Magua

Manolo Millares

Manolo Millares

 

     Hubo una noche en que la magua, como una fina niebla rastrera, vino a cubrir el cuerpo de la Isla. El velo gris, casi imperceptible, corrió por los barrancos, se extendió por las veredas serpenteantes y ascendió a los volcanes dormidos. Llegó arrastrando exilios, cruzando océanos de desconsuelos, buscando dónde esconder su indestructible memoria, sus soles de enero, dónde agarrar su amasijo de desánimos, a qué riscos aferrarse, como el musgo verde, y prepararse para afrontar la triste batalla del olvido.

     Nadie sabrá de esa guerra callada, porque la magua no tiene palabras. Viajó muda, en silencio, amasando penas en su roído zurrón hasta que, en el horizonte soñado, la piel oscura de la Isla madre decidió abandonar sus ropajes figurados, su disfraz de verdades ocultas, su mirada cautiva del alisio entrometido.

     La magua es su hija llorada, su hija robada. Se la llevaron las corrientes frías de la inmensidad salada, del abismo de tumbas y esperanzas, para alejarla de los pechos resecos de tanta codicia. El viento de siglos atropellados la empujó, negándole el regreso, hasta el otro lado de la miseria. Allí embarrancó su memoria intacta, encerró su tristeza y se recogió, se metió pa’ dentro, como las flores en invierno. La magua quedó oculta, escondida a los ojos de la Isla, lejana, clandestina. Y allí, en su forzado retiro, alimentó la pérdida, la angustiosa añoranza de los besos cálidos, del hablar pausado, de la larga melena de su Isla amada, de la fina línea que sostiene su mirada.

     Creció la magua hasta desbordar la fortaleza del dolor aguantado y con un latigazo certero, inevitable, rompió el cerco disimulado de la indiferencia. El coraje de la Isla madre se precipitó por los caminos de la desmemoria hasta que logró levantar a tanto salitre acumulado. Y la niebla surgió sigilosa para iniciar la singladura inversa. Así fue su regreso.

     Ahora ya está en casa, armándose para su discreta contienda. Nadie lo sabrá, porque la magua no habla, solo siente y se acurruca en el corazón de la Isla. Su triunfo es desvanecerse, desaparecer, o al menos cobijarse a la sombra de un saúco compasivo y permanecer invisible a los ojos vidriosos de la nostalgia. Ahí se quedará, solita, esperando una nueva partida, un nuevo acomodo de las maletas del exilio.

     Y así, de a poquito, en el irremediable viaje, la magua irá creciendo de nuevo, reclamando el oleaje sagrado, la húmeda serenidad de su Isla madre, de su Isla amada. Allí volverá a hacerse mayor, combatiendo al óxido de la historia, hasta completar, nuevamente, el reparador ciclo de los abrazos.

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