Tea

Foto: senderismoyastrocultura.blogspot.com

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            Te miro. Te huelo. Te toco. Vetas remarcadas que disfrutaron del tiempo lento de la memoria. La Isla alimentó tu savia eterna, densa y pegajosa, que se pega a mi piel para recordarme que sigues viva. El olor ancestral, curado por el alisio, imposible de reproducir, imposible de olvidar. Hueles a pino alto y poderoso, protegido por la nube perenne. En su vientre creciste y, como el basalto que te sostiene, como la lava fría, te endureciste, para que nadie te penetrara. Para desafiar a la irrefrenable voracidad de la muerte, a la infinita espiral de la existencia. Te veneramos, porque solo tú fuiste capaz de unir cielo y tierra. Tus venas resinosas se desbordan y lloran sin descanso.

            Te cortamos, te despojamos de tu manto ignífugo y te utilizamos para protegernos de ese cielo que un día acariciaste y para aislarnos de la tierra que te crió. Te metiste en nuestro devenir y pasaste de casa en casa, acompañándonos en nuestros amores y en nuestras luchas.

         Tu rostro acaramelado es, ahora, la caja fuerte de nuestra memoria. Como nosotros, eres Isla. Como nosotras, eres resistencia. Como nosotros, eres hija del alisio. Somos memoria que crecemos juntas, que morimos para seguir viviendo.

            No eres mercancía intercambiable. Que no te pongan en venta. Eres la canal que recorre la historia, el largo cordón umbilical que alimenta cada uno de nuestros nacimientos. Eres sabiduría y, por eso, te pregunto: ¿cuándo llegará el tiempo de soltar amarras, de hinchar las velas, de levantar vuelo, de abandonar el olvido?

            Sé que eres sabia. Que tienes la respuesta. Aquí me quedo. Esperándola.