo para pedirle cobijo y para no ser descubiertos. La noche es su aliada. El viaje había sido largo, desde que salieron de sus pueblos, y la tensión se acumulaba en sus cuerpos. La huída constante, la clandestinidad, el miedo a la muerte posible, a que la mar te tragase, sin desearlo, le habían agarrotado sus cuerpos sobrevestidos para atajar el arrecio del frío nocturno. Sus ojos centelleaban como luciérnagas asustadas y todos miraron al patrón, esperando la orden para saltar, correr y esconderse. Vuelta a la huída, a la clandestinidad. “¡Llegamos, salten, corran, rápido!”, exclamó el hombre que dirigía la lancha, seguro de su arribada.

     Atropelladamente, cada uno cogió su pequeña bolsa y se tiraron por la borda. Cuarenta esperanzas saltaron, convencidas de haber alcanzado un sueño. El sueño.

     La barca no se varó en tierra firme. Lo hizo a veinte metros de la costa de Agüimes, con una profundidad de dos metros de agua bajo su casco.

     Las esperanzas  no pensaron que sus cuerpos estaban entumecidos, que muchos no sabían nadar y que el peso de sus ropas los hundirían irremediablemente. No lo hicieron porque en su horizonte más inmediato solo estaba el saltar de la patera y salir corriendo. La mitad de los sueños murieron ahogados. Anónimos. Solo sueños asesinados.

     La Isla abriga a los que pudieron sortear los veinte metros que dividieron a los sueños. Ocho fueron retenidos para recibir asistencia médica.

    Solo dos de esos sueños jovencitos lograron adentrarse en la Isla. Y siguieron soñando…y en la clandestinidad.

Entre 1994 y 2008 llegaron en pateras más de noventa y un mil emigrantes desde el Continente. Nadie sabe cuántos naufragios, cuántos muertos en el trayecto fueron arrojados al mar. Nadie sabe el número de los sueños asesinados.

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